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La Doncella Y El Alfa

La Doncella Y El Alfa

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Romance / Mundo de fantasía / Completas
Popularitas:3.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Luna Azul

En desarrollo
Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.

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CAPÍTULO 15

​La mañana se levantó envuelta en una neblina densa y opaca que devoraba las copas de los pinos centenarios, reduciendo la visibilidad en las tierras altas a escasos metros. A pesar del clima adverso, la atmósfera dentro de los aposentos privados del Alfa continuaba siendo un santuario de calor y romance febril. Alondra se encontraba atrapada entre las sábanas de lino y el cuerpo monumental de Caleb, quien la retenía contra su pecho esculpido con esa posesividad implacable que se había vuelto el motor de sus días. El Alfa delineaba con sus labios carnosos la línea de su mandíbula, dejando un rastro de besos húmedos y hambrientos que hacían que la joven arqueara la espalda, gimiendo suavemente mientras enredaba sus dedos en su densa cabellera castaña.

​Sin embargo, la paz idílica se fragmentó en un milisegundo. A través del lazo místico que unía sus almas, Alondra sintió cómo el espíritu de Caleb se tensaba de golpe, transformando la calidez del deseo en una rigidez gélida y alerta. El Alfa interrumpió el beso, irguiéndose sobre la cama con un movimiento felino y veloz. Sus ojos dorados brillaron con una fijeza salvaje y sus fosas nasales se dilataron, captando un estímulo que el oído humano jamás habría detectado.

​Segundos después, un golpe frenético sacudió la pesada puerta de roble de la habitación.

​—¡Alfa! ¡Lamento interrumpir! —la voz de uno de los centinelas principales de la guardia resonó desde el pasillo, cargada de una urgencia alarmante—. Los puestos de avanzada de la frontera sur informan de un ataque masivo. Hombres del valle están cruzando el Gran Límite con antorchas y hachas. Están prendiendo fuego a los refugios de caza inferiores. Exigen verle.

​Caleb soltó un rugido bajo y espeso, un sonido que brotó desde lo más profundo de su pecho y que hizo temblar los cristales del ventanal. Los intrincados tatuajes tribales de sus hombros parecieron oscurecerse bajo su piel bronceada mientras la furia del líder se desataba. Se puso de pie de un salto, vistiéndose con sus pantalones de cuero y su chaleco oscuro con una rapidez asombrosa.

​Se giró hacia Alondra, acortando la distancia para acunar su rostro entre sus manos grandes y ardientes. Le plantó un beso corto, fuerte y demandante en los labios, un sello de posesión y promesa en mitad del caos.

​—Quédate aquí, mi pequeña luna —le ordenó con esa voz ronca que no admitía réplicas—. Este maldito alcalde no aprende la lección. Voy a descender con la primera línea de guerreros para aplastar esta osadía de una vez por todas. Mi guardia personal bloqueará la entrada de tus aposentos. Estás a salvo.

​—Ten cuidado, Caleb... —alcanzó a decir Alondra, con el corazón latiéndole aprisa, mientras el lazo en su pecho le enviaba oleadas de la ira incandescente del guerrero—. Siento que algo no está bien. El alcalde es un cobarde, no atacaría de frente sin una artimaña.

​—Que traiga las trampas que quiera. Romperé su cuello antes de que pueda pestañear —sentenció el Alfa con una fijeza salvaje, antes de darse la vuelta y salir de la estancia a grandes zancadas, haciendo resonar sus botas contra el suelo de piedra como tambores de guerra.

​La fortaleza se convirtió en un torbellino de actividad. Alondra intentó mantener la calma en su habitación, pero la angustia la consumía. Pasaron las horas y la densa niebla del exterior parecía volverse más espesa. A través del vínculo, sentía la distancia de Caleb; su mente estaba concentrada en la batalla en la frontera sur. Sin embargo, una extraña intuición, un presentimiento nacido de sus años viviendo entre los humanos del valle, comenzó a carcomerle la mente. Sabía cómo operaba el alcalde: el ataque frontal era demasiado evidente, demasiado ruidoso. Era una distracción.

​Guiada por un impulso incontrolable y la necesidad de proteger al hombre que la había convertido en su reina, Alondra burló la vigilancia de sus guardias utilizando un pasadizo de servicio que conectaba las cocinas con los huertos traseros de la fortaleza, un camino que Martha le había mostrado días atrás. Cubriéndose con una pesada capa de lana azul oscuro, se adentró en el bosque neblinoso, siguiendo el sendero lateral que descendía hacia los límites inferiores de la montaña, el sector que se suponía desprotegido.

​El frío del invierno le azotaba el rostro mientras sus botas se hundían en la nieve fresca. El silencio del bosque era sepulcral, interrumpido únicamente por el crujido de las ramas congeladas. Alondra avanzaba con cautela, pero tras caminar un kilómetro, el aroma del aire cambió de forma drástica. Ya no olía a pino ni a nieve pura; un olor metálico, rancio y acre impregnaba el ambiente.

​De repente, un gemido ahogado y rasposo cortó el silencio a unos metros de distancia.

