En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 5: REGLAS DE CONVIVENCIA PT2
—Mis reglas son sencillas —explicó en un murmullo profundo que resonó en el interior insonorizado del vehículo—. Primera: en público, somos una unidad indivisible. Ningún capitán de los Romano ni ningún soldado de los Moretti debe ver una sola muestra de duda o conflicto entre nosotros. La debilidad en la pareja principal es una invitación para que los rivales busquen fracturas.
—Segunda —continuó Matteo—. Tu seguridad es mi responsabilidad exclusiva. No harás viajes improvisados, no te reunirás con desconocidos sin mi conocimiento previo y no intentarás burlar a la escolta. No es un capricho; anoche estuvimos a punto de perder la vida en una emboscada porque alguien vendió la información de mi ruta. Si te ocurre algo a ti, la tregua se rompe y la guerra será inevitable.
—¿Y la tercera regla? —inquirió Elena, con la voz serena pero tensa.
—La tercera es sobre nuestra vida privada —dijo Matteo, fijando sus ojos oscuros en los de ella—. Dentro de mi casona tendrás tu propio espacio, tu independencia para gestionar tus proyectos de arte y la protección absoluta de mi apellido. No espero que finjas un afecto que no sientes, ni tampoco te exigiré más de lo que el deber requiera. Pero exijo lealtad absoluta. Si descubro que usas tu posición para filtrar información a tu hermano Marco o a cualquier otra persona, la protección se termina de inmediato.
Elena sintió un escalofrío helado recorrerle la columna, pero no apartó la vista ni un milímetro. La claridad brutal con la que Matteo planteaba los términos era casi un alivio frente a la manipulación sutil a la que su padre la había sometido durante años.
—Mis proyectos de arte no son una concesión que deba agradecerte, Matteo —respondió ella con voz firme—. Y en cuanto a la lealtad, no tengo ningún interés en respaldar las ambiciones de mi hermano ni en ser parte de los juegos de poder de tu clan. Lo único que me importa es conservar mi dignidad y mi integridad.
—Entonces tenemos un entendimiento —asintió Matteo, esbozando la sombra de una sonrisa dura que duró apenas un instante—. No es un mal comienzo para dos personas que se supone que van a jurarse fidelidad eterna en un mes.
El vehículo se detuvo frente a una exclusiva boutique de alta costura situada en la Quinta Avenida de Manhattan. El establecimiento había sido cerrado al público por orden de la familia Romano para garantizar la privacidad y la seguridad de la visita.
Al descender del automóvil, Gabriel y dos escoltas tomaron posiciones estratégicas en la acera, vigilando el flujo de peatones y el tráfico. Matteo ofreció su brazo a Elena para cruzar la entrada de cristal. Ella dudó una fracción de segundo antes de apoyar la mano en la tela fina de su saco.
En el interior, una afamada diseñadora italiana y tres asistentes esperaban con una copa de champán y un abanico de bocetos de trajes de novia en seda blanca y encaje de Bruselas.
—Signor Romano, signorina Moretti... Es un verdadero honor atenderlos —expresó la diseñadora con una inclinación respetuosa—. Tenemos preparados los diseños solicitados por la Sra. Renata y la casa Romano.
Durante las dos horas siguientes, Elena se sometería a la prueba de vestidos frente a grandes espejos de marco dorado. Matteo permanecía sentado en un sofá de terciopelo oscuro al fondo de la estancia, observando cada cambio de prenda con la misma atención meticulosa que dedicaba a sus informes financieros.
Cuando Elena salió del vestidor luciendo un diseño de cuello alto, mangas largas de encaje fino y una falda estructurada en seda mikado que acentuaba su talle con sobria elegancia, el silencio volvió a apoderarse de la sala.
La diseñadora ajustó un pliegue en la cintura de la joven.
—Es un diseño majestuoso, signorina. Digno de la futura señora de la casa Romano. ¿Qué opina el novio?
Elena miró su reflejo en el espejo y luego se giró hacia Matteo. Esperaba una respuesta fría o un comentario indiferente sobre la etiqueta social.
Sin embargo, Matteo se puso de pie despacio. Caminó hacia el estrado donde ella permanecía erguida y la observó detenidamente de arriba abajo. Por un segundo, la frialdad en la mirada del heredero de los Romano se suavizó, dejando ver una chispazo de admiración genuina.
—Es impecable —dijo Matteo con voz baja y firme, mirando directamente a los ojos de Elena a través del espejo—. Refleja exactamente lo que eres: fuerte, elegante y peligrosa para cualquiera que intente subestimarte.
Elena sintió un ligero calor subir por su cuello ante el elogio inesperado. Por primera vez en muchos días, la armadura de distancia que ambos habían construido pareció ceder un milímetro.
—Entonces este será el vestido —declaró Elena, rompiendo el hechizo mientras se giraba hacia la modista.
—Aprobado —asintió Matteo, regresando a su postura ejecutiva—. Pagaremos la totalidad del encargo hoy mismo. Asegúrese de que las modificaciones estén listas para la prueba final la próxima semana.
Mientras los asistentes se apresuraban a tomar notas y recoger las telas, el teléfono encriptado de Matteo comenzó a vibrar en su bolsillo interno. Al ver el identificador en la pantalla, su rostro volvió a recuperar la dureza habitual.
—Habla —contestó Matteo, alejándose un par de metros hacia el ventanal que daba a la calle.
—Matteo —dijo la voz de Leo desde el otro lado de la línea, amortiguada por el ruido de fondo de un motor—. El rastro que dejamos en el servidor del intermediario anoche dio frutos. Encontramos la ubicación de la celda de transmisión que envió la señal de radio en Long Island.
—¿A quién pertenece el registro de esa antena privada? —preguntó Matteo en un susurro cortante.
—Ese es el problema, hermano... —hizo una pausa Leo, tragando saliva—. El contrato de arrendamiento de esa antena de alta frecuencia está a nombre de una empresa fantasma de logística. Y el apoderado legal de esa empresa es Marco Moretti.
Matteo apretó el teléfono entre sus dedos con tal fuerza que la carcasa crujió levemente. Desvió la mirada hacia Elena, que en ese momento conversaba de manera pausada con la modista, completamente ajena a la revelación.
La traición no provenía de una facción rival externa. El hermano mayor de Elena era quien había coordinado la emboscada que estuvo a punto de costarle la vida a Don Vincenzo y a él mismo.
—No hagas nada todavía, Leo —ordenó Matteo con voz helada—. No le digas a nuestro padre. Manten la vigilancia sobre Marco las veinticuatro horas. Quiero pruebas irrefutables antes de actuar.
—¿Y qué vas a hacer con la chica? —preguntó Leo con preocupación—. Si su hermano está metido en esto, ella podría estar usándote para ganar tiempo.
Matteo observó a Elena una última vez antes de colgar.
—Averiguaré de qué lado está antes de que termine el día —sentenció Matteo, guardando el teléfono y caminando de regreso hacia ella con la sombra de una tormenta en los ojos.