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367 Días Con Invierno

367 Días Con Invierno

Status: En proceso
Genre:Amor en la guerra / Batalla por el trono / Mundo mágico / Viaje a un mundo de fantasía / Romance / Romance paranormal
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

En el antiguo continente de Aethelgard, las estaciones no son ciclos naturales, sino deidades malditas que caminan sobre la tierra. Caelum, el Señor del Invierno, ha sumido al Reino del Sol en una era de hielo perpetuo debido a una antigua traición. La única forma de apaciguar su furia y evitar que la humanidad muera de frío es el "Pacto del Bisiesto": entregarle a una mortal nacida bajo la luz del solsticio para que viva con él en su Fortaleza de Escarcha durante exactamente 367 días. Si ella sobrevive sin perder la cordura o el corazón, la primavera regresará.

NovelToon tiene autorización de Gabrielcandelario para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 16

Narrado por: Caelum

—Atrás, Aura.

No me giré para mirarla. Mantuve los ojos fijos en la marea verde y bronce que se extendía cincuenta metros por delante de nosotros en la nieve virgen. La niebla se había retirado, formando un anfiteatro circular a nuestro alrededor, contenido por la pura presión mágica que emanaba del ejército de la Primavera.

—No voy a dejarte solo contra cincuenta mil espadas —la voz de Aura sonó a mis espaldas, tensa. El calor de su espada, Deshielo, irradiaba contra mi nuca, derritiendo la escarcha de mi cuello.

—No te enfrentas a cincuenta mil. Te enfrentas a uno —materialicé una lanza de hielo negro en mi mano derecha, de tres metros de largo, gruesa como el tronco de un abedul—. Tu fuego es la batería del muro. Si mueres, la Fortaleza cae. Si la Fortaleza cae, el Ámbar se pudre. Retrocede a la línea de rocas calcinadas. Usa esa espada para proteger tu propio cuello. No intervengas.

Aura no se movió.

—Dije que retrocedas —gruñí, bajando la lanza hasta que la punta rozó el suelo de hielo.

Escuché el crujido de sus botas retrocediendo a regañadientes, deteniéndose a diez pasos de distancia. El calor en mi nuca disminuyó.

Frente a mí, el Príncipe de la Primavera desmontó.

La bestia de madera retorcida sobre la que cabalgaba soltó un gruñido gutural, exhalando humo con olor a polen podrido. Elian aterrizó sobre la nieve con un ruido metálico sordo. Llevaba una armadura de placas doradas y verdes, sin yelmo. Su cabello oscuro ondeaba al viento, y su rostro, idéntico al que yo tenía antes de la maldición, estaba contorsionado en una sonrisa arrogante.

En su mano derecha descansaba la Espada Verde. La hoja que había matado a la Diosa del Verano. La hoja que me había condenado.

Elian levantó la mano izquierda, cerrando el puño.

El sonido de los miles de tambores de guerra cesó de golpe. El silencio cayó sobre el valle como una losa de plomo, roto solo por el silbido del viento y la respiración pesada de las bestias de asedio en la retaguardia de su ejército.

—¡Mantened la línea! —bramó Elian, su voz resonando en las laderas de las montañas invisibles—. ¡El Dios del Invierno es mío!

El Príncipe avanzó solo. Sus botas derretían la nieve a cada paso, dejando huellas de hierba quemada. Caminó hasta detenerse a quince pasos de mí.

—Mil años, Caelum —dijo Elian. Sus ojos, del mismo marrón cálido que los míos alguna vez fueron, me escrutaron de arriba abajo—. Mil años congelado en este páramo miserable. Tu piel parece mármol muerto. Tu voz suena a engranajes oxidados. ¿Valió la pena el sacrificio, hermano mayor?

—El norte sigue en pie —respondí, mi voz cortando el aire helado—. Y las bestias primigenias siguen encerradas bajo el hielo. El Pacto se cumplió.

Elian soltó una carcajada seca, un sonido áspero que carecía de cualquier alegría.

—El Pacto fue una mentira de los Primeros Reyes. Y tú fuiste su perro ejecutor más obediente.

Elian levantó la Espada Verde y cargó.

Su velocidad no era humana. La magia del verano impulsó sus músculos, convirtiéndolo en un borrón dorado y esmeralda. Recorrió los quince pasos en un parpadeo, alzando la espada en un arco descendente directo a mi cráneo.

