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La Promesa De Jade.

La Promesa De Jade.

Status: En proceso
Genre:Amor eterno
Popularitas:523
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Un milagro de Dios.

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Las huellas del cielo.

El mes de enero trajo consigo un frío inusual y las primeras contracciones. Faltaban aún tres semanas para la fecha prevista, pero el cuerpo de Valeria parecía tener otros planes. Una madrugada, se despertó con una sensación extraña, una presión sorda en la parte baja del abdomen que iba y venía en oleadas.

—Daniel —llamó, sacudiéndole el hombro—. Daniel, despierta.

Él se incorporó de golpe, con el cabello revuelto y los ojos todavía llenos de sueño.

—¿Qué pasa? ¿Es ahora?

—No lo sé. Creo que sí. Tengo contracciones.

El viaje al hospital fue una odisea silenciosa. Las calles, desiertas a las tres de la madrugada, estaban cubiertas por una fina capa de escarcha. Daniel conducía con una prudencia exquisita, lanzando miradas furtivas a Valeria, que respiraba pausadamente, concentrada en manejar el dolor.

—Tranquilo, no corras —decía ella—. Todavía no es inminente. Las contracciones son cada diez minutos.

—¿Seguro? ¿No será mejor llamar a una ambulancia?

—No, ya casi hemos llegado.

La entrada en la Clínica Belén fue como cruzar el umbral de un sueño. Las luces fluorescentes, el olor a desinfectante, el sonido de los pasos de las enfermeras... todo formaba parte de un escenario que habían imaginado mil veces y que ahora se hacía realidad.

La matrona, una mujer robusta y eficiente llamada Rosa, recibió a Valeria con una calidez que contrastaba con la frialdad aséptica del entorno.

—Vamos a ver cómo estás, guapa. Túmbate aquí y respira hondo.

El tacto vaginal confirmó lo que Valeria ya intuía. Estaba de parto. Dilatación de tres centímetros. El bebé venía de cabeza, perfectamente encajado.

—Esto va para largo —anunció Rosa—. Especialmente si es primeriza. Pero todo tiene buena pinta. Te vamos a poner el monitor para controlar las contracciones y el latido de la niña.

Colocaron a Valeria en una cama amplia, le pusieron un cinturón elástico alrededor del vientre, conectado a una máquina que empezó a trazar gráficos sobre un papel continuo. Daniel se sentó en una silla junto a la cama, cogiendo la mano de su esposa.

Las horas pasaron lentas, marcadas por el tic-tac del monitor y las oleadas de dolor que se iban intensificando. Valeria afrontaba cada contracción con una entereza que asombraba a Daniel. Cerraba los ojos, respiraba profundamente, y se concentraba en un punto fijo, como si desconectara de su cuerpo durante unos segundos.

—Eres una campeona —le decía él, secándole el sudor de la frente con una toalla.

—No tengo elección —respondía ella, con una media sonrisa—. Jade quiere salir.

A las ocho de la mañana, el doctor Mendizábal apareció por la habitación. Venía recién afeitado y con su bata impecable, recién llegado de su casa.

—Buenos días, futuros papás —saludó—. ¿Cómo vamos?

—Dilatación de seis centímetros —informó Rosa.

—Bien, bien. Progresando adecuadamente. ¿Y la epidural? ¿Han decidido algo?

Valeria negó con la cabeza.

—Quiero intentarlo sin epidural.

El médico la miró con respeto.

—Es una decisión valiente. Pero no se preocupe, si en algún momento cambia de opinión, el anestesista está de guardia.

Las horas siguientes fueron las más duras. Las contracciones se hicieron más frecuentes e intensas, olas gigantes que rompían contra el frágil cascarón del cuerpo de Valeria. En los momentos de calma, jadeaba y cerraba los ojos. En los picos de dolor, apretaba la mano de Daniel con una fuerza sobrehumana, clavándole las uñas hasta hacerle sangrar.

—No puedo, no puedo más —gimió en un momento dado, con lágrimas de agotamiento.

—Sí puedes, Val. Eres la mujer más fuerte que conozco. Ya hemos pasado por cosas peores. Esto es pan comido. Vamos, una más. Respira conmigo.

Y él respiraba con ella. Inspiraba, espiraba. Juntos, como un solo cuerpo. Como un solo latido.

A las doce del mediodía, Rosa anunció la noticia esperada.

—Dilatación completa. Ha llegado el momento.

La habitación se transformó en un escenario de actividad frenética. Entraron más enfermeras, se encendieron focos, se preparó la cuna térmica. El doctor Mendizábal se puso los guantes estériles.

—Muy bien, Valeria. Ahora viene el trabajo de verdad. Cuando venga la próxima contracción, quiero que empuje con todas sus fuerzas. Coja aire y empuje hacia abajo, como si quisiera expulsar algo muy grande. ¿Entendido?

Valeria asintió, con el rostro desencajado por el esfuerzo y la concentración.

La primera contracción útil llegó como un tren de mercancías. Valeria tomó aire, apretó los dientes y empujó. Un grito gutural escapó de su garganta. Daniel, a su lado, sostenía su mano y le gritaba ánimos.

