¿Puede un corazón de hielo derretir una maldición de sangre?
Devil lo tenía todo: una belleza insultante, una estatura imponente de 1.87 m y unos ojos violetas que eran la perdición de cualquier mujer en la capital. Pero su arrogancia lo llevó a cruzar el jardín equivocado. Tras un desafortunado encuentro con una hechicera, el joven seductor despierta atrapado en el cuerpo de un gato negro. La condena es simple pero devastadora: no recuperará su humanidad hasta que alguien lo ame de verdad.
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capítulo 13
El Palacio de Ashford no era una construcción, era una declaración de guerra estética. Paredes de mármol negro veteado de oro, candelabros de cristal que goteaban luz como diamantes líquidos y un ejército de sirvientes con libreas que costaban más que la dote de una baronesa. Suseth Blackwood entró en el salón principal con la cabeza tan alta que su cuello de encaje parecía una guillotina de seda. A sus pies, caminando con una marcialidad que desafiaba su naturaleza felina, Devil avanzaba como una sombra viviente.
Devil llevaba un collar de terciopelo negro con un pequeño broche de amatista que Suseth le había obligado a portar. Se sentía ridículo, pero su mirada violeta escaneaba el lugar con la eficiencia de un depredador. Mimi se había quedado en casa bajo el cuidado de Rose, tras una despedida lacrimógena donde la gatita le había pedido que "no se dejara seducir por ninguna gata de palacio".
—Mantente cerca, Cosa —susurró Suseth sin mover los labios—. Y recuerda: si sacas las garras, que sea solo contra el orgullo de los demás, no contra las alfombras.
El Titán de Marfil
El murmullo de la multitud se extinguió como una vela bajo un soplido cuando el anfitrión hizo su aparición. El Duque de Ashford no bajó las escaleras; las reclamó. Era un hombre imponente, de una estatura que superaba el metro noventa, con una espalda tan ancha que parecía capaz de cargar con el peso de todo el reino. Su piel era de un blanco lunar, casi traslúcida, y su cabello, largo y lacio, caía como una cascada de nieve pura sobre sus hombros.
Pero lo que detuvo el corazón de Devil fueron sus ojos. Eran rojos. Del mismo tono carmesí profundo y peligroso que los de Suseth.
—Lady Blackwood —dijo el Duque, su voz era un barítono profundo que vibró en el pecho de Devil como el trueno antes de la tormenta—. Había olvidado que la belleza podía ser tan lúgubre.
Suseth no parpadeó. Sostuvo la mirada del gigante.
—Duque Ashford. Y yo había olvidado que la hospitalidad podía ser tan... intimidante.
El Duque esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una expresión afilada que cortaba más que cualquier insulto.
—La intimidación es solo el filtro que uso para apartar a los mediocres. Veo que usted ha pasado la primera capa.
Una Danza de Palabras Afiladas
Mientras los invitados comenzaban el vals, el Duque condujo a Suseth hacia un balcón privado que dominaba los jardines. Devil los siguió, deslizándose entre las sombras de las columnas, con el estómago revuelto. Ver a ese hombre —tan perfecto, tan imponente, tan... humano— cerca de Suseth le provocaba una acidez que ningún tazón de leche podría calmar.
—Me han dicho que compartimos una afición por el silencio, Lady Blackwood —dijo el Duque, apoyando sus manos enguantadas en la barandilla—. Y por los cónyuges que tienen la decencia de dejarnos solos antes de tiempo.
Suseth soltó una risa seca, casi un eco de la del Duque.
—La muerte es el único socio que nunca pide explicaciones, Excelencia. Mi marido dejó un vacío que solo la paz de mi mansión puede llenar.
—O que solo una mente igual de retorcida puede comprender —replicó él, girándose para mirarla de frente—. La gente aquí susurra sobre sus deudas, sobre el fraude de su linaje. Yo solo veo a una mujer que ha aprendido que el poder no se hereda, se arrebata a los que son demasiado débiles para sostenerlo.
Devil, escondido detrás de una maceta de helechos exóticos, observaba la escena con horror. Había una conexión eléctrica entre ellos. Se entendían. Hablaban el mismo idioma de cinismo y pérdida. Por primera vez, Devil no veía a Suseth como una maestra o una captora, sino como una mujer que podría encontrar en ese monstruo de cabello blanco a alguien que finalmente estuviera a su altura.
¡No lo permitiré!, pensó Devil, sus garras hincándose en la tierra de la maceta. Ese tipo es demasiado perfecto. Nadie es tan perfecto sin esconder un cadáver en el armario... o algo peor.
El Plan de la Ridiculez
Devil decidió que la diplomacia había terminado. Si Suseth se sentía atraída por la "perfección calculadora" del Duque, él se encargaría de que esa perfección se hiciera añicos frente a toda la aristocracia.
El Duque tenía una copa de cristal con un vino tan oscuro como la sangre sobre una pequeña mesa auxiliar. Devil se movió con la cautela de un fantasma. Su plan era simple: un salto preciso, un empujón a la mesa y el vino terminaría decorando el inmaculado traje blanco del Duque, justo en la entrepierna. Nada mata más rápido el romance que parecer que te has orinado en un baile real.
