Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.
Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.
Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.
Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.
Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.
Lo difícil es que el mundo no se entere.
"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."
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Capítulo 13
Capítulo 13: La abuela
En cuatro minutos, Sebastián ya estaba vestido.
Valentina tardó más porque las manos no le obedecían. Se puso la blusa al revés, no encontró un zapato y casi se cayó al intentar abrocharse el pantalón. Sebastián no la apuró. Solo le acercó el abrigo, metió su celular y cartera en el bolso, apagó la estufa donde aún quedaba café frío y abrió la puerta.
—Respira —dijo.
—No puedo.
—Entonces camina. Yo respiro por los dos hasta el elevador.
La frase era absurda. Funcionó.
En la calle, la lluvia seguía cayendo como si alguien hubiera abierto el cielo con rabia. Sebastián la llevó hasta una camioneta que Valentina no había visto estacionarse. No preguntó de dónde salió. No le importó. En cuanto subió, marcó otra vez al número del hospital, pero nadie contestó.
—Hospital General del Sur —dijo Sebastián al conductor.
El hombre no preguntó ruta.
Valentina apretó el celular con ambas manos.
—Estaba sola.
—No sabemos eso.
—Sí lo sé. Siempre quiere hacer todo sola. Ir al mercado, cargar bolsas, cambiar el garrafón aunque le duelan las rodillas. Le digo que me espere y no me espera.
Sebastián no intentó corregirle la culpa. Solo se quitó el reloj y lo dejó en el portavasos, como si necesitara tener las manos libres para cualquier cosa.
—Cuando lleguemos, tú entras con ella. Yo me encargo de lo demás.
—No.
—Valentina.
—No quiero que compre un hospital por mí.
Él la miró.
—No voy a comprar nada. Voy a pedir información clara, médicos disponibles y que no la dejen sola en una camilla sin que nadie sepa su nombre.
La respuesta la golpeó en un lugar demasiado vulnerable.
—No sé cómo pagar algo así.
—No estamos hablando de dinero.
—Usted siempre puede no hablar de dinero porque lo tiene.
Sebastián recibió la frase sin apartarse.
—Tienes razón. Y aun así, ahora lo único que importa es Carmen.
El uso del nombre de su abuela, sin "la señora", sin distancia, le quebró la garganta.
Llegaron a urgencias a las once treinta y dos.
El Hospital General del Sur olía a cloro, café de máquina y miedo acumulado. Había gente en sillas de plástico, una niña dormida sobre el regazo de su madre, un hombre con la mano vendada discutiendo en recepción. Valentina caminó directo al mostrador.
—Carmen Herrera. La trajeron en ambulancia. Soy su nieta.
La enfermera revisó la pantalla.
—Está en observación. Necesito identificación y datos de contacto.
Valentina sacó su cartera con dedos torpes. El plástico de su credencial se le resbaló dos veces.
Sebastián lo recogió y se lo puso en la mano sin invadir el mostrador.
—Aquí está.
La enfermera lo reconoció.
No dijo su nombre. Solo enderezó la espalda.
Valentina lo vio y sintió una punzada de vergüenza, alivio y rabia mezclados. Esa era la ventaja de un apellido: incluso en urgencias, abría espacio.
—¿Puedo verla? —preguntó.
—Un familiar. Cinco minutos.
—Ella —dijo Sebastián.
Ni pidió entrar. Ni usó su poder para ocupar un lugar que no era suyo.
La enfermera deslizó otro formulario por el mostrador.
—Antes de pasar, necesito medicamentos habituales, alergias conocidas y un teléfono alterno.
Valentina miró las casillas.
Medicamentos.
Alergias.
Teléfono alterno.
Sabía que su abuela tomaba algo para la presión, una pastilla blanca que guardaba en un pastillero azul. Sabía que odiaba el suero de coco y que decía que el paracetamol le caía pesado, pero no sabía dosis, nombre comercial ni fecha del último control médico.
La culpa le subió como náusea.
—No sé —susurró—. Yo debería saber.
Sebastián tomó un bolígrafo, pero no escribió por ella.
—¿Quién tiene llave de su departamento?