—¡Eso es, Val! ¡Muy bien! ¡Otra vez!

El proceso se repitió tres, cuatro, cinco veces. Cada empujón era un acto de fe, una ofrenda de dolor y amor. El médico, entre las piernas de Valeria, guiaba el proceso con instrucciones precisas.

—Ya se ve la cabeza. Tiene mucho pelo. Vamos, Valeria, un último empujón. El más fuerte de todos.

Valeria tomó la bocanada de aire más profunda de su vida. Cerró los ojos y empujó con una fuerza que ni ella misma sabía que poseía. Un esfuerzo titánico, descomunal, que concentraba diecisiete años de espera, de lágrimas, de esperanza.

Y entonces, en medio de aquel torbellino de gritos y luces, se hizo el silencio.

Un silencio brevísimo, de apenas dos segundos.

Y luego, un llanto.

El llanto más hermoso del universo. Un llanto agudo y vibrante, lleno de vida, que rasgó el aire de la habitación como un relámpago.

—¡Es una niña! —anunció el médico, alzando a la criatura para que todos la vieran.

Eran las doce y veintitrés minutos del mediodía del siete de febrero. Y en ese instante preciso, el mundo de Daniel y Valeria se partió en dos mitades: un antes y un después. Un desierto de diecisiete años y un jardín que empezaba a florecer.

La pusieron sobre el pecho de Valeria, aún unida a ella por el cordón umbilical. Era pequeña y arrugada, cubierta de una sustancia blanquecina, con una mata de pelo oscuro y pegajoso. Tenía los ojos cerrados y apretados, y lloraba con una fuerza descomunal para ser tan diminuta.

Pero para Valeria, era la criatura más perfecta que jamás hubiera existido.

—Hola, Jade —susurró, acariciando aquella cabecita mojada—. Hola, mi amor. Ya estás aquí. Ya estás aquí.

Daniel, a su lado, lloraba sin pudor. Grandes lagrimones que le caían por las mejillas, mezclándose con el sudor y la emoción. Se inclinó y besó la frente de su hija, una frente caliente y arrugada que olía a vida nueva.

—Bienvenida, princesa —dijo, con la voz quebrada—. Bienvenida al mundo.

La cortaron el cordón, la limpiaron, la pesaron y la midieron. Tres kilos cuatrocientos gramos. Cincuenta centímetros. Perfecta. Absolutamente perfecta.

Cuando se la llevaron a la cuna térmica para las primeras revisiones, Valeria y Daniel se quedaron solos por un momento. Ella, agotada y radiante. Él, de pie, sin saber muy bien qué hacer con aquella felicidad tan inmensa que lo desbordaba.

—Lo hemos conseguido —dijo Valeria, con una sonrisa de paz.

—Lo has conseguido tú —respondió él—. Tú y Dios.

Ella lo miró, sorprendida. Era la primera vez que Daniel mencionaba a Dios de forma espontánea y sin cinismo.

—¿De verdad crees eso?

—No lo sé —admitió él—. Pero he pasado muchos años sin creer en nada, Val. Y al final, lo único que he sacado en claro es tristeza. Así que quizás ha llegado el momento de empezar a creer.

En ese momento, una enfermera se acercó con un pequeño bulto envuelto en una mantita rosa.

—Aquí está, papá. ¿Quiere cogerla usted mientras terminamos con la mamá?

Daniel sintió un vuelco en el corazón. ¿Cogerla? ¿Él? Aquella criatura era tan pequeña, tan frágil... ¿Y si se le caía? ¿Y si no la cogía bien?

Pero la enfermera ya estaba depositando a Jade en sus brazos, colocándole la cabecita en el hueco del codo, como si fuera la cosa más natural del mundo.

Y entonces Daniel la sostuvo. Por primera vez, sostuvo a su hija. Sintió su peso, su calor, su respiración suave y acompasada. Jade abrió los ojos por un instante. Eran unos ojos de un gris indefinido, que luego cambiarían de color, pero que en ese momento parecían contener todas las estrellas del firmamento.

Y en esa mirada, Daniel se perdió. Se perdió y se encontró al mismo tiempo. Se encontró a sí mismo, al padre que siempre había querido ser, al hombre que el dolor había sepultado bajo capas de cinismo. Todo desapareció: la infertilidad, los fracasos, las discusiones, la culpa. Solo quedaba aquella niña, aquella mirada, aquel amor tan absoluto que dolía físicamente.

—Hola, Jade —susurró, meciéndola suavemente—. Soy papá. Y te voy a proteger siempre. Te lo prometo.

Jade cerró los ojos y se acurrucó contra su pecho. Y en la habitación del hospital, mientras las máquinas pitaban suavemente y el personal sanitario trajinaba con sus tareas, un padre y una hija se reconocieron por primera vez. Una conexión que duraría para siempre. Un amor que ni siquiera la eternidad podría desgastar.

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JOGXANDY BELLO
si el es esteril y ppr lo que veo ella lo aceptó asi, para que esperar un milagro. No tiene mucho amor disponible cuando no es capaz de darlo a un niño que lo necesite
Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️👏
Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bella 😍
Norys Alvarez Alfonso
👏
Norys Alvarez Alfonso
👏🥰 Bella
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