Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
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Capítulo 13
Capítulo 13: La máscara
Estaba sentado contra la cabecera, con los ojos abiertos, la piel pálida y el tobillo marcado. Seguía vivo, pero algo se había apagado detrás de la mirada.
León lo vio y, por primera vez desde que empezó todo, no supo qué hacer con sus manos.
No entró de inmediato. Se quedó en la puerta con una bandeja de desayuno, como si el marco fuera una línea que ya no se atrevía a cruzar. Santiago no lo miró. Tampoco miró la comida.
—Buenos días —dijo León.
Santiago parpadeó.
Nada más.
León dejó la bandeja en el suelo, a medio camino entre la puerta y la cama.
—Voy a dejarla aquí.
No hubo respuesta.
Durante los días siguientes, la casa cambió de forma sin cambiar de fondo.
La puerta de la habitación permanecía sin llave, pero un guardia seguía en el pasillo. Don Tomás llevaba comida tres veces al día, siempre con la misma cortesía triste. León entraba solo después de tocar, y si Santiago no respondía, dejaba las cosas afuera. El celular no volvió. La salida no volvió. La libertad no volvió.
Solo cambiaron los modales de la jaula.
Santiago tardó dos días en entenderlo.
Al tercero, empezó a comer.
No mucho. Lo suficiente para que Don Tomás lo notara.
—¿Quiere más caldo? —preguntó el mayordomo, demasiado cuidadoso.
Santiago sostuvo la cuchara sobre el plato.
—No.
Don Tomás asintió y recogió la bandeja.
—¿Necesita algo?
La pregunta se repetía todos los días. Hasta entonces Santiago había respondido con silencio.
Ese día levantó la vista.
—Un libro.
Don Tomás pareció sorprenderse.
—¿Alguno en particular?
Santiago pensó en pedir su celular. Pensó en pedir la llave. Pensó en gritar hasta que le doliera otra vez la garganta. Nada de eso había abierto puertas.
—Cualquiera que no sea de León.
Don Tomás bajó la mirada.
—Veré qué puedo traer.
Esa tarde apareció con una novela vieja de la biblioteca de la casa, sin dedicatorias, sin marcas, sin intención romántica. Santiago la aceptó.
No la leyó.
La puso sobre las piernas y observó.
Cuando pedía poco, se lo daban más rápido.
Cuando no levantaba la voz, Don Tomás se quedaba menos rígido.
Cuando comía tres cucharadas, León respiraba como si le hubieran quitado una piedra del pecho.
La obediencia no era libertad.
Pero podía ser una herramienta.
Santiago empezó a construir la máscara con piezas pequeñas.
Una mañana dejó que León entrara hasta la mesa.
No hasta la cama.
León entendió la frontera y se detuvo.
—Te traje café —dijo.
Santiago miró la taza.
—Ya no tomo café.
León se quedó quieto.
Antes del sótano, Santiago habría dicho eso con rabia. Ahora lo dijo sin tono. El efecto fue peor.
—Puedo traer té.
Santiago asintió.
León salió casi de inmediato, como si la tarea de conseguir té fuera una forma de no derrumbarse frente a él.
Al día siguiente, Santiago aceptó el té.
No porque lo quisiera.
Porque León necesitaba creer que aún podía darle algo.
El quinto día pidió caminar.
Don Tomás lo miró desde la puerta.
—¿En el pasillo?
—En el jardín.
El mayordomo dudó.
—Debo preguntarle al señor Villanueva.
—Entonces pregúntele.
La respuesta fue plana. Sin desafío visible.
Eso la hizo pasar.
León llegó una hora después, antes de lo habitual. Entró con cuidado, los ojos fijos en Santiago como si cada movimiento suyo pudiera ser una señal de alarma.
—Quieres salir al jardín.
—Caminar —corrigió Santiago.
—Tu tobillo...
—El médico dijo que caminar un poco ayuda.
León no había dicho eso delante de él, pero Santiago lo había escuchado desde el pasillo cuando el médico habló con Don Tomás. Otra cosa aprendida: las puertas de esa casa cerraban bien, pero no todo el sonido.
León pasó una mano por la nuca.
—Puedo acompañarte.
Santiago lo miró.
León corrigió de inmediato:
—O Don Tomás. Como prefieras.
Ese pequeño retroceso confirmó la utilidad de la máscara.
—Don Tomás.
El nombre dejó una sombra en el rostro de León.
—Está bien.
El jardín no era libertad, pero el aire dolió de una forma distinta. Santiago caminó despacio por el sendero de piedra, con Don Tomás a unos pasos y un guardia cerca de la puerta de cristal. Las cámaras seguían allí. El portón seguía lejos. El muro seguía alto.
Pero también había detalles nuevos.
Un tramo de cerca junto a los arbustos recién podados.
Un cuarto de herramientas con llave sencilla.
Un horario de riego automático que obligaba al jardinero a abrir una toma lateral por la mañana.
Santiago no miró demasiado tiempo ningún punto.
La máscara también consistía en no parecer interesado.
—Hace frío —dijo Don Tomás.
Santiago entendió la oferta antes de que el hombre extendiera la manta.
—Estoy bien.
—El señor se preocupará.
Santiago volvió la vista al portón.
—El señor siempre se preocupa por lo que no debe.
Don Tomás no respondió.
Pero no le puso la manta encima.
Otra frontera mínima.
Esa noche, León encontró a Santiago sentado junto a la ventana con el libro abierto. La luz de la lámpara le daba un color más vivo al rostro, aunque los ojos siguieran lejos.
—Don Tomás me dijo que caminaste.
—Sí.
—¿Te dolió?
—Un poco.
—Puedo pedir que venga el médico.
—No.
León asintió despacio.
—Está bien.
Silencio.
Santiago pasó una página sin haberla leído.
—Mañana quiero caminar otra vez.
León lo miró como si esa frase fuera un regalo.
—Claro.
Demasiado rápido.
Santiago bajó la vista para ocultar lo que acababa de aprender: León estaba tan desesperado por verlo moverse, comer, hablar, que confundiría cualquier gesto de supervivencia con perdón.
—También quiero mis cuadernos —añadió.
León se tensó.
—¿Para qué?
—Para escribir.
—¿Escribir qué?
Ahí estaba. La sospecha.
Santiago levantó la mirada, vacía a propósito.
—Nada que puedas leer.
León tragó saliva.
Durante un segundo pareció que iba a negarse. Luego el miedo a apagarlo otra vez ganó.
—Te los traeré.
Santiago asintió y volvió al libro.
No sonrió.
No todavía.
Cuando León se fue, Santiago esperó a que sus pasos desaparecieran. Luego cerró el libro y miró hacia el jardín oscuro.
La rabia seguía allí, más fría y más útil que antes.
Le habían quitado el celular, la calle, la universidad, el nombre de su propia vida. Pero no le habían quitado la capacidad de observar.
Y ahora León, por miedo, estaba empezando a devolverle centímetros.
Santiago apoyó los dedos sobre el tobillo marcado.
Centímetros podían convertirse en metros.
Metros podían convertirse en una puerta.
Y una puerta, si se abría en el momento correcto, podía volver a ser una salida.