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LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

LA EMEPERATRIZ, DAMA DE LA NOCHE...

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Reencarnación(época moderna) / Completas
Popularitas:23.2k
Nilai: 5
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13 — Diseñando la perdición

A las nueve de la mañana del martes, Lían tenía el escritorio de la oficina cubierto de papeles con dibujos.

—Vale, llevamos dos horas.

—Y nos faltan dos.

—No me faltan dos. Me faltan diez minutos antes de tirar este lápiz por la ventana.

—Sofía.

—¿Qué?

—Concentración.

Sofía suspiró. Le pasó el lápiz nuevo. Lían lo recibió sin mirar y siguió dibujando.

Era el cuarto bosquejo del traje rojo.

Los tres anteriores estaban tachados con dos rayas. Demasiado cubierto. Demasiado liso. Demasiado vulgar. Este iba mejor. Esto iba acercándose a lo que Lían quería.

Quería un traje que no se viera erótico, sino imperial. Algo que en su época una concubina de alto rango habría usado para una noche con el Emperador. Seda gruesa para los giros. Apertura larga en el muslo izquierdo, no en los dos. Espalda descubierta hasta la cintura. El cuello cerrado, alto, casi de monja. Ahí está el truco, le explicó a Sofía. Si todo está descubierto, ya no hay nada que imaginar. La elegancia es tapar lo correcto.

—¿Y el rojo?

—Sangre seca.

—¿Cómo sangre seca?

—Como sangre seca, Sofía. No rojo cereza, no rojo de Coca-Cola. Sangre. Cuando ya se oxidó.

Sofía la miró raro.

—Vale.

—¿Qué?

—¿Tú diseñaste esto antes alguna vez? En tu cabeza.

Lían levantó la vista del papel.

—Sofía.

—Solo pregunto.

—Sí.

Sofía no preguntó más. Tomó el dibujo. Lo estudió un momento. Después asintió.

—Lo mando a la modista hoy mismo. Tres días para tenerlo. ¿Te alcanza?

—Me alcanza.

—¿Pruebas antes?

—Una sola. El miércoles. Y que la modista venga aquí. No quiero que la Fénix exista fuera del Lotus.

—Bien.

Sofía levantó los papeles. Iba a salir cuando el teléfono de Lían vibró sobre el escritorio.

Las dos lo miraron.

Sofía la conocía bien. Por la cara de Lían supo de quién era antes de que se moviera.

—¿Rivas?

—Rivas.

—Léelo.

Lían tomó el teléfono. Abrió el mensaje.

Aumento la oferta a siete millones. Sin condiciones. La fecha la elige ella. La música la elige ella. No necesito antifaz nuevo, no necesito traje nuevo, no necesito ver su cara. Solo necesito otra hora. Dígale por favor. Y a usted, gracias.

Lían no respiró durante tres segundos.

Sofía esperó.

—¿Qué dice?

—Siete.

—¿Siete qué?

—Siete millones.

Sofía silbó bajito.

—Vale.

—Sofía.

—¿Le contesto?

—No.

—¿Nada?

—Nada. Que espere.

Sofía la miró un segundo largo. Después salió de la oficina con los papeles del traje y cerró la puerta sin hacer ruido.

Lían se quedó mirando el teléfono. Después lo dejó boca abajo sobre el escritorio. Después le dio la vuelta otra vez para releer el mensaje. Después lo volvió a dejar boca abajo.

Vieja. Cuidado. Cuidado. Cuidado.

Y a usted, gracias.

Esa última línea no era para la Fénix. Era para Valentina Saggese. Era para ella, Lían. Dante había agregado un gracias personal en un mensaje que era de negocio. Eso no se hacía en el siglo XXI sin razón.

Salvo que la razón fuera otra.

Lían se levantó. Caminó hasta la ventana. Miró la calle. Cuatro autos pasando. Una mujer caminando con un perro pequeño. Un niño con uniforme de colegio comiendo un helado. Un sábado normal.