No retrocedí. Levanté el asta de mi lanza de obsidiana en horizontal.

El impacto generó una onda de choque expansiva.

La nieve a nuestro alrededor salió despedida en un anillo perfecto de veinte metros de diámetro, dejando el hielo negro de la roca madre al descubierto. El sonido del metal mágico chocando contra el Cero Absoluto fue como el estallido de un rayo cayendo a un metro de distancia.

Mis rodillas cedieron medio centímetro bajo el peso del golpe. La Espada Verde siseó, intentando fundir el asta de mi lanza.

—Estás lento, hermano —susurró Elian, su rostro a centímetros del mío, sus ojos brillando con una locura febril—. El letargo te ha atrofiado.

—Y a ti el sol te ha podrido el cerebro —repliqué.

Giré la muñeca, desviando la hoja de Elian hacia la izquierda. Con la misma inercia, levanté la rodilla derecha y le asesté un golpe brutal en el abdomen. La armadura dorada crujió. Elian salió despedido hacia atrás, derrapando sobre el hielo negro y dejando un rastro de chispas verdes.

Antes de que pudiera recuperar el equilibrio, lancé la lanza de tres metros directamente hacia su pecho.

Elian giró sobre sí mismo, golpeando la lanza en el aire con el reverso de su espada. El proyectil de hielo se partió en dos, cayendo inofensivamente a los lados.

—¡Raíces de ceniza! —gritó el Príncipe, clavando la punta de su espada en el hielo desnudo.

Una grieta verde incandescente se abrió paso desde su hoja, zigzagueando por el suelo directamente hacia mí.

Me impulsé hacia arriba, saltando cinco metros en el aire justo cuando la grieta estalló bajo mis pies. Del hielo destrozado emergieron docenas de lianas espinosas del grosor de un brazo humano, envueltas en fuego esmeralda, buscando atrapar mis piernas.

Invoqué dagas de escarcha en ambas manos mientras caía. Giré en el aire, cortando las lianas en un frenesí de tajos rápidos. La savia hirviente salpicó mi túnica negra, quemando la tela y dejando marcas abrasadoras en mi piel pálida, pero el hielo la apagó al instante.

Aterricé pesadamente, aplastando los restos de las lianas bajo mis botas.

Elian ya estaba sobre mí.

Lanzó una estocada horizontal dirigida a mi garganta. Me eché hacia atrás, sintiendo el calor corrosivo de la Espada Verde rozar mi barbilla. Contraataqué con un golpe cruzado de mi daga izquierda hacia sus costillas.

Elian bloqueó el golpe con su brazalete dorado. La daga de hielo se hizo añicos.

Aprovechando mi brazo extendido, el Príncipe agarró mi muñeca con su mano libre. El calor de su agarre atravesó mi barrera mágica, quemando la piel y haciendo hervir mi sangre negra.

—Crees que marcho por una corona, Caelum —gruñó Elian, apretando mi muñeca hasta que escuché el crujido de mis propios huesos—. Crees que traje a cincuenta mil hombres para reclamar el trono helado de un continente muerto.

Le conecté un cabezazo directo en la nariz.

Elian trastabilló, soltando mi muñeca. Un hilo de sangre roja y brillante brotó de su nariz, manchando sus labios.

No le di tregua. Materialicé un mandoble de hielo macizo y descargué un tajo vertical con todas mis fuerzas.

Elian levantó la Espada Verde a duras penas. Las armas volvieron a chocar. Esta vez, el hielo no cedió; la fuerza de mi impacto lo obligó a clavar una rodilla en el suelo. La onda expansiva agrietó la roca madre bajo nosotros.

—Marchas porque siempre fuiste un niño codicioso —dije, presionando el mandoble hacia abajo, forzándolo a doblar la espalda—. Querías la magia del Sur, y yo te la di. Te di un imperio, Elian. Te lo di todo.

Elian levantó la vista. Su rostro estaba bañado en sudor y sangre, pero no había derrota en sus ojos. Había un dolor antiguo, enconado y venenoso.

—¡No quería un imperio! —rugió, su voz perdiendo la compostura real, quebrándose en un alarido de agonía—. ¡No quería la maldita corona de la Primavera!