Pero justo cuando Devil se preparaba para saltar, el Duque se movió. Sin mirar atrás, extendió una mano y, con una rapidez sobrenatural, tomó su copa justo un segundo antes de que Devil impactara contra la mesa.
Devil terminó chocando contra la madera, rodando de forma patética y quedando panza arriba frente a las botas del Duque.
—Vaya —dijo el Duque, bajando la vista con una frialdad absoluta—. Parece que su "accesorio" tiene problemas de equilibrio, Lady Blackwood. ¿O es que los gatos de su región tienen la costumbre de intentar asaltar a la nobleza?
Suseth miró a Devil con una mezcla de decepción y advertencia.
—Es un animal... temperamental, Excelencia. No está acostumbrado a tanta luz.
—O tal vez —dijo el Duque, inclinándose hasta que su rostro estuvo a centímetros del de Devil—, es que este gato tiene pretensiones que no corresponden a su especie.
El Duque extendió un dedo y presionó suavemente la nariz de Devil. El contacto fue frío, casi gélido. Devil siseó, pero sintió un escalofrío: por un momento, juró que en esos ojos rojos vio un destello de reconocimiento. No de un gato, sino de la maldición que cargaba.
La Segunda Ofensiva
Devil no se dio por vencido. Si el vino no había funcionado, usaría la arquitectura. El Duque estaba de pie bajo un pesado candelabro de pared que sostenía velas de cera de abeja caliente. Devil subió por las cortinas de terciopelo con la agilidad de un demonio, llegando a la parte superior del candelabro.
Solo tenía que empujar una de las velas para que la cera cayera sobre el cabello blanco del Duque, pegoteándolo y arruinando su imagen de "dios de la nieve".
Justo cuando su pata estaba por golpear la vela, el Duque soltó una carcajada profunda, haciendo que Suseth también sonriera. El Duque se movió un paso a la derecha para ofrecerle el brazo a Suseth, alejándose justo en el momento en que Devil lanzaba la vela.
La cera cayó, sí. Pero no sobre el Duque. Cayó directamente sobre el zapato de satén de la Baronesa de Valois, una mujer conocida por tener el pulmón más potente del reino.
—¡¡¡MI VESTIDO!!! ¡¡¡UN MONSTRUO ME HA ATACADO DESDE EL TECHO!!! —el grito de la Baronesa detuvo la música.
La Humillación del Gato
Suseth cerró los ojos, exhalando un suspiro que prometía tormentas de azufre para Devil. El Duque, en cambio, miró hacia arriba y vio a Devil colgado de la lámpara como un murciélago malhumorado.
—Lady Blackwood, su mascota parece decidida a amenizar la velada con acrobacias desastrosas —dijo el Duque, y por primera vez, su voz tenía un rastro de auténtica diversión—. Es fascinante. Un animal tan pequeño con una sed de caos tan grande. Casi me recuerda a alguien que conocí hace años... un joven arrogante que creía que el mundo era su patio de juegos antes de desaparecer.
El corazón de Devil se detuvo. ¿Él sabía? ¿Conocía su pasado humano?
Suseth se acercó al candelabro y, con una autoridad que no admitía réplicas, tomó a Devil por el pescuezo, bajándolo de un tirón.
—Mil disculpas, Excelencia —dijo Suseth, aunque sus ojos rojos echaban chispas de furia hacia Devil—. Mi gato ha tenido una noche larga. Creo que es momento de que se retire a los establos.
—No sea tan dura, Suseth —dijo el Duque, usando su nombre de pila por primera vez, lo que hizo que Devil soltara un gruñido ahogado—. Un ser con tanto fuego dentro merece ser observado, no encerrado. Aunque debo admitir que, si fuera mío, ya habría aprendido que en mi palacio, solo hay espacio para un depredador.
El Duque se inclinó hacia Suseth y le susurró algo al oído que Devil no pudo captar, pero vio cómo el cuello de ella se encendía de un rojo suave. Fue el golpe final. Devil fue arrastrado fuera del salón por un sirviente, bajo las risas discretas de la nobleza y la mirada triunfante del hombre de cabello blanco.
Esa noche, encerrado en una jaula de mimbre en el carruaje, Devil hirvió de rabia. No solo había fallado en ridiculizar al Duque, sino que se había dado cuenta de que el Duque de Ashford no era solo un rival por el afecto de Suseth. Era un espejo de lo que él podría haber sido si hubiera tenido un ápice de esa frialdad inteligente. Y lo peor de todo: el Duque parecía saber exactamente qué era lo que se escondía bajo el pelaje negro, y parecía estar disfrutando del juego de ver a un "león" convertido en "bufón".
La forma en que transmites las emociones del personaje son tan reales y el crecimiento emocional que vemos en ellos WOW ¡¡Es fascinante!! La estructura de los acontecimiento, el orden con el que se desarrollan
...espero, deseo y agradezco que sigas compartiendo con nosotras historias tan magnificas como estas....🥰🤩😍