Y ella, encerrada en una oficina, con dos hombres ofreciéndole millones por verla bailar, una mujer queriendo matarla, una venganza pendiente de mil años, y un mensaje en el teléfono que terminaba en gracias.

Volvió al escritorio. Tomó el teléfono. Tecleó tres palabras.

Le diré a la Dama.

Le dio enviar.

Se sentó. Apoyó la cara entre las manos.

—Hijo de puta —dijo en voz baja, al cuarto vacío.

Pero esta vez no estaba clara a cuál de los dos hijos de puta se refería.

O si se refería a sí misma.

La mansión Alarcón estaba en la zona norte de la ciudad, atrás del portón eléctrico, después del jardín de mil metros cuadrados, dentro del salón principal donde las cortinas siempre estaban a medio cerrar porque a Renata le molestaba el sol directo en los muebles.

A las dos de la tarde, Renata recibió a su asistente personal.

Se llamaba Lorena. Treinta y dos años. Trabajaba para Renata desde hacía siete. Era hija de un empleado viejo de la familia Alarcón, y Renata la había educado desde los catorce. Lorena le debía a Renata más de lo que le debía a su propia madre. Lorena lo sabía. Y Lorena hacía todo lo que Renata le pidiera sin preguntar.

Esa tarde, Renata la recibió de pie. Mala señal. Cuando Renata estaba sentada, era para conversar. Cuando estaba de pie, era para dar órdenes.

—Lorena.

—Señora.

—Marcelo tiene a otra.

Lorena no se movió. Era una de sus mejores cualidades.

—Y no es Valentina —siguió Renata—. Esto es algo nuevo.

—¿Cómo lo sabe?

—Lo sé porque hace tres semanas que no pisa el Lotus. Lo sé porque le bloqueé la cuenta principal y sigue sacando dinero de cuentas paralelas que ni siquiera yo sabía que tenía. Lo sé porque desapareció siete millones de mis activos en un mes y eso, Lorena, no es la cuota mensual de una amante vieja. Eso es algo distinto.

—¿Una nueva?

—Una nueva. Y la quiero encontrada en una semana.

—Sí, señora.

—Empieza por el chofer.

—¿El de la familia?

—No. El de Marcelo. El de Marcelo va a saber. Marcelo no se levanta el pelo para ir al baño sin que el chofer lo sepa primero.

—Bien.

—Y, Lorena.

—¿Sí, señora?

—Cuando la encuentres, no actuamos todavía. Solo me traes el nombre. La cara. Dónde vive. Con quién se acuesta. Si tiene hijos, mejor. Yo elijo cuándo y cómo.

—Entendido.

—Vete.

Lorena salió.

Renata se quedó parada en medio del salón. Se sirvió un té de la tetera de plata. Bebió un sorbo. Pensó en Valentina. Después pensó en Marcelo. Después en Dante Rivas, el dueño del consorcio, al que había visto en la subasta como guardia de Vale.

¿Por qué estabas ahí, Dante? ¿Sabes algo? ¿O Valentina te usó como mula para meterse?

Sonrió.

No importa. Pronto lo sé.

Bebió otro sorbo de té.

Esa misma tarde, a las cuatro, Lorena se subió a un auto y manejó hasta una zona comercial del centro. Había sacado del archivo de la familia el legajo del chofer de Marcelo. Se llamaba Ramiro. Cuarenta y cinco años. Trabajaba con Marcelo desde hacía once años. Vivía solo. Sin hijos.

Lorena tenía un protocolo. Primero ir a su casa. Si no estaba, ir al bar donde almorzaba. Si no estaba, ir al gimnasio donde entrenaba los lunes.

Empezó por la casa.

Cuando llegó al edificio, tocó el portero. Cuatro veces. Nadie contestó.

Bajó. Le dio cien dólares al portero del edificio para que le confirmara qué pasaba.

—El señor Ramiro renunció hace tres días —dijo el portero, guardándose los dólares en el bolsillo trasero del pantalón con una facilidad que dejaba claro que no era la primera vez que recibía billetes así—. Se mudó. No dejó dirección.

—¿Renunció a su trabajo de chofer?