El Príncipe de la Primavera liberó una explosión de calor desde su centro. Una llamarada circular verde nos envolvió a ambos. El hielo de mi mandoble se evaporó en mis manos en menos de un segundo. La onda térmica me golpeó en el pecho como un ariete de asedio, lanzándome diez metros por los aires.

Rodé por el hielo chamuscado, mi túnica en llamas. Apagué el fuego rodando sobre la escarcha y me puse de pie a duras penas, tosiendo sangre negra. El calor me estaba asfixiando. La atmósfera del valle se había convertido en un horno de vapor.

Elian se puso de pie, limpiándose la sangre de la cara con el dorso de su guantelete. Apuntó su espada hacia mí. La hoja brillaba con una intensidad insoportable.

—Yo la amaba, Caelum —dijo Elian, su voz bajando a un susurro que la magia transportó hasta mis oídos—. Amaba a la Diosa del Verano. Ella no me iba a usar como una batería. Me iba a dar la eternidad a su lado. Íbamos a gobernar el norte juntos. El Ámbar era un regalo para los dos.

Me quedé quieto, la respiración agitada, asimilando la revelación. Las piezas del rompecabezas de hace mil años comenzaron a encajar de una manera retorcida y asquerosa.

—Los reyes me dijeron que el Ámbar estaba corrompiéndote —dije, materializando dos espadas cortas de hielo en mis manos—. Que ella te había parasitado. Que te consumiría si no la separaba de ti.

—¡Los reyes querían el control! —gritó Elian, dando un paso rápido hacia mí—. ¡Y te usaron a ti, el hermano leal, el general perfecto, el idiota sin voluntad! Entraste en ese valle y le atravesaste el corazón con esa estrella caída.

Elian golpeó el filo de su Espada Verde con su mano desnuda. La sangre humana corrió por la hoja mágica, siseando.

—La mataste frente a mí —continuó, avanzando implacablemente, sus pasos derritiendo el hielo profundo—. Y cuando ella murió, mi alma se partió por la mitad. Me diste su Ámbar en una caja de bronce, me coronaste Rey del Sur y me exiliaste. Creíste que me salvabas, hermano. Pero me condenaste a vivir mil años sintiendo su fantasma quemándome desde adentro.

El Príncipe cargó de nuevo.

Esta vez, no hubo técnica. Fueron ataques de pura rabia ciega. Una tormenta de cortes dorados y esmeraldas que me obligaron a retroceder paso a paso. Bloqueé un tajo hacia mi cuello, desvié una estocada a mi vientre, esquivé un arco que buscaba decapitarme. Mis espadas de hielo se partían y se regeneraban en fracciones de segundo, alimentadas por la poca energía que me quedaba.

—Y ahora... —jadeó Elian entre golpe y golpe—. Encuentro a la portadora... a la humana...

Elian giró sobre su talón izquierdo y lanzó una patada giratoria envuelta en fuego que me golpeó de lleno en el costado. El impacto rompió tres de mis costillas congeladas. Caí al suelo, deslizándome por el hielo afilado.

Elian se acercó, levantando la Espada Verde por encima de su cabeza con ambas manos para dar el golpe de gracia.

—El fuego que late en esa niña humana, Aura —dijo Elian, mirando de reojo hacia las rocas donde ella observaba—. Es la chispa original del solsticio. No vengo a destruirla. Vengo a exprimirle hasta la última gota de magia para resucitar a la Diosa. Y tú no vas a impedirlo.

La espada descendió.

No intenté bloquearla. Levanté la palma de mi mano izquierda directamente hacia la hoja incandescente.

—Cero. —susurré.

No canalicé escarcha. No canalicé hielo negro. Canalicé la pura ausencia de energía. El frío primigenio que detenía los átomos.

La hoja ardiente de la Espada Verde se detuvo a un milímetro de mi piel. El fuego esmeralda murió instantáneamente. El calor desapareció.

Elian abrió mucho los ojos, intentando empujar la espada hacia abajo, pero el metal estaba congelado en el espacio, atrapado en un campo de éxtasis térmico absoluto. El frío subió por la hoja verde hasta las manos de mi hermano. Sus guanteletes dorados comenzaron a crujir.

—No puedes resucitarla, Elian —dije, levantándome lentamente mientras mantenía el campo de éxtasis con la mano extendida, obligándolo a él a quedarse inmovilizado y forcejeando con su propia arma—. La Diosa está muerta. Aura es mortal. Si intentas extraer ese fuego, la matarás, y yo te arrancaré la cabeza y la colgaré en la puerta de la Puerta Ciega.

