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Soy Tu Verdugo, Adrián.

Soy Tu Verdugo, Adrián.

Status: En proceso
Genre:Juego del gato y el ratón
Popularitas:931
Nilai: 5
nombre de autor: Giulian Hoks

Una coreografía letal de obsesión y traición donde el deseo se convierte en el arma más afilada de una venganza que busca destruir la corona del verdugo y la inocencia de la víctima.

NovelToon tiene autorización de Giulian Hoks para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 13: El eco de la última máscara

​El Palacio de Justicia se alzaba como un templo de mármol blanco, iluminado por potentes focos que cortaban la noche de la capital. Era la noche de la Gala Anual de la Magistratura, el evento donde el poder político y el judicial se daban la mano bajo el brillo de las copas de cristal. Fuera, la alfombra roja recibía a lo más selecto de la élite; dentro, Beatriz de la Vega se preparaba para reclamar su trono.

​A tres calles de distancia, en el interior de una furgoneta negra llena de monitores, el aire estaba cargado de una tensión eléctrica.

​—Estás entrando en la boca del lobo, Adrián —dijo Mateo, ajustándole la corbata a su pareja. Sus manos temblaban ligeramente, un detalle que no pasó desapercibido—. Si Beatriz te ve antes de que llegues al podio, sus hombres no dudarán en sacarte de allí por la fuerza. O algo peor.

​Adrián lucía el mismo traje que llevaba en la noche de graduación, pero el chico que lo habitaba era un extraño. Sus ojos ya no buscaban la aprobación de nadie; solo buscaban la verdad.

​—He pasado toda mi vida siendo el escudo de mi padre y el peón de mi madre —respondió Adrián, tomando las manos de Mateo—. Esta noche, voy a ser el hombre que tú creaste. El hombre que ya no tiene miedo de su propio nombre.

​La infiltración: El baile de los invisibles

​Javier, desde el asiento del conductor, les dio la señal.

​—Los sistemas de seguridad del ala norte están bajo el control de Mateo. Tienes tres minutos de "punto ciego" en las cámaras. Adrián, entra por el muelle de carga de la prensa. Mateo, tú te quedas conmigo para la cobertura técnica.

​Mateo asintió, aunque le dolía dejar que Adrián fuera solo. Se despidieron con un beso que sabía a despedida y a promesa al mismo tiempo. Un beso que condensaba todo el Volumen 1 y la lucha del Volumen 2.

​—Te veré en las pantallas, arquitecto —susurró Adrián antes de desaparecer en la oscuridad del callejón.

​Mateo se colocó los auriculares y sus dedos empezaron a volar sobre el teclado.

​—Iniciando fase de infiltración —dijo Mateo—. Adrián, estás dentro. Cámaras 12 a la 24 en bucle. Javier, asegúrate de que la señal de transmisión de emergencia esté lista. Vamos a secuestrar la señal nacional.

​El centro del huracán

​El Gran Salón del Palacio de Justicia estaba repleto. Beatriz de la Vega, vestida con un traje de seda color esmeralda que recordaba a una serpiente, se movía entre ministros y jueces con la gracia de un depredador. Estaba a punto de subir al estrado para anunciar la "donación" millonaria de la constructora a los fondos de justicia, un soborno institucionalizado que sellaría su impunidad.

​—Damas y caballeros —la voz de Beatriz resonó por los altavoces—. Mi familia ha pasado por tiempos oscuros, pero hoy...

​—Hoy la oscuridad termina —una voz profunda y firme interrumpió desde el fondo del salón.

​El murmullo de los invitados se detuvo en seco. Las cámaras de los periodistas giraron al unísono. Adrián de la Vega caminaba por el pasillo central, abriéndose paso entre los comensales. Su presencia era un terremoto.

​Beatriz se tensó, sus nudillos apretando el borde del podio hasta ponerse blancos.

​—Adrián... —susurró ella, tratando de mantener la máscara de madre preocupada—. Hijo, no estás bien. La clínica me avisó que tuviste un episodio de confusión...

​—La única confusión aquí, madre, es creer que el silencio se puede comprar para siempre —dijo Adrián, llegando a la base del estrado.

​El secuestro de la verdad

​En la furgoneta, Mateo vio el momento exacto.

​—¡Ahora, Javier! —gritó Mateo.

