Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 13
(Jhon)
El motor de mi camioneta ronroneaba con fuerza mientras devorábamos los últimos kilómetros de la autopista que conectaba Minneapolis con la frontera norte de Minnesota, casi tocando los límites con Canadá.
El paisaje citadino y los edificios de ladrillo de la universidad habían sido reemplazados por un manto infinito de pinos cubiertos de nieve y lagos congelados que reflejaban la luz pálida del sol de la tarde.
A mi lado, Sara mantenía la mirada fija en el ventanal, con una pequeña cámara analógica de rollo entre sus manos, capturando de vez en cuando la simetría de los árboles en el horizonte.
Habían pasado tres semanas desde la expulsión de Carter y Thomas.
La calma había regresado por completo a nuestras vidas académicas, y el fin de semana largo era la excusa perfecta que había estado planeando meticulosamente para alejarla del ruido del campus.
—¿Falta mucho para llegar, Jhon? —preguntó Sara, girándose hacia mí y acomodándose las gafas con ese gesto que me desarmaba por completo—. No es que me queje del paisaje, pero mi mapa mental dice que ya cruzamos la línea de cobertura celular hace media hora.
—Estamos a menos de diez minutos, genio —respondí, dándole un toque suave al volante mientras tomaba el desvío hacia un camino vecinal rodeado de nieve virgen—. Te prometí que te enseñaría el taller de carpintería de mi abuelo y aquí las únicas señales que vas a recibir son el olor a pino y el ruido de la leña quemándose. Considerlo un retiro de aislamiento estratégico.
—Me parece una variable aceptable para el sistema —sonrió ella, y el destello de paz en sus ojos me confirmó que el viaje valía cada maldito kilómetro recorrido.
Detuve la camioneta frente a una hermosa cabaña de troncos oscuros y tejado inclinado, semioculta entre los árboles.
El humo blanco que salía de la chimenea de piedra indicaba que el sistema de calefacción remoto que había encendido desde mi teléfono antes de salir del rango de red había hecho su trabajo.
Bajamos del vehículo y cargué nuestras mochilas, guiando a Sara por el porche de madera crujiente.
Al abrir la puerta, el aroma a madera antigua, cera de abeja y calor hogareño nos envolvió de inmediato.
Sara dejó su cámara sobre la mesa rústica del centro y caminó por el lugar, observando las fotos familiares colgadas en las paredes y las mantas de lana tejidas a mano.
—Es hermosa, Jhon —dijo en un susurro, deteniéndose frente al gran ventanal que daba hacia el lago congelado—. Tiene una estructura geométrica perfecta. Es un espacio que transmite una tranquilidad que no creía posible.
—Ven, quiero enseñarte el verdadero corazón de este lugar —tomé su mano, entrelazando mis dedos con los suyos, sintiendo que sus manos ya no estaban frías por el miedo, sino cálidas y dispuestas a seguirme.
La guíe por la puerta trasera de la cocina hacia un cobertizo conectado por un pasillo techado.
En cuanto encendí las luces amarillas del techo, el taller de mi abuelo se materializó ante nosotros.
Había hileras de herramientas manuales perfectamente ordenadas en las paredes, prensas de hierro, bloques de madera de pino y roble apilados en las esquinas, y una gran mesa de trabajo central cubierta de serrín fino.
El olor a resina y a madera cortada era espeso, nostálgico, el aroma exacto de mi infancia en Ontario.
—Aquí es donde me encierro cuando el hielo se vuelve demasiado ruidoso —admití, soltando su mano para acercarme a un trozo de madera que había dejado a medio lijar la última vez—. Mi abuelo me enseñó que la madera no te exige meter goles ni pasar parciales de cálculo.
Solo te pide paciencia y precisión.
Si te equivocas en un corte, tienes que reajustar toda la pieza.
Es como tu álgebra, Sara.
Sara se acercó lentamente, recorriendo la superficie texturizada de la mesa de madera con las yemas de sus dedos.