Elian gruñó, la piel de sus manos volviéndose azul bajo la presión del frío.

—¡Matadla! —gritó el Príncipe, girando la cabeza hacia su ejército—. ¡Matad al Dios y traedme a la chica!

La primera línea de infantería de la Primavera dio un paso al frente. Miles de lanzas se alzaron. Los arqueros tensaron sus cuerdas, listos para cubrir el cielo de flechas de fuego.

Yo no podía moverme. Si soltaba el campo de Cero Absoluto, la Espada Verde de Elian me partiría en dos. Mi núcleo estaba al límite; mis costillas rotas drenaban magia para sanar, y el calor residual del valle me estaba asfixiando. Estábamos atrapados.

El sonido de la lluvia de flechas cortando el viento llenó el aire.

Pero no nos alcanzaron.

Un rugido ensordecedor, agudo y metálico, emergió de la niebla a nuestra izquierda.

El suelo tembló. No eran los tambores de la Primavera. Eran pasos macizos de obsidiana.

Trescientos gólems gigantes de hielo negro irrumpieron en el campo de batalla, rompiendo el Velo con pura fuerza bruta. Sus visores brillaban en colores lavanda, ámbar, zafiro y rubí. La Vanguardia de las Sacrificadas había llegado.

Las flechas de fuego llovieron sobre ellos, pero rebotaron inofensivamente contra las corazas de la Primera Era.

El gólem con el visor lavanda —Elara— iba a la cabeza, arrastrando su maza del tamaño de un ancla.

—¡Por el Norte! —la voz de la chica distorsionada por el hielo resonó por encima de la tormenta.

Los gólems se estrellaron contra la primera línea de la infantería de la Primavera como un alud de piedra contra una cerca de madera. Soldados en armaduras doradas salieron volando por los aires. Las cimitarras se rompían al chocar contra las piernas de obsidiana. Fue una masacre instantánea en la línea de choque.

Elian maldijo en voz alta, soltando finalmente la empuñadura de la Espada Verde para no perder las manos por congelación. Retrocedió rápidamente tres pasos, hundiéndose en la nieve. La espada cayó al hielo negro con un tintineo sordo.

Aura apareció a mi lado antes de que la nube de flechas cayera al suelo.

No me había hecho caso.

Sostenía a Deshielo con ambas manos. El fuego esmeralda de su espada trazó un arco rápido en el aire, creando un muro de fuego sólido de tres metros de altura entre nosotros y la vanguardia de Elian, bloqueando cualquier intento de flanqueo.

—Te dije que te quedaras atrás —dije, respirando con dificultad, agarrándome el costado roto mientras la túnica se me pegaba a la herida.

—Y tú dijiste que éramos un equipo, témpano —respondió ella, sin apartar la mirada del muro de fuego—. Estás herido. El ejército de los fantasmas nos acaba de salvar el pellejo. ¿Cuál es la jugada ahora?

Miré a Elian. El Príncipe de la Primavera estaba a veinte metros, flanqueado por su guardia de élite, sus soldados retrocediendo bajo el asalto implacable de los gólems de Elara. Elian no apartaba los ojos de Aura. Ahora sabía con certeza que ella era la clave para su locura.

—La jugada es sobrevivir, humana —respondí, recogiendo la Espada Verde de Elian del suelo y enfundándola en mi propia espalda—. Nos replegamos a la Fortaleza. La guerra acaba de cambiar de reglas.

El choque de acero contra obsidiana y los gritos de los soldados de la Primavera llenaron el valle mientras el muro de fuego de Aura ardía con una intensidad salvaje.

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Yerlis Ramos
Muy Muy buenas las imágenes 🤭🤭🤭 la del custodio ni hablar.🤣🤣🤣🤣
Yerlis Ramos
muy buenas las imágenes .
Yerlis Ramos
buenísima la imagen .. 10/10
Yerlis Ramos
hermoso Capitulo. 🥰👏👏
Yerlis Ramos
Excelenteeee..
Yerlis Ramos
🥰🥰 Excelente comienzo 🥰🥰
Katy
Muchas felicidades fascinante historia ,gran imaginación 😘😘😘
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