Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
NovelToon tiene autorización de Ruczca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 12 — AYÚDEME CARDENAL
Entonces ocurrió.
Zepharel levantó lentamente la vista de su libro.
Y me observó.
Sentí un escalofrío recorrerme desde la nuca hasta la punta de los dedos.
Aquellos ojos eran distintos a cualquier cosa que hubiera visto antes.
Fríos.
Profundos.
Silenciosos.
Parecían capaces de atravesar la carne, los huesos y el alma.
Como si no estuvieran mirando mi rostro.
Como si estuvieran observando algo oculto dentro de mí.
Algo que ni siquiera yo conocía.
Mi respiración se volvió más lenta.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación sentí verdadero nerviosismo.
Aun así reuní valor y avancé hasta el escritorio.
Con manos ligeramente temblorosas deposité los documentos sobre la madera oscura.
El sonido del pergamino rozando la superficie pareció resonar por toda la biblioteca.
Zepharel permaneció observándome durante largos segundos.
Sin sorpresa.
Sin curiosidad.
Sin la menor emoción visible.
Su expresión seguía siendo tan serena e imperturbable como la de una estatua.
Luego cerró el antiguo libro con absoluta calma.
El sonido seco de la tapa rompiendo el silencio hizo que mi corazón diera un vuelco.
Y cuando finalmente habló, su voz fue exactamente como la había imaginado.
Tranquila.
Profunda.
Serena.
Pero tan fría que parecía capaz de congelar el aire.
—No eres una monja.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Mi corazón dio un gran vuelco.
Por un instante olvidé cómo respirar.
Y en aquel preciso momento comprendí algo.
Había logrado entrar en el despacho del hombre más inaccesible de toda la iglesia.
Pero engañar al cardenal Zepharel resultaba infinitamente más difícil de lo que había imaginado.
Entonces sus labios se separaron apenas.
—Guar...
El pánico me golpeó como un rayo.
Antes de que terminara la palabra rodeé el escritorio apresuradamente.
Mi pie se enganchó con una de las patas del mueble.
Perdí el equilibrio.
Y terminé cayendo hacia adelante.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Instintivamente extendí una mano para sostenerme.
La otra fue directamente a cubrirle la boca.
Mi cuerpo quedó inclinado sobre él.
Tan cerca que pude ver el leve reflejo de los vitrales en sus ojos.
Tan cerca que pude percibir el tenue aroma a incienso y pergamino antiguo que impregnaba sus ropas.
Mi corazón empezó a latir con una violencia aterradora.
—¡No!
Mi voz salió apenas como un susurro desesperado.
—Por favor...
Mis dedos temblaban contra sus labios.
—No llame a los guardias.
Por primera vez desde que había entrado en aquella habitación sentí verdadero miedo.
No de los demonios.
No de las sombras.
No de las voces.
Sino de ser expulsada antes de obtener respuestas.
Tragué saliva.
—Por favor... no me eche.
Mi voz se quebró ligeramente.
—Sé que entré sin permiso. Sé que no debí hacerlo.
Bajé la mirada unos segundos.
—Pero no sabía qué más hacer.
Zepharel seguía inmóvil.
No intentó apartarme.
No mostró enfado.
Ni sorpresa.
Ni vergüenza.
Aquella calma absoluta resultaba más intimidante que cualquier grito.
Levanté nuevamente la vista hacia él.
—Necesito su ayuda.
Las palabras salieron cargadas de una desesperación imposible de ocultar.
—No puedo acudir a nadie más.
Por un momento la biblioteca quedó completamente en silencio.
Y fue entonces cuando me di cuenta de algo.
Seguía cubriéndole la boca.
Y seguía prácticamente encima de él.
Mis ojos se abrieron de par en par.
El calor subió inmediatamente a mis mejillas.
Me quedé inmóvil.
Horrorizada.
Porque acababa de irrumpir en el despacho privado del cardenal más importante del reino...
Y lo primero que había hecho era lanzarme sobre él para taparle la boca.
