VOLVER A AMAR - TEMPORADA I
Ella creció creyendo que el amor era resistencia, ceder un poco más, esperar que las cosas mejoren. Durante años sostuvo una relación que hacia afuera parecía perfecta, pero puertas adentro la hacía dudar de sí misma. Él era encantador con el mundo y tormentoso en privado. Y ella, paciente, probablemente demasiado paciente.
Hasta que una noche, en medio de una cena donde entendió que nadie iba a defenderla, ni siquiera ella misma, respiró hondo y tomó la decisión más difícil y necesaria de su vida: irse.
Se fue con una maleta, con miedo, con incertidumbre, pero también con una extraña sensación de alivio.
Lo que no sabía era que marcharse no era el final, sino el comienzo. Que después de una relación que la apagó, podía existir un amor distinto, uno más sano, más ligero, uno donde no tuviera que disminuirse para quedarse.
Porque a veces perder una historia es la única manera de encontrarse con la que realmente está destinada a vivirse.
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CAPÍTULO 24
Es imposible olvidar el día en que el peligro apareció ante nuestros ojos con sonrisas falsas y verdades que desconocía. Leonardo y yo habíamos ido a una reunión, de esas elegantes, formales y de gente con gran capital y empresas importantes; en las que normalmente yo salía rápidamente, porque no era un ambiente en que normalmente me sintiera cómoda, y mi empresa aunque emergente era más mi fortaleza, que algo que ostentar.
Sin embargo, también sé que ese es el mundo donde se desenvuelve Leonardo, conmigo es tan natural que olvido que es un inversionista muy importante; que tiene relaciones comerciales competitivas, y él había decidido incluirme, iba como su novia, y eso para mí era señal de la seriedad que le daba a nuestra relación; tan diferente a Octavio que a ningún compañero de trabajo llegué a conocer personalmente. Cuando alguien te ama se nota y lo notan, solía decir Jessica, y no lo había terminado de comprender hasta que Leonardo me enseñó a qué se refería.
El salón estaba lleno de conversaciones animadas, música lounge y copas de vino que brillaban bajo la luz tenue. La decoración era moderna, con detalles dorados y arreglos florales discretos, el escenario perfecto para una reunión social donde nadie parecía estar de paso.
Leonardo apareció a mi lado con esa calma suya, esa manera de deslizarse en el espacio sin esfuerzo. Tomó mi mano con suavidad, un gesto que hablaba de complicidad sin necesidad de palabras.
—¿Lista para sobrevivir a las preguntas de desconocidos curiosos?— me preguntó Leonardo, con aquella sonrisa que solo yo podía interpretar.
—Contigo, cualquier cosa— respondí, apretando su mano mientras nos adentrábamos entre grupos de gente elegante, todos vestidos con estilo y conversaciones perfectamente ensayadas.
Nos presentaron a varias personas, algunas con sonrisas forzadas y otras con miradas genuinas. Él tenía ese don para escuchar, para que cada persona se sintiera la más importante, pero cada tanto, sus ojos buscaban los míos con esa chispa que me hacía sentir que, aunque estuviéramos rodeados de extraños, éramos solo nosotros dos en una burbuja aparte.
En un momento, un hombre con voz profunda y traje impecable intentó iniciar una conversación demasiado formal conmigo, esas conversaciones que van a la bolsa de valores y mercados internacionales con palabras técnicas bastantes específicas, esas que recién estaba aprendiendo a comprender en su real magnitud. Antes de que la incomodidad me alcanzara, Leonardo intervino con un comentario casual que rompió la rigidez del momento y me hizo sonreír por dentro.
—Ella es mucho más interesante cuando dejamos que hable sin protocolos— dijo Leonardo, sin perder la elegancia, pero dejando claro que yo tenía su atención exclusiva.
La noche avanzaba y la música subía un poco de ritmo. Leonardo me guió hacia la pista, lejos de las charlas vacías y las copas servidas a medias.
—¿Bailamos?— me preguntó, esa voz baja que solo yo escuchaba como una invitación secreta.
Asentí, y sin preocuparnos por los pasos, nos movimos al ritmo. No necesitábamos ser expertos; con solo sentirnos cerca, el resto desaparecía. Sentí sus manos firmes en mi cintura y me apoyé un momento en su pecho, disfrutando la cercanía y el latir tranquilo de su corazón, estaba viviendo mi verdadera historia de amor.
Cuando la canción terminó, me susurró al oído: "Esto es solo el principio, Samantha". Y en esas palabras encontré más de lo que esperaba, una promesa de amor, una certeza de lealtad, un comienzo de vida juntos.
La noche estuvo perfecta, hasta que el pasado apareció, no para abrir heridas, sino para recordar porque siempre debía ser pasado, y porque nuestras elecciones terminan teniendo consecuencias tarde o temprano.
Leonardo y yo estábamos conversando cuando la vi acercarse, en ese momento aún no sabía ni quién era, ni con quién había llegado. Debo reconocer que era una mujer bonita, aunque luego descubrí que solo lo era por fuera, alta, elegante, con una sonrisa que parecía demasiado calculada para ser amable y un vestido que perfilaba perfectamente sus curvas.
—Buenas noches, Leonardo, ha pasado tiempo, estás tan guapo como siempre— dijo la mujer, mirándome de pies a cabeza.
—Samantha, ella es Alejandra del Pino— dijo Leonardo con calma, sin perder la compostura ni el brillo en los ojos. —Mi ex prometida, (mirando a Alejandra) te presento a mi novia la señorita Samantha González— añadió besando mi mano.
Sentí un nudo en el estómago, no por celos, sino por esa mezcla rara de curiosidad y respeto. Leonardo no evitaba que supiera quién era, ni lo hacía parecer un asunto prohibido; pero también, por la coincidencia del nombre, lo había escuchado años atrás de la boca de Octavio, como una nueva compañera de trabajo.
Alejandra me miró con esa sonrisa que no llegaba a sus ojos, y luego posó la mirada en Leonardo.
—Leonardo, siempre es un placer verte— dijo ella, con voz firme pero con un dejo de nostalgia contenida.
Él asintió, respetuoso.
—Lo mismo digo. Pero Samantha y yo tenemos planes esta noche, y no creo que tengamos un tema de conversación pendiente— dijo Leonardo, mirándome a los ojos con la seguridad de quien no tiene nada que ocultar.
Sentí cómo esa mirada me transmitía confianza y decisión. Alejandra se enderezó, manteniendo esa sonrisa diplomática.
—Solo pasaba a saludar. Espero que sean muy felices —dijo Alejandra, y aunque sus palabras eran cordiales, su mirada me escudriñaba, como si quisiera leerme.
Leonardo apretó suavemente mi mano, y yo respondí con un leve apretón.
—Gracias— respondió él—. Ahora vámonos, te tengo una sorpresa cariño.
Nos alejamos juntos, sabía que la historia con Alejandra estaba cerrada para Leonardo, con esa honestidad me hizo sentir que estaba del lado correcto. Que con él no había secretos ni medias verdades. Y en ese momento, mientras caminábamos, comprendí que el verdadero desafío no era ella ni quién la acompañaba y aún desconocía, sino lo que decidiéramos construir juntos, sin miedo ni dudas.