Lisa es una joven invisible y recatada con una meta clara: completar su pasantía para asegurar el futuro de su hermana. Sin embargo, su camino se cruza con el de Maximilian Sterling, un magnate tan brillante como despiadado. Como su asistente temporal, Lisa no solo gestiona agendas millonarias, sino también el desfile de mujeres que entran y salen de la cama de su jefe.
En la intimidad del penthouse, Max la provoca con una arrogancia desmedida y una desnudez que ella intenta ignorar. Pero la tensión erótica estalla en una noche de alcohol y confesiones que termina en una entrega total. Al amanecer, el despertar es cruel: "No recuerdo nada, prepárame un café".
Mientras Max se refugia en su fachada de playboy sin escrúpulos para ocultar su vulnerabilidad, descubre que Lisa no es una empleada más, sino el único caos que no puede dominar. En este peligroso juego de poder y deseo, él es el dueño de la ciudad, pero ella posee sus secretos. Al final, solo uno quedará de rodillas.
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Emergencia familiar I
Maximilian se apartó despacio. Dejó un espacio libre, amplio y de repente demasiado frío, entre su cuerpo y el escritorio de Lisa. La joven respiró con fuerza, llenó sus pulmones de manera abrupta, y sintió que el aire regresaba a su cuerpo en una oleada que le devolvió la conciencia de la realidad. Tenía las mejillas calientes, encendidas por el rubor de la vergüenza, y el pulso totalmente alterado, latiendo con una fuerza desbocada en sus muñecas y en su garganta.
Miró la pantalla de su computadora , incapaz de sostenerle la mirada al magnate por más tiempo. En la esquina inferior derecha apareció una notificación parpadeante del sistema bancario interno de la empresa. El depósito de cuatro mil dólares ya figuraba allí como una transferencia completada y exitosa hacia su cuenta personal. El alivio que experimentó en el pecho fue inmediato, una sensación de ligereza que no había sentido en meses, pero la presión de la mirada fija de Max no desapareció del ambiente. El hombre seguía de pie, observándola con una intensidad que la desarmaba.
—Gracias, señor Sterling —le dijo Lisa. Su voz se escuchó un poco baja, fue un susurro que intentaba mantener la formalidad profesional a pesar del caos que sentía por dentro. Se acomodó el cuello de su blusa blanca con un movimiento rígido, un gesto automático para recuperar la compostura.
—No es un favor, Miller. Es un adelanto de sus servicios —respondió Max. En un segundo, su voz perdió toda la calidez y regresó a ese tono cortante y ajeno, volviendo a ser el jefe frío que ella tanto conocía. El hombre caminó con pasos largos hacia su despacho, permaneció allí dentro unos segundos y regresó hasta el cubículo con un fajo de carpetas pesadas, llenas de documentos impresos—. Ahora ordene estas facturas por orden de prioridad. Las auditorías del consorcio de transportes empiezan mañana a primera hora y no quiero un solo error en los registros.
Lisa asintió con la cabeza, sin atreverse a replicar. Tomó los papeles con las manos rígidas, sintiendo los dedos fríos debido a la tensión acumulada. Su timidez y los nervios constantes la hacían cometer errores absurdos cuando Max estaba cerca, una torpeza que odiaba pero que no podía controlar. En su afán por demostrar eficiencia y rapidez, intentó acomodar los documentos sobre la mesa, pero un movimiento en falso provocó que su bolígrafo favorito rodara por la madera y cayera al suelo.
Se agachó de prisa para recogerlo, con movimientos torpes, y al levantarse se golpeó la rodilla izquierda con el borde del escritorio. El ruido sordo del impacto resonó con fuerza en el pasillo de la oficina. Lisa sintió un dolor agudo, pero apretó los dientes para no emitir queja alguna. Maximilian alzó una ceja desde su lugar, evaluando su falta de gracia con una mezcla de ironía y paciencia. Sin embargo, esta vez no hizo ningún comentario sarcástico. Solo la observó en silencio mientras ella se acomodaba las gafas con un dedo nervioso, se sentaba de nuevo y regresaba a su postura habitual, con la espalda recta y la vista clavada en los papeles.
Pasaron las siguientes dos horas en silencio, denso, donde solo se escuchaba el tecleo de la computadora y el correr de las hojas de papel. El ambiente de la oficina era pesado, cargado de todo lo que se había dicho y lo que se había callado en esa tarde. Lisa ordenó los documentos uno a uno, cruzó los datos financieros con el sistema digital y revisó cada número de las cuentas de logística con un cuidado extremo. La presencia de Max en la habitación contigua la mantenía en un estado de alerta constante, con los sentidos despiertos. Podía escuchar perfectamente el sonido de las hojas cuando él las pasaba en su despacho y el roce suave de su silla de cuero cada vez que se movía.
A pesar del cansancio que ya le oprimía la espalda y de la rigidez de su cuello, Lisa no se quejó ni un solo segundo. El pensamiento de que su madre ya no tendría que suplicar en el hospital y de que su hermana Mía tendría su tratamiento médico garantizado era su único motor, la fuerza que la mantenía firme en esa silla.
A las seis de la tarde, el teléfono móvil de Lisa, que descansaba al lado del teclado, vibró con una insistencia que cortó la paz de la oficina. No era la vibración corta de un mensaje de texto. Era una llamada directa, continua. Al mirar la pantalla iluminada, el nombre del instituto donde su hermana Mía estudiaba la secundaria apareció en letras claras. Lisa sintió un vuelco horrible en el estómago. Un frío conocido le recorrió el cuerpo y el miedo sustituyó la calma que había conseguido minutos antes gracias al depósito bancario.
Max salió de su oficina en ese preciso instante, como si tuviera un radar para los cambios de energía en el lugar. Llevaba unos informes en la mano y se detuvo en seco cuando notó la expresión de pánico en el rostro de la joven, cuyas manos ya habían comenzado a temblar.
Lisa contestó la llamada con dedos torpes, casi dejando caer el aparato sobre el escritorio antes de lograr llevarlo a su oreja.
—¿Hola? ¿Habla la hermana de Mía Miller? —preguntó una voz de mujer desde el otro lado de la línea. Era una voz tensa, apurada, que Lisa identificó de inmediato como la de la secretaria de la dirección general del colegio.
—Sí, soy yo. Habla Lisa. ¿Pasó algo con mi hermana? —contestó ella. El labio inferior le tembló por la angustia y tuvo que apretar los dientes para que su interlocutora no notara el llanto que amenazaba con salir.
—Debe venir de inmediato, señorita Miller. Mía tuvo un problema muy serio, una alteración del orden dentro del plantel con otra estudiante. La situación escaló tanto que las autoridades escolares nos vimos en la obligación de llamar a la policía local.