Me miró.
Y yo, completamente avergonzada por lo que acababa de hacer, retiré lentamente la mano de su boca.
—La quitaré... solo no llame a los guardias.
Zepharel no respondió.
Ni siquiera parpadeó.
Sus ojos dorados permanecieron clavados en mí con aquella frialdad impenetrable que empezaba a ponerme nerviosa.
Retrocedí unos pasos y me aparté de él.
Durante unos segundos, el silencio volvió a apoderarse del despacho.
Finalmente habló.
—Fuera.
Una sola palabra.
Corta.
Fría.
Definitiva.
Sentí que mi corazón se hundía.
—¿Q-qué?
—Salga de mi despacho.
Su voz no se elevó.
No mostró enojo.
No hubo amenazas.
Y aun así aquella orden poseía una autoridad imposible de ignorar.
Apreté las manos contra mi vestido.
—Por favor, escúcheme solo un momento.
—No.
—Solo serán unos minutos.
—No.
Fruncí el ceño.
Jamás había conocido a alguien tan difícil.
Ni siquiera mi padre era capaz de responder de forma tan cortante.
—Cardenal, he venido porque necesito ayuda.
—La iglesia posee sacerdotes para atender a los fieles.
—Ellos no pueden ayudarme.
—Entonces tampoco puedo hacerlo yo.
Aquello me dejó sin palabras.
¿Cómo puede rechazarme sin siquiera escucharme?
—Pero ni siquiera sabe qué ocurre.
—Y no necesito saberlo.
Su respuesta fue tan indiferente que sentí deseos de arrojarle uno de aquellos enormes libros que descansaban en las estanterías.
Respiré profundamente para contenerme.
No había llegado tan lejos para rendirme.
—¿Acaso siempre trata así a las personas que buscan ayuda?
Por primera vez algo pareció cambiar.
Muy poco.
Apenas una diminuta variación en su mirada.
—Las personas que buscan ayuda utilizan la puerta principal.
—No se disfrazan de monjas para irrumpir en despachos privados.
Mis mejillas ardieron.
Tenía razón.
Completamente.
Pero seguía siendo desesperante.
—Eso es porque usted jamás me habría recibido.
Zepharel volvió a abrir su libro.
Como si la conversación hubiera terminado.
Como si yo hubiera dejado de existir.
—Márchese.
—No.
La palabra escapó de mis labios antes de que pudiera detenerla.
No pensaba irme.
No después de todo lo que había pasado.
No después de las pesadillas.
De las voces.
De las cosas que veía.
El silencio se volvió pesado.
Tan pesado que incluso respirar parecía difícil.
Los ojos dorados del cardenal se alzaron lentamente de las páginas.
—¿Qué ha dicho?
Tragué saliva.
Aquella mirada era aterradora.
Mucho más cuando recaía completamente sobre uno.
Pero ya había llegado demasiado lejos para retroceder.
—Dije que no.
Por primera vez sentí que toda la habitación se enfriaba.
Zepharel me observó durante unos segundos.
Luego, sin responder, giró lentamente la silla de ruedas y comenzó a alejarse por el despacho.
Como si simplemente hubiera decidido ignorarme.
Como si yo no fuera más que una molestia pasajera.
Apreté los dientes.
Y lo seguí.
—Ayúdeme.
No respondió.
—Tengo mucha desesperación.
El cardenal continuó avanzando entre las estanterías.
Su expresión permanecía tan impasible como siempre.
—No estoy aquí por capricho.
Nada.
Ni una sola reacción.
Mi voz comenzó a temblar.
—Algo extraño está ocurriendo.
Entonces vi cómo los dedos de una de sus manos se tensaban ligeramente sobre el apoyabrazos de la silla.
Fue un movimiento mínimo.
Casi imperceptible.
Pero lo vi.
Y aquello me dio esperanza.
—Y no sé a quién más acudir.
Zepharel continuó avanzando.
Sin embargo, ya no parecía ignorarme con la misma facilidad.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