—Renunció. Eso me dijo. Mejor oferta, dijo. Se rió mucho. Estaba contento, el viejo.

—¿Sabe dónde trabaja ahora?

—No, señora.

Lorena le dio otros cien.

—Piense.

El portero se rascó la cabeza.

—Bueno, ahora que me hace pensar… subió a un auto el día que se fue. Un auto bonito, blanco. Le dije muy lujoso, Ramiro, y él se rió y me dijo jefa nueva, jefa generosa.

—¿Jefa? ¿Mujer?

—Mujer, sí. Eso entendí.

—¿La vio?

—Un segundo. Morena. Bonita. Pelo recogido. Como de treinta y tantos.

Lorena pensó en eso un momento.

Después le dio doscientos más al portero. Salió del edificio. Subió al auto.

Llamó a Renata.

—Señora.

—Habla.

—El chofer de Marcelo renunció hace tres días. Lo contrató otra persona. Una mujer. Joven. Morena.

Pausa al otro lado del teléfono.

—¿Estás segura?

—El portero la vio. Coincide con la descripción.

—Descríbela otra vez.

—Treinta y tantos. Morena. Pelo recogido. Bonita.

Otra pausa.

—Lorena.

—¿Señora?

—Esa descripción me la podría dar cualquier persona de cualquier otra mujer.

—Sí, señora. Salvo que…

—¿Salvo qué?

—Salvo que el auto era blanco. Y la única mujer en la ciudad que maneja un auto blanco como el que describió el portero, que yo recuerde, es Sofía.

Silencio largo.

—Sofía la del Lotus.

—Sí, señora.

—Sofía, la mano derecha de Valentina Saggese.

—Sí, señora.

—Volví a perder.

—¿Señora?

—Nada. Sigue investigando. Quiero confirmación. Si Sofía contrató a ese chofer, es porque alguien le dio orden. Y la orden vino de Valentina.

—Pero usted dijo que la nueva no era Valentina.

—No es Valentina, Lorena. Pero la jugada sí lo es. Estoy peleando con esa mujer hace meses y no termino de entender qué está jugando.

Renata colgó.

Se quedó parada en el salón con el teléfono en la mano. La tetera de plata seguía caliente.

Esta vez no se sirvió té.

Caminó hasta el bar. Se sirvió un coñac. Lo bebió de un trago.

—Valentina —dijo en voz baja, al cuarto vacío—. Te subestimé. No vuelve a pasar.

A las seis de la tarde, en el Lotus, Sofía entró a la oficina con un papel en la mano y la cara satisfecha.

—Vale.

—Dime.

—El chofer.

—¿Qué pasó?

—Lo fueron a buscar hoy. Vino una asistente de Renata. Habló con el portero. Sacó información.

Lían levantó la vista del nuevo dibujo.

—¿Cuánta?

—Suficiente para saber que el chofer renunció a Marcelo. Y suficiente para que el portero le pintara mi auto.

Lían sonrió.

—¿Tu auto?

—El blanco, Vale. El que me regalaste el año pasado. El portero me describió a mí, no a una mujer cualquiera. Lo hice a propósito. Le di doscientos dólares al portero antes de la mudanza para que recordara una mujer bonita en un auto blanco si alguien venía a preguntar.

Lían se rió. Una risa corta, real.

—Sofía.

—¿Qué?

—Eres una hija de puta.

—Aprendo de la mejor.

—Cuéntame todo.

Sofía se sentó del otro lado del escritorio. Le pasó el papel. Era un reporte del portero del edificio, que había llamado a Sofía media hora después de que se fuera la asistente.

—Renata cree que hay otra mujer en la vida de Marcelo. Distinta a ti. Mandó a Lorena a confirmarlo.

—Lorena —repitió Lían—. La asistente.

—Esa.

—¿Está conectada a alguien útil?

—Familia entera trabajando para los Alarcón hace dos generaciones. Le debe la vida a Renata. No vamos a poder comprarla.

—Bien. No vamos a comprarla. Vamos a usarla.

—¿Cómo?

Lían se cruzó de piernas. Se inclinó hacia adelante.