​Con un golpe de tecla, Mateo inyectó el "Archivo Cero" en el servidor central del Palacio. De repente, las pantallas gigantes que mostraban el escudo de la justicia se apagaron. Un segundo después, empezaron a reproducirse los videos del accidente de Donato, las grabaciones de Beatriz sobornando a los peritos y, lo más letal, la lista de nombres de los jueces presentes que habían recibido pagos de la familia.

​El salón estalló en caos. Gritos, flashes de cámaras y el sonido de sillas cayendo.

​—¡Apaguen eso! —gritó Beatriz, perdiendo el control—. ¡Es un montaje! ¡Es una manipulación de ese hacker!

​Adrián subió al estrado y se colocó frente al micrófono. No miró a la audiencia, miró directamente a la cámara 4, la que sabía que Mateo estaba monitoreando.

​—No soy una víctima —dijo Adrián para que todo el país lo oyera—. Soy un cómplice que ha decidido dejar de serlo. Mi nombre es Adrián de la Vega, y hoy entrego la prueba final que destruirá el imperio de mi familia y a todos los que se alimentaron de él.

​Sostuvo en alto el disco duro rojo. El "Archivo Cero".

​El sacrificio y la redención

​Beatriz, viendo que su mundo se evaporaba, hizo una señal desesperada a sus hombres infiltrados entre el servicio. Un camarero sacó un arma, apuntando directamente a la cabeza de Adrián.

​¡CRACK!

​El sonido de un disparo rompió el aire del salón, pero no vino del camarero. Javier, desde una posición elevada en los balcones, había neutralizado al atacante con una precisión quirúrgica.

​—¡Policía Federal! ¡Nadie se mueva! —gritó Javier, mientras un equipo táctico irrumpía por las puertas principales.

​Mateo, viendo la escena por el monitor, sintió que el aire volvía a sus pulmones. Pero la batalla no había terminado. Beatriz intentó abalanzarse sobre el disco duro, forcejeando con su hijo en un último acto de locura.

​—¡Me lo debes todo! —chillaba ella—. ¡Te di una vida de oro!

​—Me diste una jaula, mamá —respondió Adrián, soltando el disco en las manos del Fiscal General que acababa de subir al podio bajo la protección de la policía—. Ahora, finalmente soy libre.

​El epílogo de las sombras

​Seis meses después de la "Noche de la Verdad".

​La capital seguía recuperándose del terremoto político. Beatriz y Donato compartían destinos en prisiones separadas, y la constructora De la Vega había dejado de existir, sus activos liquidados para compensar a las víctimas de sus décadas de corrupción.

​En una pequeña cabaña en las montañas, lejos de cualquier puerto o ciudad, Mateo estaba terminando de empacar. No huían, simplemente se mudaban. A plena luz del día.

​Adrián entró en la habitación con dos tazas de café. Su rostro tenía una cicatriz tenue cerca de la ceja, un recuerdo de la gala, pero su mirada era de una paz absoluta.

​—¿Listo para irnos? —preguntó Adrián.

​Mateo cerró su computadora. Esta vez, de verdad. No había archivos ocultos, ni virus troyanos, ni secretos de respaldo. Había entregado todo.

​—Casi —dijo Mateo, acercándose a él—. Todavía me pregunto si valió la pena. Perdiste tu herencia, tu apellido, tu estatus...

​Adrián dejó las tazas en la mesa y rodeó a Mateo con sus brazos. El romance que había empezado con una humillación y una venganza se había transformado en algo que los cínicos dirían que es imposible: una verdad compartida.

​—Perdí todo lo que me hacía ser un De la Vega —dijo Adrián, besando la frente de Mateo—. Pero por primera vez en mi vida, sé exactamente quién es el hombre que me mira desde el espejo. Y ese hombre está locamente enamorado del arquitecto que lo salvó de sí mismo.

​Salieron de la casa de la mano. El sol de la mañana iluminaba el camino. El suspenso se había desvanecido, dejando paso a una calma que no era el final de una historia, sino el prólogo de una vida real.

​Mateo miró hacia atrás una última vez. Ya no veía máscaras, ni espejos rotos, ni sombras. Solo veía el horizonte.

​—¿A dónde vamos ahora? —preguntó Mateo.

​—A donde el guion ya no lo escriba nadie más que nosotros —respondió Adrián.

​Y mientras el auto se alejaba por la carretera de montaña, la novela que había comenzado con un suspiro de deseo en un gimnasio escolar terminaba con un silencio de libertad absoluta.

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