Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 12
Capítulo 12: Reconciliación.
Llego a casa cansada después de todo lo que había pasado. El parque todavía me da vueltas en la cabeza. No fue un día terrible, pero tampoco fue bueno. Las palabras siguen ahí. La discusión. La mirada de Ryan. No quiero pensar en eso. Solo quiero descansar.
En la entrada hay una nota.
Es de mi papá.
"Hoy no vamos a poder regresar. Trabajo. Tu mamá está ocupada."
La letra se ve apresurada.
Y falsa.
Sé que es mentira, pero ya no me sorprende. Da igual.
Subo a mi habitación y cuando abro la puerta... me detengo.
Todo está desordenado.
No un desorden pequeño.
Cajones abiertos. Ropa en el suelo.
Cosas fuera de lugar. No parece un robo.
Más bien como si alguien hubiera estado buscando algo.
Frunzo el ceño.
-Qué mierda...
Me acerco.
Reviso los cajones.
No falta dinero. Ni cosas importantes.
Solo está desordenado.
Como si alguien hubiera entrado sin cuidado.
Siento un nudo en el estómago. No me gusta esto. No entiendo por qué estaría así. Quizá mis padres buscaron algo.
Quizá fue un error. No lo sé.
Pero me siento incómoda. Empiezo a ordenar un poco.
No todo. Solo lo necesario.
Recojo algunas cosas. Las pongo en su lugar. No es un gran trabajo.
Pero me distrae.
A veces ordenar cosas ayuda a ordenar la cabeza.
Después de un rato, decido tirar algunas cosas. Ropa vieja.
Papeles.
Cosas que ya no necesito.
Tomo las bolsas y salgo.
Los contenedores están cerca.
El aire es más frío afuera. La noche está cayendo y cuando llego... lo veo.
Ryan.
Está ahí.
Cerca de los contenedores. Haciendo lo mismo. Tirando cosas.
No me mira.
No dice nada.
Como si no existiera.
La molestia vuelve.
Pequeña, pero presente.
No por verlo. Sino por la indiferencia.
Después del parque.
Después de todo.
No debería involucrarme, pero las palabras salen antes de pensarlo.
-Puedes dejar de ser tan idiota.
Mi voz suena más fuerte de lo que esperaba.
Él no reacciona. Ni siquiera me mira.
Como si no hubiera hablado.
Eso me enciende.
-¡Te estoy hablando!
Nada.
Ni un movimiento. Ni un gesto.
Solo sigue con lo suyo.
La rabia crece.
No grande. Pero suficiente.
-Lo siento, ¿ok?
-Sé que me porté como una tonta y que no debería haberle gritado a esa chica. Tu novia o lo que sea.
-Oye, sabes... ya tengo una vida de mierda y lo último que quiero es llevarme mal con los vecinos.
Espero.
Ryan sigue sin mirarme. No responde.
Ni un gesto. Nada.
La molestia vuelve, pequeña.
-No importa.
Su voz es fría.
Como si mis palabras no significaran nada.
-Me da igual.
Eso me pica. No debería.
Pero lo hace.
-Es mentira.
Él levanta la vista apenas.
-No lo es.
-Sí lo es.
Me cruzo de brazos.
-No te da igual.
Silencio.
El aire se siente pesado.
Los contenedores alrededor parecen más grandes.
Más vacíos.
-Escuché lo que dijiste en el parque.
Lo digo sin rodeos.
No voy a fingir que no pasó.
-Me odias.
Hago una pausa.
-Dijiste que era una niña egocéntrica.
Ryan aprieta la mandíbula.
No responde.
-Así que no vengas ahora con que te da igual.
Las palabras salen más firmes.
-Porque sí te importa.
Él frunce el ceño.
-No es asunto tuyo.
Eso me enciende. No grande.
Pero suficiente.
-Claro que es asunto mío.
Señalo los contenedores.
-Vivo al lado.
Otra pausa.
-Quiero llevarme bien con los vecinos.
No quiero guerra. No quiero incomodidad. Solo paz.
Ryan suspira.
-No estoy siendo un idiota. Solo que no soporto que una niñita como tú se porte de esa manera y más con la persona que quiero. No puedes herirla.
-A ella no.
Lo dice molesto y sincero.
-Claro, entiendo.
Las palabras caen secas.
-Ella me importa demasiado.
Eso me deja sin aire por un segundo.
No por la frase.
Sino por la forma.
-No te pedí que me contaras tu vida.
-Solo que no me trates como si fuera un problema.
Ryan levanta una ceja.
-No eres mi problema.
Bien.
Eso no suena tan mal. Pero tampoco es amable.
-Entonces no actúes como si lo fuera.
Él se cruza de brazos.
-No lo hago.
-Sí lo haces.
Suspiro y sonrío
-No soy perfecta.
Lo admito.
-Reaccioné mal.
Otra pausa.
-Pero tampoco soy mala.
-Si quieres estar enojado, está bien.
Lo digo más calmada.
-Pero no me trates como basura.
Ryan suspira. Esta vez diferente.
No tan cargado.
-No lo hago.
Las palabras son cortas.
Pero no hostiles. Eso es algo.
-Bien.
Asiento.
-Entonces no digas que te da igual cuando no es verdad.
Él me mira.
-Me da igual la discusión.
Eso me sorprende.
-No me da igual lo que pienses.
Parpadeo.
No esperaba eso.
No sé cómo responder.
-Ah.
Es lo único que sale.
Ryan desvía la mirada.
-Pero no soy tan estúpido como para pelear con una niña.
Lo dice con firmeza.
-Tengo dieciséis, ¿y tú?
El me miro como si le diera igual.
-Veintiuno
Me comencé a reír como loca. Ya que por un momento pensé que la diferencia sería más grande.
No lo pensé. Solo lo solté
-Creí que eras más viejo.
El me miró algo ofendido.
-Más respeto, niña.
Solo sonreí
Y por ahora está bien.
Me encojo de hombros.
-Entonces problema resuelto
-¿Amigos?
Él no responde.
-No creo que puedas ser tan grosero con una niña, ¿o sí?
Suspira y hace una mueca
-No me caes tan mal, Mireya.