Sus ojos brillaban con una fascinación nueva, desprovista de las defensas científicas que solía usar en la biblioteca de la universidad.
—No se parece en nada a mi álgebra, Jhon —murmuró, levantando la mirada hacia mí, y la cercanía de sus ojos me hizo contener el aliento—. Las matemáticas son perfectas, abstractas, no tienen imperfecciones. Pero esto... esto es real. Puedes sentir los nudos de la madera, las marcas del tiempo. Es hermoso ver que dedicas tanta precisión a algo que no es el hockey.
—Te traje aquí porque quería que conocieras al Jhon que no lleva un jersey con el número nueve bordado en el pecho, Sara —di un paso hacia ella, acortando la distancia por completo, quedando tan cerca que podía ver el reflejo de las luces amarillas en sus gafas de marco negro—. Quería que vieras al tipo que planeó todo un sistema de tutorías obligatorias solo para tener el derecho de estar cerca de la chica más increíble del campus.
(Sara)
El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho al escuchar la profundidad de su voz ronca en medio del silencio del taller.
Jhon levantó su mano derecha, esa que aún conservaba las pequeñas marcas de los nudillos rotos por defenderme, y con una suavidad extrema que contrastaba con su enorme estatura de atleta, acunó mi mejilla izquierda.
El calor de su palma me recorrió el cuerpo entero, encendiendo esa chispa inconfesable de sentimientos que llevaba semanas intentando ocultar detrás de mis ecuaciones.
Me estaba enamorando perdidamente de él. Era un hecho absoluto, una constante inmutable en mi universo que ya no podía seguir negando.
Jhon King se había convertido en mi escudo, en mi refugio y en la única variable que lograba desordenar mi mente perfecta de una forma maravillosa.
—No necesitas el jersey de los Gophers para que quiera estar cerca de ti, Jhon —admití en un susurro, bajando la guardia por completo y apoyando mi mano sobre su antebrazo tatuado—. El chico de oro del hockey es el que domina el campus, pero el chico que me trajo a este taller y que lija madera para apagar el ruido de su cabeza... ese es el que realmente me importa.
Jhon sonrió, una sonrisa limpia, aliviada y llena de una devoción silenciosa que me cortó el aliento.
Se inclinó lentamente hacia mí, dándome el tiempo necesario para retroceder si mi trauma decidía activarse, pero lo único que sentí fue una urgencia inmensa de acortar la distancia. Cuando sus labios tocaron los míos, el mundo exterior, el campus de Minnesota y el pasado oscuro de Boston desaparecieron por completo del mapa.
El beso fue profundo, cálido, impregnado del aroma a pino del taller y del calor de la leña que crujía en la cabaña. Sus brazos rodearon mi cintura con una firmeza protectora, levantándome ligeramente del suelo para pegarme a su pecho, y yo me aferré a sus hombros, entregándome por completo a la certeza de su abrazo. Ya no había cálculos de trayectorias ni teoremas de Stokes; estábamos escribiendo nuestra propia fórmula perfecta de supervivencia en el norte del mundo, unidos por un lazo invisible que desafiaba cualquier estadística previa.
Cuando nos separamos, Jhon apoyó su frente contra la mía, respirando con dificultad, manteniendo sus manos fijas en mi cintura como si temiera que me desvaneciera en el aire del taller.
—Nos queda todo el fin de semana por delante, genio —susurró con una sonrisa ladeada, rozando mi nariz con la suya—. Mañana te voy a enseñar a usar la sierra de mano sin que te cortes un dedo, y por la noche vamos a preparar esos waffles con chocolate que tanto te gustan. Trato hecho.
—Trato hecho, capitán —respondí, sintiendo una felicidad inmensa expandirse por todo mi pecho—. Pero recuerda que el lunes regresamos al campus y sigo siendo una entrenadora muy exigente con tus notas de geometría hiperbólica.
Jhon soltó una carcajada vibrante que resonó en las paredes de madera del taller, rompiendo el invierno de Minneapolis con la calidez definitiva de nuestro amor inconfesable pero absoluto.