Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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Capítulo 3
La nota de desdén hacia la ocupación de su madre la hizo enderezar la espalda, orgullosa, lista para defender a su familia.
-No soy ni mejor ni peor que mi madre -le informó, fría-, y no me avergüenza lavar el suelo, ni sacudir para ganarme la vida.
-Si tienes que lavar el suelo o sacudir, entonces preferiría que fuera en Thornley, no con la señora Lumley.
- ¡Vaya, qué amable! -Se sofocó, hincándose para reunir sus cosas antes de irse, al tiempo que la larga cortina de su cabello le rozaba las mejillas-. En otras palabras, te parecería bien que lavara tu suelo, pero no el de nadie más. Eso es lo que se espera de la hija de una criada.
-No quise insultarte -la atajó, deteniéndola-. Me refería a ¡maldición, Becky! -Gruñó, mientras ambos se fulminaban con los ojos-. Olivia debe estar fascinada de tenerte a su merced.
-No te preocupes por Olivia -le dijo, pero apartó la mirada, pues no podía ocultar que lastimaba su orgullo el que la mujer la humillara.
Olivia tenía dos años más que Becky y la misma posición privilegiada de los Lorence. Sin embargo, siempre la enceló la unión especial entre Rebecca y Jay y ahora se vengaba de la joven empleada de su madre, encomendándole las tareas más difíciles.
Jay la soltó, pero no trató de alejarse de su lado, perdido en sus propios pensamientos.
-Todavía no usas sostén -comentó de pronto, haciendo que se sonrojara y le clavara las pupilas en el rostro. -
-Tenía… demasiado color -se defendió, ruborizándose todavía más al ver que él observaba el escote y luego la forma de sus senos que se transparentaba bajo el fino algodón.
-Hermosos -murmuró-, hermosísimos... -y levantó los ojos para sostenerle la mirada-. Nunca pude olvidar la belleza de tus pechos, Becky -admitió, ronco-, desde que los entreví a la luz de la luna.
-No, Jay... -quería huir, pero los temblores que corrían bajo la superficie de su piel no se lo permitían. El le tocó un seno erguido y firme, sopesándolo con delicadeza en su mano, moviendo el pulgar para atormentar el pezón, ya endurecido. Sintió que se estremecía, escuchó que tomaba aliento y observó que su suave boca exhalaba un suspiro al contemplarlo con ojos apasionados.
-Senos hermosos. Hermosa boca. Tampoco olvidé aquel beso-musitó-. Y esperé todo un maldito año para besarte de nuevo. Tiró de ella para que cayera sobre su cuerpo y se le entregó, hundiéndose en el calor de su boca, en la apasionada caricia de sus manos, bajo la sombra del árbol y el sol sobre su piel desnuda. Allí, Jay rompió la crisálida para dejar que la cálida y apasionada mujer surgiera.
-Estoy enamorado de ti, Becky -susurró con urgencia, cuando la chica inició una débil lucha por evitar que prosiguiera-. Creo que te he amado desde siempre.
Y ella se hundió en la tibieza de esa declaración. Nunca dudó de la honestidad de Jay, jamás pensó que pudiera mentirle. Ese verano fueron inseparables, robando momentos a sus ocupaciones para compartirlos, encontrándose en secreto, alimentando ese nuevo amor a solas, sin dejar que otros se inmiscuyeran. Hacían el amor cuando podían, donde podían, acoplándose a tal grado a las necesidades del otro, que hasta una cierta sonrisa les calentaba la sangre de las venas.
Al final del verano Rebecca casi moría de tristeza porque él debía alejarse para estudiar en Estados Unidos.
-Es por el bien de los dos -le explicó Jay, abrazándola con fuerza, como si le doliera pronunciar esas palabras-. Tengo que probarle a mi padre que merezco su confianza, antes de pedirle que me comprenda. Y eres tan joven... Pero volveré, te lo prometo, y nos casaremos. Tú y yo, mi amor, en contra del mundo -le susurró, conmovido-. Seremos invencibles.
Se fue por un año y no lo volvió a ver en diez.
Rebecca emergió de ese tortuoso viaje al pasado con amargura pesándole en el corazón. Abandonó Yorkshire poco después que Jay, con un hijo en el vientre y los insultos del padre millonario marcados con fuego en su alma.
-Nadie chantajea a mi hijo para que se case con una cualquiera, Jovencita. Dices que es de Jay, pero él lo niega. De hecho, duda de tu habilidad para establecer la paternidad de esa criatura, puesto que se sabe que estás disponible para el primero que pase -entonces le extendió un cheque, con el desprecio pintado en la cara; un desprecio menor al que ella sentía por sí misma-. Deshazte de ese estorbo. No cuesta trabajo en estos días y te doy dinero más que suficiente para que pagues lo que cueste. No quiero escándalos en mi familia. Mi hijo se casará con Olivia, como siempre lo dispuse y, o te deshaces del bebé o tú y tu madre se largan de mi propiedad... y se olvidan de conseguir otro empleo porque me encargaré de difundir por qué las corro. En cuanto a ti -continuó con dureza, mientras ella permanecía de pie, atontada por el desdén con que la cubría-, no quiero verte por aquí. Desaparece de mi vista y de la vida de mi hijo. El no se inmiscuye con mujeres de tu clase.
-Tienes que hacer lo que el señor dice, Rebecca -le gritó su madre, histérica-. He trabajado en su casa durante veinte años. Soy demasiado vieja para encontrar otro empleo. . . ¡y tampoco lo deseo! Vete, vete y deshazte del bebé y, por el amor de Dios, no regreses. Ya me avergonzaste bastante. . . más que bastante.
No regreso.
Rebecca contempló el periódico, el punto donde se le rogaba actuara de otra manera y una sonrisa amarga le torció la boca.
Debía ignorar esa petición... lo mismo que ellos ignoraron súplicas hacía diez años.
Con un desprecio que iba en aumento, levantó teléfono y marcó el número de Yorkshire.