Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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El caballo de troya
La sede de la Orden Helix goteaba una luz blanca y estéril que quemaba los ojos después de pasar tanto tiempo bajo la penumbra esmeralda del bosque. Adrian caminaba por los pasillos de hormigón con una expresión gélida, ignorando el saludo de los guardias. Entró en la sala de mando, donde Mara y Daniel lo esperaban frente a los restos de los servidores que la magia de los Faes había frito la noche anterior.
—Tengo acceso total —dijo Adrian, sin preámbulos. Su voz resonó en la sala como un disparo—. Aeryn me ha invitado a la casa principal. Mañana, durante el solsticio, conoceré a Elián y a Lyra.
Mara levantó la vista, sorprendida. Daniel, por su parte, dejó escapar un silbido de admiración.
—La casa principal... el sanctasanctórum de los engendros —murmuró Daniel—. Si logras entrar allí, habrás hecho lo que tres generaciones de cazadores no pudieron. Pero hay un problema, Adrian. Estás yendo a una cacería de brujas sin armas y con el sistema Helix fuera de combate.
—Por eso estoy aquí —respondió Adrian, apoyando las manos sobre la mesa de metal—. Necesito algo para engañar al Ancestral. Elyan no es un vampiro común; ha vivido siglos. Dicen que puede oler el miedo y escuchar el ritmo cardíaco a kilómetros. Si mi pulso se acelera un solo latido cuando mienta, estoy muerto antes de que pueda tocar mi daga.
Mara asintió y se levantó, caminando hacia un gabinete de seguridad reforzado. Extrajo un pequeño estuche de terciopelo negro.
—Estábamos guardando esto para la fase final, pero no tenemos elección. Se llama "El Velo de Leteo".
Abrió el estuche para revelar un parche dérmico casi invisible y una pequeña cápsula de cristal con un líquido incoloro.
—El parche libera un bloqueador beta de grado militar mezclado con feromonas sintéticas de neutralidad. Mantendrá tu ritmo cardíaco en 60 latidos por minuto, sin importar si te están arrancando un brazo o si estás mintiendo sobre tu linaje. La cápsula es un inhibidor olfativo: una vez que la ingieras, tus poros dejarán de emitir las señales químicas del miedo o la excitación. Serás, a todos los efectos biológicos, una hoja de papel en blanco.
Adrian tomó el parche y lo aplicó detrás de su oreja. Sintió un frío repentino recorrer sus venas, una desconexión extraña entre su mente y su cuerpo. Su ansiedad, ese nudo persistente en el estómago por la traición a Aeryn, simplemente se disipó, sofocada por la química.
—Recuerda, Adrian —advirtió Daniel, acercándose y poniéndole una mano en el hombro—, Elyan buscará tu sombra. Si eres demasiado perfecto, sospechará. Tienes que parecer un humano insignificante, alguien que no merece ni una segunda mirada. Deja que Aeryn sea el centro de atención. Tú solo eres el fondo del cuadro.
—Lo sé —dijo Adrian, sintiendo cómo sus emociones se aplanaban bajo el efecto del fármaco—. Seré exactamente lo que ellos necesitan ver: un hombre que no tiene nada que ocultar porque no tiene nada que ofrecer.
—Una última cosa —añadió Mara, entregándole un pequeño alfiler de plata para su corbata—. Esto es un transmisor de pulso de baja frecuencia. No envía datos complejos, por lo que el Velo de los Faes no debería detectarlo como una amenaza. Si las cosas se tuercen y necesitas extracción inmediata, presiónalo tres veces. No garantizamos que podamos cruzar la barrera a tiempo, pero al menos sabremos dónde recoger tus restos.
Adrian guardó el alfiler sin decir palabra y salió de la sede. El aire de la noche se sentía más frío de lo habitual, o quizás era solo el efecto del "Velo de Leteo" recorriendo su sistema.
El viaje hacia el corazón del Enclave fue diferente esta vez. Aeryn lo esperaba en el límite del bosque, vestida con una túnica de lana oscura que resaltaba el dorado de sus ojos. La atmósfera del solsticio era palpable; el aire olía a resina quemada y a una energía antigua que hacía que los árboles parecieran susurrar oraciones en un idioma olvidado.
