Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 3 - Acuerdo de conciliación
Camila se quedó pasmada. Sin darse cuenta, empezó a temblar. El solo recuerdo de lo que ese hombre le había hecho la llenaba de terror, ¿y ahora tenía que volver a verlo?
—¿P-para qué me quiere, señor?
—Eso puede preguntárselo usted misma a él.
—¿Y s-si… si me niego a verlo? —se atrevió a replicar.
—Entonces no nos quedará más remedio que llevarla a la fuerza. Así que le conviene obedecer.
Camila volvió a temblar. Con miedo, se cambió de ropa y siguió al asistente principal del director. A la entrada del callejón había un auto de lujo estacionado. El asistente le abrió la puerta y le indicó que subiera. Ella entró, vacilante.
Adentro estaba el hombre al que tanto temía. Sí, el director que la había violado. Camila se estremeció de nuevo. Le tenía pánico. Temía que lo de la noche anterior volviera a repetirse.
—¿A dónde vamos, señor?
—Al restaurante japonés. Llama al licenciado Aguirre y dile que nos vemos allá.
—Sí, señor.
El auto arrancó. Adentro reinaba el silencio. Camila se apretaba las manos con fuerza para que dejaran de temblar. Un sudor frío empezó a empaparla, aunque el aire acondicionado estaba heladísimo. Mantenía la cabeza gacha; no se atrevía a mirar al hombre que iba sentado a su lado.
Casi media hora después, el auto se detuvo frente a un restaurante elegante. El asistente les abrió la puerta y le indicó a Camila que lo siguiera. Resignada, ella caminó detrás de los dos hombres.
Era un restaurante japonés donde cada cliente podía escoger un privado para que le sirvieran la comida. Tras recorrer pasillos que le parecieron interminables, por fin llegaron al salón reservado.
Allí los esperaba un hombre con una carpeta en la mano.
—Buenas tardes, señor.
—Buenas tardes. ¿Ya tiene listos los documentos que le pedí?
—Sí, señor.
—Muy bien. Podemos empezar.
—Señorita Alcázar, tome asiento aquí, por favor.
El asistente le señaló el lugar frente a Max, y Camila obedeció y se sentó donde le indicaron. Así quedó cara a cara con Max y con el licenciado Aguirre.
—¿Usted es la señorita Camila Alcázar?
—S-sí… —respondió ella, nerviosa.
—Estamos al tanto del problema que hubo entre usted y nuestro cliente. La hemos citado para proponerle una conciliación. Este es nuestro acuerdo. Léalo primero, por favor.
El licenciado Aguirre le entregó una carpeta blanca con varias hojas dentro. Camila empezó a leer, insegura.
ACUERDO DE CONCILIACIÓN
Los abajo firmantes:
Nombre: Maximiliano Giovanni Montenegro
Cargo: Director General de ERPWare Corp.
Domicilio: —
En lo sucesivo denominado PARTE I,
celebra el presente acuerdo con:
Nombre: Camila Alcázar
Cargo: Personal subcontratado de ERPWare Corp.
Domicilio: —
En lo sucesivo denominada PARTE II.
Con el fin de resolver el conflicto entre Maximiliano Giovanni Montenegro, como PARTE I, y Camila Alcázar, como PARTE II, ambas partes convienen en solucionarlo por la vía amistosa conforme a los siguientes puntos:
Al celebrar el presente acuerdo de conciliación, ninguna de las partes se ha sentido presionada por persona o parte alguna.
La PARTE I se compromete a pagar una indemnización de 200,000 dólares (doscientos mil dólares) a la PARTE II.
La PARTE II se compromete a no llevar este asunto a la vía legal.
La PARTE I tendrá derecho a demandar a la PARTE II si en el futuro esta incumple lo acordado.
Una vez firmado el presente acuerdo por ambas partes, se dará por concluido cualquier conflicto y no habrá reclamación alguna en el futuro, ni de la PARTE I hacia la PARTE II ni viceversa.
El presente acuerdo se suscribe con pleno conocimiento de ambas partes, para los fines que correspondan.
La capital, enero de 20XX
PARTE I — PARTE II
Maximiliano Giovanni Montenegro — Camila Alcázar
—¿Q-qué… qué significa esto, señor? —preguntó Camila, confundida.
—Ahí lo dice con toda claridad: le pagaremos una indemnización por el lamentable incidente de anoche, con la condición de que usted no lleve el asunto a los tribunales. Si insiste en hacerlo, no tendremos más remedio que demandarla. Y puede estar segura de que ganaríamos el caso. Le aconsejamos que acepte nuestra propuesta y se olvide del asunto.
El licenciado Aguirre se extendió en sus explicaciones. En el fondo, le daba lástima Camila; verla le recordaba a su propia hija. Pero trabajaba para el director Montenegro, y le gustara o no, tenía que defender a su cliente aunque fuera el culpable.
—S-si firmo esto, ¿podré seguir trabajando en la empresa? —preguntó ella con total ingenuidad.
Era de verdad una muchacha inocente, que no sabía nada de la vida.
El licenciado Aguirre se le quedó mirando, atónito, y Max tampoco salía de su asombro. Jamás habría imaginado lo que pasaba por la cabeza de esa chica. Lo único que le preocupaba era su empleo, no denunciarlo a la policía.
El abogado volteó hacia Max en busca de una respuesta que él mismo no podía dar. Tras dudar un momento, Max asintió y le hizo una seña con los ojos.
—Por supuesto que seguirá en la empresa. Usted es una buena empleada; no tendríamos por qué despedirla. Es más, si firma el acuerdo, le daremos el doble del sueldo que gana ahora.
—N-no necesito el doble de sueldo. ¿Dónde tengo que firmar? —volvió a preguntar con la misma inocencia.
El licenciado Aguirre le fue indicando, y ella firmó. Max soltó el aire, aliviado.
No había sido tan difícil como había imaginado. Esperaba que la mujer lloriqueara y le exigiera de todo. Contra todo pronóstico, había firmado sin más. Max la observó con dureza, sin lograr entender cómo funcionaba la cabeza de esa muchacha.
¿De verdad puede ser tan ingenua, tan cándida? La había obligado a acostarse con él, le había arrebatado la virginidad. ¿Y lo único que le preguntaba era si podía conservar el empleo? ¿Doscientos mil dólares de indemnización bastaban de verdad para compensar todo lo que había sufrido?
—Aquí tiene los cheques por doscientos mil dólares. Es la indemnización que la parte primera otorga a la parte segunda.
El licenciado Aguirre le tendió dos cheques, de cien mil dólares cada uno. Camila contempló aquellos dos papeles con la mirada vacía.
—Pero yo no necesito…
—Tiene que aceptarlo. Es la compensación que le corresponde por haber firmado el acuerdo.
—P-pero de verdad no lo necesito… —insistió ella.
—Lo mejor es que lo acepte.
El abogado no dio su brazo a torcer y le puso los dos cheques entre los dedos. Entonces el asistente les tomó una foto.
—Considero que este asunto queda zanjado. Director Montenegro, señorita Alcázar, les pido que se den la mano.
Camila no quería. Le tenía verdadero pavor a Max; si le daba miedo hasta mirarlo, mucho más tocarlo.
—No hace falta. Ya me voy.
Max salió del privado, y su asistente fue tras él.