Miranda lo tenía todo: un esposo que la amaba y una vida perfecta. Pero un "accidente" le arrebató el aliento. Ahora, ha despertado en el cuerpo de Ámbar Valer, la chica señalada como su asesina. Atrapada en una casa llena de enemigos y perseguida por el odio implacable de su propio esposo, Damián Villegas, Miranda deberá jugar un juego peligroso. ¿Podrá convencer al hombre que ama de que ella sigue viva, o morirá de nuevo a manos de su propia venganza?
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Cicatrices de la batalla
[Perspectiva de Damián Villegas]
El informe descansaba sobre mi escritorio, pesado como una lápida. Marcos, mi investigador, no solía equivocarse, pero los datos que me había entregado esa tarde estaban sacudiendo los cimientos de mi odio. Me pasé una mano por el rostro, sintiendo la barba de varios días, y volví a leer la sección subrayada en rojo. Mis ojos se entrecerraron con curiosidad, mientras leia el documento.
—Tres denuncias, señor Villegas —había dicho Marcos antes de salir de la oficina—. Tres veces Ámbar Valer intentó levantar actas por acoso y "comportamiento inapropiado" dentro de su propia casa. Ninguna llegó a tribunales.
—¿Por qué? —pregunté, aunque en el fondo de mi mente ya sabía la respuesta.
—Arturo Valer movió influencias para "proteger la imagen familiar", convencido por su esposa, Vanessa, de que la niña estaba teniendo brotes psicóticos o ataques de celos. Los informes médicos que adjuntaron dicen que Ámbar es mitómana. Pero si mira las fechas... coinciden con los periodos en los que Esteban Valer regresaba de sus viajes al extranjero.
Me levanté y caminé hacia el ventanal, observando las luces de la ciudad que Miranda tanto amaba. El panorama que se dibujaba ante mí era siniestro. Ámbar no era solo la niña rica e imprudente que yo quería destruir; era, al parecer, una mujer que vivía en una celda de cristal, rodeada de depredadores que usaban su propio apellido para amordazarla.
Recordé su mirada en la biblioteca. Ese fuego frío, esa forma de sostener la distancia. No era la mirada de una loca, ni la de una mentirosa. Era la mirada de alguien que ha aprendido a pelear sola porque nadie más va a saltar a la arena por ella.
Sentí una punzada incómoda en el pecho. Por un segundo, la imagen de Esteban Valer —ese tipo con sonrisa de tiburón y modales ensayados— me revolvió el estómago. ¿Era posible que Ámbar estuviera huyendo de algo, o de alguien, el día del accidente? ¿Que su pie en el acelerador no fuera por diversión, sino por puro terror?
—No —sacudí la cabeza, apretando los dientes—. No importa.
Me volví hacia la foto de Miranda. Sus ojos claros me devolvían una paz que ya no poseía.
—Incluso si la acosaban, Miranda está muerta, y fue su auto el que la mató —susurré a la habitación vacía—. El miedo no la libera de la culpa. Su imprudencia borró tu vida, mi amor. Y eso no tiene perdón.
Sin embargo, el arquitecto en mí no podía ignorar una grieta en la estructura del caso. Si Ámbar estaba siendo acosada, entonces Vanessa y Esteban tenían motivos para querer que ella "desapareciera" o fuera declarada incapaz. Si la niña despertaba del coma y empezaba a hablar con la claridad que mostró el otro día, los Valer estarían en problemas.
Tomé las llaves de mi auto. La sospecha de que Ámbar fuera una víctima en su hogar no borraba el hecho de que era la asesina de mi esposa, pero me daba una nueva pieza en el tablero. Si quería destruirla de verdad, necesitaba la verdad absoluta, no la versión filtrada por Vanessa Valer.
"Si soy culpable, pagaré. Pero no lo soy de la forma en que tú crees", me había dicho ella.
Esa frase golpeaba mi mente una y otra vez. Necesitaba verla de nuevo. Necesitaba confirmar si ese brillo en sus ojos era un truco psicológico o el grito de alguien que compartía conmigo el mismo infierno de estar rodeado de enemigos.
Conduje hacia la mansión Valer sin avisar. No iba como el hombre que buscaba una indemnización; iba como el cazador que empieza a sospechar que la presa que tiene frente a él ha sido herida por otros lobos antes que por él mismo. Y esa idea, lejos de calmarme, me hacía sentir una rabia nueva y desconocida.
Al llegar a los portones, no esperé a que los guardias me anunciaran. Usé mi nombre y la amenaza implícita de una demanda penal para que me dejaran pasar. Caminé hacia la entrada principal, pero me detuve al ver un movimiento en el jardín lateral, cerca de los setos altos.
Allí estaba ella. Sola. Pero no estaba llorando. Estaba de pie, mirando hacia el horizonte con una rectitud que me cortó el aliento. Se veía tan pequeña en medio de esa opulencia y, al mismo tiempo, tan inquebrantable.
En ese momento, la duda se convirtió en una certeza perturbadora: Ámbar Valer estaba librando una guerra en dos frentes, y yo, su principal enemigo, quizá era el único que empezaba a ver las cicatrices de su verdadera batalla.
Ámbar dile que eres Miranda aunque piense que estas loca 🤭