​Alondra se detuvo, conteniendo el aliento. Se ocultó detrás del tronco de un enorme abeto y asomó la cabeza con cuidado. Lo que vio hizo que la sangre se le congelara en las venas. En mitad de un claro cubierto de nieve pisoteada y teñida de un rojo escarlata, se encontraba un lobo gris de la manada, uno de los centinelas jóvenes que solía sonreírle en el patio de armas. El animal estaba atrapado por su pata delantera en una colosal trampa de oso hecha de hierro reforzado. Pero lo terrorífico era el brillo blanquecino del metal: era plata pura.

​La piel del lobo se estaba quemando bajo el contacto del metal corrosivo, despidiendo un humo espeso y un olor a carne chamuscada que anulaba por completo su capacidad de regeneración. El animal intentaba morder el artefacto para liberarse, pero sus colmillos solo encontraban el veneno de la plata, debilitándolo con cada segundo que pasaba.

​—Es una lástima que hayamos atrapado solo a un cachorro y no al Alfa —una voz rasposa y burlona emergió de la espesura.

​Tres hombres vestidos con pesadas capas de cuero oscuro salieron de las sombras del bosque. A la cabeza caminaba el mercenario de la cicatriz profunda en el ojo izquierdo, sosteniendo una ballesta pesada cargada con una saeta cuya punta brillaba con el tono oscuro del acónito. Los otros dos cazadores se acercaron al lobo herido con lanzas con punta de plata, disfrutando de la agonía del animal.

​—Da igual —respondió uno de los cazadores, escupiendo en la nieve—. El disturbio que provocó el alcalde en la frontera sur funcionó a la perfección. Toda la fuerza principal de la Manada Roja está concentrada allá. Para cuando se den cuenta de que el verdadero ataque era una infiltración por este sendero para flanquear la fortaleza, ya habremos tomado el control de los suministros.

​—Termina con la bestia —ordenó el líder de la cicatriz, apuntando su ballesta hacia el cuello del lobo gris—. No necesitamos sobrevivientes que alerten al resto antes de tiempo.

​Alondra, oculta detrás del árbol, sintió que el terror se transformaba en una oleada de furia y valentía salvaje. Aquel lobo herido era parte de la familia que la había adoptado, seres que la respetaban y la cuidaban bajo la ley de Caleb. No podía quedarse de brazos cruzados viendo cómo los mercenarios del pueblo lo ejecutaban en la nieve.

​Sabiendo que no tenía la fuerza física para enfrentarlos de frente, buscó a su alrededor y encontró una pesada rama de roble congelada. Con las manos temblorosas pero la mirada azul encendida con una fijeza inquebrantable, Alondra salió de su escondite, dejando caer la capucha de su capa, permitiendo que su larga cabellera dorada brillara en mitad de la bruma gris del bosque.

​—¡Atrás! ¡Alejense de él! —gritó con una voz clara y potente que resonó en el claro, deteniendo las acciones de los cazadores al instante.

​Los tres mercenarios se giraron con presteza, alzando sus armas, pero al reconocer las facciones de la joven y el brillo de la marca de la luna creciente en su cuello expuesto, el líder de la cicatriz abrió el ojo con una mezcla de asombro y una satisfacción macabra.

​—Vaya, vaya... miren lo que la niebla nos ha traído —dijo el cazador, bajando lentamente la ballesta pero manteniendo una sonrisa grotesca en el rostro—. La preciosa y dorada Luna del Alfa. La muchacha que el pueblo desechó y que ahora juega a ser la reina de las bestias. El alcalde nos dijo que serías una pieza valiosa, pero jamás pensé que caminarías directo hacia nuestras manos por tu propia cuenta.

​El lobo gris atrapado emitió un gruñido ahogado de advertencia, intentando arrastrarse para interponerse entre la joven y los hombres, pero el dolor de la plata lo hizo colapsar de nuevo sobre la nieve ensangrentada.

​—No les tengo miedo —declaró Alondra, apretando la rama de roble entre sus manos, dando un paso al frente para colocarse delante del animal herido, asumiendo con honor el rol protector que Caleb le había enseñado—. Están en territorio de la Manada Roja. Si dan un paso más, mi Alfa los destrozará hasta que no quede nada de ustedes. Su traición terminará aquí.

​El líder de los cazadores soltó una carcajada seca y peligrosa, haciendo una seña a sus dos acompañantes para que se desplegaran en semicírculo, cerrando las vías de escape de la joven.

​—Tu Alfa está a kilómetros de aquí, combatiendo fantasmas en la frontera sur, hermosa —susurró el mercenario, dando un paso largo hacia ella mientras desenvainaba una daga de plata que brilló con una frialdad asesina—. Para cuando tu vínculo le avise que estás en peligro, ya estarás muy lejos de esta montaña. Eres el cebo perfecto, Alondra. Con la reina en nuestro poder, el Alfa de la Manada Roja se arrodillará ante nosotros, y estas tierras altas pertenecerán finalmente a los hombres del valle.

​Alondra apretó los dientes, sintiendo cómo a través de la marca de su cuello, el lazo con Caleb comenzaba a vibrar con una fuerza violenta y desesperada, como una alarma de sangre que estallaba en la mente del coloso en la distancia, mientras el peligro la rodeaba por completo en la inmensidad del bosque congelado.

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Maribeth Minotta
ya me atrapo🥰🥰
Manu
Me ha gustado mucho los 20 capítulos qué he leído. Es algo diferente a lo que escribes pero sinceramente me ha gustado.
Jessica
almenos la va a cuidar
Jessica
hola muy interesante tu historia
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