—¿Estás listo? —preguntó ella, tomándole la mano.
—Lo estoy —respondió Adrian. Sus dedos estaban fríos, pero su pulso era una línea recta y perfecta.
Caminaron más allá del Corazón de los Helechos, hacia una zona donde la arquitectura se fundía con la naturaleza. La casa principal no era una mansión de piedra, sino una estructura colosal construida alrededor de un árbol milenario, con puentes de madera suspendidos y ventanales que reflejaban la luz de la luna llena. Era un lugar que respiraba historia y poder.
Al cruzar el umbral de la entrada, el aroma a hogar —comida casera, leña y una extraña fragancia floral— golpeó a Adrian. Pero su cuerpo no reaccionó. El inhibidor cumplía su función; no hubo sudor en sus manos, ni dilatación en sus pupilas.
En el centro de la gran estancia, bajo una lámpara de araña hecha de astas de ciervo y cristal, lo esperaban los líderes del Enclave.
Lyra estaba de pie junto a una mesa de madera maciza. Vestía con sencillez, pero su porte era el de una reina. Su cabello castaño caía en ondas sobre sus hombros, y sus ojos de loba recorrieron a Adrian con una intensidad que parecía buscar su alma. Había una calidez en ella, la de una Omega que había construido su propio destino, pero también una vigilancia feroz.
A su lado, sumergido parcialmente en las sombras, estaba Elián.
El Vampiro Ancestral no se movía. Su piel era tan pálida que parecía mármol pulido bajo la luz de las velas, y su cabello negro azabache contrastaba con la severidad de su rostro. No respiraba, o al menos no de una forma que un humano pudiera notar. Sus ojos eran dos pozos de sabiduría y muerte, pozos que habían visto caer imperios antes de que los antepasados de Adrian hubieran aprendido a forjar el acero.
Kaelen estaba apostado en un rincón, con los brazos cruzados, una presencia gruñona y letal que no apartaba la vista del cuello de Adrian.
—Madre, Padre —dijo Aeryn, y su voz tembló un poco por la emoción—. Este es Adrian Valerius. El amigo del que les hablé.
Se produjo un silencio pesado, uno que habría hecho que cualquier otro hombre se desmoronara. Elián se adelantó un paso, saliendo de las sombras. Su movimiento fue tan fluido que pareció que el espacio entre él y Adrian simplemente se contrajo. El Ancestral se detuvo a centímetros de él, su mirada fija en los ojos grises del cazador.
Elián inhaló profundamente, buscando el rastro químico del miedo, la adrenalina o la mentira. Pero no encontró nada. Adrian le devolvió la mirada con una calma sobrenatural, una quietud que incluso para un vampiro de mil años resultaba desconcertante.
Lyra se acercó también, rodeando la mesa, observando la forma en que Adrian sostenía la mano de su hija. Su instinto de loba le decía que algo faltaba en ese joven, pero el amor en el rostro de Aeryn la obligaba a mantener su juicio en suspenso.
—Bienvenido a nuestra casa, Adrian —dijo Lyra, y aunque sus palabras fueron amables, su voz llevaba el peso de una advertencia—. Aeryn habla de ti con una fe que rara vez se ve en estos tiempos. Espero que seas digno de ella.
Elián no habló de inmediato. Siguió escrutando a Adrian, buscando esa "sombra" que Daniel le había mencionado. Finalmente, el vampiro ancestral ladeó la cabeza, y una sonrisa mínima, casi imperceptible, curvó sus labios fríos.
—Es extraño —murmuró Elián, y su voz era como el crujir del hielo sobre un lago profundo—. Eres un humano que no hace ruido al existir. Ni en tu sangre, ni en tu aliento, ni en tus pensamientos. Eres... silencioso, Adrian Valerius.
Adrian asintió con una inclinación de cabeza respetuosa.
—A veces el silencio es la mejor forma de escuchar, señor. Y he venido aquí a escuchar lo que el Enclave tiene que decir.
Elián y Lyra intercambiaron una mirada rápida. El juego había comenzado. Adrian estaba dentro del nido de los monstruos, y el Velo de Leteo era lo único que lo separaba de la ejecución inmediata.