—La vecina del 2B. A veces le riega las plantas.
—Llámala. Pídele foto del pastillero y de cualquier receta pegada al refrigerador.
Valentina obedeció porque la instrucción tenía forma de camino. La vecina contestó somnolienta, se asustó, prometió subir al departamento de Carmen y mandar fotos. Sebastián le hizo una seña al conductor desde la entrada.
—Cuando tenga las fotos, si hace falta, alguien va por las medicinas —dijo.
—No quiero molestar—
—No estás molestando. Estás cuidando.
La frase la sostuvo lo suficiente para escribir el teléfono alterno con letra legible.
Valentina lo miró apenas un segundo antes de seguir a la enfermera por el pasillo.
Carmen estaba en una cama de observación, con una vía en el brazo, el cabello más despeinado de lo que Valentina le había visto nunca y una venda pequeña sobre la ceja. Tenía los ojos cerrados.
—Abue.
Los ojos de Carmen se abrieron despacio.
—Mija...
Valentina se inclinó sobre ella.
—¿Qué hiciste?
Era una pregunta tonta, pero si preguntaba "¿estás bien?", iba a llorar.
Carmen intentó sonreír.
—Compré jitomate.
—Abue.
—Se me bajó la presión. La banqueta se movió.
—La banqueta no se mueve.
—Esa sí. Le falta mantenimiento.
Valentina soltó una risa rota y le tomó la mano. Estaba fría.
Demasiado fría.
—Me asustaste.
—No empieces con regaños. Estoy vieja, no culpable.
—Puedes estar las dos cosas.
Carmen apretó apenas sus dedos.
—¿Viniste sola?
Valentina pensó en Sebastián al otro lado de las puertas, en la cama deshecha de su departamento, en el secreto enorme entre una vida y otra.
—No.
Carmen la miró con más claridad.
—¿Con quién?
—Con Sebastián.
La ceja buena de Carmen subió.
—El nieto de Lucía.
—Sí.
—Ajá.
Incluso en una cama de urgencias, su abuela podía decir "ajá" como interrogatorio judicial.
La enfermera asomó la cabeza.
—Señorita, necesitamos tomarle una muestra y pasarla a imagen.
Valentina se enderezó.
—¿Imagen?
—Tomografía. Por la caída y por la edad, el médico pidió descartar complicaciones.
La palabra tomografía le llenó la boca de metal.
Volvió a la sala de espera con el cuerpo funcionando por partes. Sebastián estaba de pie junto a una máquina de café, hablando por teléfono en voz baja.
—No quiero traslado sin diagnóstico —decía—. Primero neurólogo y cardiólogo disponibles aquí. Sí, esta noche. No mañana.
Valentina se detuvo.
Él colgó al verla.
—No la van a mover hasta tener resultados.
—¿Qué hizo?
—Llamar a alguien que conoce el hospital.
—Sebastián...
—Si me dices que pare, paro. Pero si fuera mi abuela, tú no me pedirías que esperara sentado.
Eso la dejó muda.
Un médico joven salió por las puertas automáticas con una tableta en la mano.
—Familia de Carmen Herrera.
Valentina avanzó.
—Yo.
El médico la miró a ella primero, luego a Sebastián, y regresó a ella con una atención profesional, cálida.
—Soy el Dr. Daniel Mora. Su abuela está estable, pero necesitamos revisar dos cosas: el golpe en la cabeza y la causa de la presión baja. ¿Podemos hablar un momento?
Valentina asintió, aunque la voz no le salió.
Sebastián dio un paso atrás para darle espacio.
—No estoy diciendo que sea grave —añadió el médico, moderando el tono—. Pero a su edad no podemos atribuir una caída solo al cansancio. Vamos a hacer tomografía, electrocardiograma y laboratorios. Si todo sale limpio, pasará a observación. Si encontramos algo, la derivamos al especialista correcto.
Valentina se aferró a la palabra `si` como a un barandal.
El Dr. Mora le ofreció una silla.
Sus piernas aceptaron antes que su orgullo, en silencio.
—Siéntese, por favor. La noche va a ser muy larga.