una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 12: El abismo de la medianoche
La oficina estaba sumergida en una penumbra azulada, interrumpida solo por el parpadeo lejano de los rascacielos vecinos. El silencio era tan denso que Elizabeth podía escuchar el latido de su propio corazón, un tamborileo errático que parecía querer escapar de su pecho. Maximiliano estaba frente a ella, y el aire entre ambos se había vuelto un conductor de electricidad estática.
—No debería estar aquí —susurró Elizabeth, aunque sus pies no obedecieron la orden de huir.
Él no respondió con palabras. Dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que el calor de su cuerpo envolvió el de ella. Maximiliano extendió la mano y, con una lentitud tortuosa, acarició el contorno de su mandíbula. Sus dedos, callosos y firmes, temblaban levemente. Fue ese temblor el que terminó de romper la resistencia de Elizabeth; ver al hombre implacable desmoronarse por ella fue el golpe final.
Maximiliano la tomó por la cintura y la elevó con una urgencia desesperada, sentándola sobre el escritorio de caoba de ella. Los papeles del informe de "humanización" volaron al suelo, esparciéndose como hojas secas en una tormenta, pero a ninguno le importó. El frío del escritorio contrastaba con el fuego que emanaba de él.
El primer beso fue una colisión. No hubo la delicadeza de los días anteriores, sino una necesidad voraz de poseer y ser poseído. Sus lenguas se encontraron en una danza de reconocimiento y hambre. Maximiliano hundió sus manos en el cabello de Elizabeth, deshaciendo su moño perfecto, dejando que las hebras oscuras cayeran sobre sus hombros como un velo.
—Elizabeth... —murmuró él contra sus labios, un susurro que sonaba a oración y a condena.
Él comenzó a bajar sus besos por la línea de su cuello, dejando un rastro de fuego en cada centímetro de piel. Elizabeth echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido que se perdió en la inmensidad del piso 42. Sus manos buscaron desesperadamente la espalda de él, aferrándose a la tela de su camisa, arrugando la perfección que Maximiliano siempre ostentaba.
Con una destreza nacida del deseo acumulado, Maximiliano comenzó a desabotonar la blusa de ella. Cada botón que cedía era un muro que caía. Cuando su piel quedó expuesta al aire acondicionado de la oficina, Elizabeth se estremeció, pero pronto el calor de las manos de él la reclamó. Él la acarició con una devoción casi religiosa, recorriendo sus curvas como si estuviera memorizando un mapa prohibido. Sus dedos trazaron el camino desde su clavícula hasta la curva de su cintura, deteniéndose para sentir la vibración de su respiración agitada.
Elizabeth, por su parte, despojó a Maximiliano de su corbata y desabotonó su camisa con dedos torpes por la urgencia. Necesitaba sentir su piel contra la suya, necesitaba borrar la imagen del empresario y encontrar al hombre que gritaba por libertad. Cuando sus pechos chocaron contra el torso firme de él, un suspiro de alivio y deseo escapó de ambos. La conexión era tan física como espiritual; era el hambre de dos almas que habían pasado años muriendo de frío.
Sobre el escritorio, rodeados de carpetas y plumas de marca, el mundo exterior desapareció. No existía la casa que Adam planeaba, ni el horario de sueño de Valeria, ni la fría eficiencia de Solangel. Solo existía el roce de sus muslos, la presión de sus cuerpos y el sonido de sus alientos mezclándose en la oscuridad.
Maximiliano la besó de nuevo, esta vez con una ternura dolorosa, mientras sus manos se perdían bajo la falda de ella. Cada caricia era más audaz que la anterior, más íntima, más irrevocable. Elizabeth se aferró a sus hombros, clavando sus uñas en su piel, sintiendo que el abismo la reclamaba y que ella se lanzaba a él con los ojos abiertos.
Se entregaron en cuerpo y alma, en un acto que fue tanto un incendio como una purificación. En ese escritorio, donde horas antes hablaban de logística y marketing, ahora se escribía la historia de su ruina. Fue una entrega total, sin reservas, donde el tiempo se detuvo para permitirles ser, por una única noche, lo que el destino les tenía prohibido.
Él la despojó de la última barrera de tela con una urgencia que no admitía demoras. Al sentir el contacto total de su piel contra la de él, Elizabeth soltó un suspiro entrecortado, enredando sus piernas alrededor de la cintura de Maximiliano para atraerlo hacia el epicentro de su propia tormenta. La frialdad del escritorio bajo su espalda solo servía para resaltar el calor abrasador que emanaba de él.
Maximiliano se hundió en ella con un gemido sordo, una unión que se sintió como el encaje perfecto de dos piezas rotas. Fue un movimiento firme, cargado de toda la frustración y el deseo contenido durante meses de miradas robadas y roces eléctricos. Elizabeth arqueó la espalda, buscando su boca en un beso desesperado que sabía a rendición. Sus manos se aferraron a los hombros de Maximiliano, clavando las uñas en su piel mientras el ritmo entre ambos comenzaba a dictar su propia gramática de fuego.
Cada caricia de él era una reclamación; sus manos bajaban por sus caderas, sujetándola con fuerza, mientras sus labios buscaban el arco de su cuello y el nacimiento de sus pechos. Elizabeth respondía con una voracidad igual, guiada por la sensación de que ese momento era lo único real en una vida de sombras. El sonido de sus respiraciones agitadas y el roce de sus cuerpos sobre la madera pulida se convirtieron en la única música de la noche.
El placer llegó como una marea alta, una ola que los arrastró lejos de la culpa y de los nombres de Valeria, Adam o Solangel. En ese clímax compartido, Maximiliano se aferró a ella como si fuera su único ancla en un naufragio, y Elizabeth se perdió en la intensidad de un hombre que, por fin, se permitía dejar de ser de hielo para ser ceniza.
Cuando el eco del estallido se disipó, solo quedó el sonido de la lluvia contra el cristal y el latido desbocado de dos corazones que ya no sabían cómo latir por separado. Maximiliano permaneció sobre ella unos segundos más, escondiendo el rostro en su cuello, respirando el aroma a jazmín y a la entrega absoluta que acababa de ocurrir.
Cuando finalmente el silencio regresó, solo interrumpido por sus respiraciones entrecortadas, Elizabeth se quedó abrazada a él, con el rostro escondido en su cuello. Las lágrimas que no había llorado en toda la semana finalmente brotaron, mojando la piel de Maximiliano.
Él la estrechó con fuerza, sabiendo que este momento de paz era solo el ojo del huracán. La amaba. La amaba con una intensidad que lo aterraba, porque sabía que ese amor era la mecha que terminaría por hacer saltar por los aires todo lo que él juró proteger.