Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.
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Capítulo 11: El precio del éxito
El estreno de "El Último Soldado" fue un evento que la prensa especializada calificó como "histórico". La alfombra roja se extendía por más de cincuenta metros frente al cine más lujoso de la ciudad, y las cámaras de los fotógrafos creaban un destello continuo que cegaba a los asistentes. Leo, vestido con un traje negro impecable y una sonrisa ensayada, caminaba entre las estrellas de cine y los críticos que ya lo coronaban como el nuevo rostro del drama nacional.
Pero por dentro, su corazón latía al ritmo de una canción que solo él escuchaba: la de un niño que seguía esperando que su madre lo mirara con orgullo.
—¡Leonardo! ¡Leonardo, aquí! —gritaban los reporteros—. ¿Cómo se siente al ser el actor más joven en lograr una nominación al premio internacional?
—Es un honor —respondía Leo, con la voz medida y la mirada serena—. Pero esto no sería posible sin el apoyo de mi mentor, don Héctor Morales, y de todas las personas que creyeron en mí cuando nadie más lo hacía.
No mencionó a su madre. Aunque ella estaba en la sala, en una butaca de la segunda fila, con un vestido azul que Leo mismo había pagado. Valeria aplaudía con entusiasmo, pero sus ojos no miraban a su hijo: escaneaban la sala, buscando algo o a alguien. Leo lo notó, pero prefirió ignorarlo. Esa noche, por primera vez en su vida, quería sentirse el centro de atención sin cuestionarse si merecía estar allí.
La película fue un éxito rotundo. La historia del soldado que regresa a casa y encuentra a su esposa con otro hombre resonó en el público como un eco de dolor universal. Leo interpretó al personaje con una intensidad que hacía olvidar su juventud; cada lágrima, cada grito, cada silencio suyo era una verdad extraída de sus propias entrañas. Cuando la sala se oscureció y aparecieron los créditos, el público se puso de pie durante más de cinco minutos. Los aplausos retumbaban como una tormenta.
Leo, de pie en el escenario junto al director y el elenco, sintió que las lágrimas amenazaban con brotar. Pero las contuvo. No podía llorar delante de todos. Los actores no lloran de felicidad; lloran solo cuando el guion lo exige.
Después de la función, hubo una fiesta privada en un rooftop con vista a la ciudad. Copas de champán, música sofisticada y rostros famosos que se acercaban a Leo para felicitarlo y pedirle fotos. Él sonreía, agradecía, estrechaba manos. Pero su mirada buscaba a su madre entre la multitud.
La encontró al fondo, cerca de la barra, hablando con un hombre de traje gris que no le resultaba familiar. El hombre era alto, de cabello plateado y postura militar. Algo en su forma de mirar a Valeria, de inclinarse hacia ella para susurrarle al oído, hizo que Leo sintiera un escalofrío.
—¿Quién es ese? —preguntó a Héctor, que se había acercado sigilosamente.
—No lo sé —respondió el director, con una tensión apenas perceptible—. Pero conozco su tipo. Es un abogado. Y los abogados no asisten a fiestas de cine por casualidad.
Leo quiso acercarse, pero en ese momento un productor lo tomó del brazo para presentarle a una actriz extranjera. Cuando logró zafarse, Valeria ya no estaba. Tampoco el hombre del traje gris.
—¿Qué pasó? —preguntó a su madre por teléfono más tarde, desde el coche de regreso a casa.
—Nada, amor —respondió ella, con una voz que sonaba extrañamente feliz—. Solo estaba conociendo gente. La industria del cine es fascinante. Ojalá hubiera estado en tu vida antes para ver todo esto.
—Mamá, ¿estás bien?
—Estoy mejor que nunca, Leo. Gracias a ti.
Colgaron. Leo se quedó mirando el teléfono durante un largo minuto. Algo no encajaba. Pero el cansancio y la euforia del estreno lo vencieron. Decidió confiar en ella, una vez más.
Sin embargo, esa noche, mientras dormía en su habitación de la mansión, soñó con Fabián. No lo veía, pero escuchaba su risa. Una risa metálica, fría, como el sonido de una cerradura que se cierra. Y en el sueño, Leo intentaba abrir una puerta, pero la llave no encajaba.
Cuando despertó, tenía el rostro mojado de lágrimas.
—Todo está bien —se dijo a sí mismo, mirándose al espejo del baño—. Solo es estrés.
Pero en el fondo, algo se estaba pudriendo. Y el hedor comenzaba a filtrarse.