—Sofía. Renata está perdiendo la cabeza con la idea de que hay otra. Quiero alimentar esa idea. Quiero que ella, sola, sin que nadie le ayude, llegue a la conclusión equivocada. Que Marcelo está gastando millones en una bailarina del Lotus que no es Valentina. Que la bailarina es alguien que Valentina protege. Que las dos somos cómplices.

—¿Y para qué?

—Para que cuando Renata venga a por mí, venga buscando una bailarina, no a una emperatriz. Y para que cuando descubra que la bailarina y yo somos la misma, ya sea demasiado tarde.

Sofía la miró un rato largo.

—Vale.

—¿Qué?

—¿Mil años atrás esto se llamaba así?

—¿Cómo?

—Llevar a otro a creer lo que tú quieres que crea.

—Sí.

—¿Cómo se llamaba?

Lían sonrió.

—Estrategia, Sofía. Se llamaba estrategia.

Sofía sacudió la cabeza. Se levantó. Caminó hasta la puerta. Antes de salir, se giró.

—Vale.

—Dime.

—Una cosa más.

—¿Qué?

—El traje rojo estará en tres días. Dale a Marcelo una semana para que junte la plata. Va a tener que vender otro reloj. Y mientras tanto, Rivas espera.

—Rivas espera.

—¿Cuánto más lo vas a hacer esperar?

Lían se quedó mirando el dibujo del traje rojo sobre el escritorio. Después miró el teléfono boca abajo al lado. Después miró a Sofía.

—Hasta que sepa de cuál de los dos quiero ser yo más, Sofía.

Sofía asintió. Salió. Cerró la puerta despacio.

Lían se quedó sola.

El sol bajaba detrás del edificio de enfrente y le pintaba la oficina de un rojo viejo, casi sangre seca, exactamente el color que llevaba dos horas tratando de encontrar.

Sonrió.

Algunas cosas se encuentran solas.

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E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso bueno
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encanta
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
ahí caramba eso es mucho billegas 🤣
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me pregunto si Sofía ya está clara en que es una reencarnada o solo cree que la otra habla así a lo loco de la muerte 🤔🤔
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
jajaja me encantaría ver si bien no sus bailes al menos sus vestuarios la corona esa hermosa máscara que la cuida 🥰🥰
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
esto se puso sospechoso
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
excelente
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
alguien me explica cómo se hizo famosa tan rápido jajaja los reservados del viernes debes cobrar todo al triple sacan plata pero sin vender su cuerpo y eso te dará mucho más capital para ayudar a más chicas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
me encanta la novela amaría que tuviera imágenes o fotos para disfrutar mas
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
y cobrales con intereses a todos mi ciela
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
al menos está Clarita que lo va a mandar a freír espárragos si es que vuelve🤬
E.N.Y.C.89❤️‍🔥
hablando de cobardes 🤷🏼‍♀️
Roxana C Añez
Me enamoré de la historia, fue... refrescante leer algo tan original.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Roxana C Añez
Podrá haber sido un pendejo... pero está parte me dolió 🥺
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺
Corina Galantti
una historia hermosa, muy triste, pero con final FELIZ! ME ENCANTÓ. BENDICIONES ESCRITORA
Celia Maza
muy pero muy buena. tenía tiempo que no leía una novela asi
Elizabeth Delvicier
bien fuerte en época machista donde los hombres comían de cada plato y las mujeres tenían que esperar para ser visitadas en sus alcobas
Evelyn
Me encanta como escribes yo leo desde México y me encanta la protagonista una mujer empoderada y que no se dela dominar por nadie
Guadalupe Flores
👏👏👏👏👏👏 Que bonito final. Se fue en paz Valentina. No me gustó que muriera Lucía. Y me quede con ganas de ver más sufrir a Remata. Jajaja felicidades escritora muy bonita novela
Guadalupe Flores
Imaginate jaja3 dos niñas y un niño. Lucia, Lin Hua y el niño que no recuerdo el nombre del papá de Dante. Sería perfecto 👏👏👏👏
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