A veces los sentimientos llegan cuando menos deberían.
Una noche cualquiera, una convivencia inesperada y una conexión que nunca estuvo en los planes.
Esta no es una historia perfecta, es real, intensa y llena de decisiones que marcan para siempre.
Porque hay amores que no se buscan… simplemente pasan.
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Capítulo 6: Cuando el juego empezó a sentirse real
Volver a subir fue distinto esa vez.
No porque algo hubiera cambiado afuera, sino porque algo dentro de mí ya no era igual. Mientras organizaba mis cosas, sentía esa mezcla peligrosa entre emoción y miedo. Sabía exactamente lo que me esperaba, y aun así no podía evitar contar las horas.
Durante el camino, el teléfono vibró como siempre.
Alejandro: ¿Ya vienes en camino, mor?
Sonreí sin darme cuenta.
Melani: Sí, me falta poco.
Los nervios me acompañaron todo el trayecto. Cuando llegué y lo vi, fue inevitable. Esa mirada que se encontraba con la mía como si nadie más existiera.
Nos saludamos con normalidad, como si solo fuéramos dos personas compartiendo un espacio más. Pero el aire entre nosotros decía otra cosa.
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La casa estaba llena de sonidos cotidianos, conversaciones cruzadas, rutinas que se repetían. Y ahí estábamos nosotros, moviéndonos con cuidado, respetando esa línea invisible que habíamos trazado. A ratos me preguntaba cómo nadie notaba nada, cómo podíamos fingir tan bien.
En la tarde, mientras ayudaba con cualquier cosa para no levantar sospechas, sentí su mirada clavada en mí más de una vez. No decía nada, pero yo lo sentía. Siempre lo sentía.
Cuando por fin llegó la noche y todo se calmó, el cansancio nos ganó antes de cualquier palabra. Me acomodé a su lado con cautela, consciente de cada movimiento.
Alejandro (muy bajo): Te sientes bien mor?
Melani: Sí… solo estaba pensando.
No preguntó qué. Tal vez no hacía falta.
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Los días siguientes siguieron un patrón parecido. Rutinas normales de día, silencios calculados, miradas que decían demasiado. Y en la noche, esa cercanía que se había vuelto refugio. Me dormía entre sus brazos otra vez, y esa sensación de protección regresaba, haciéndome sentir en casa de una forma que no sabía explicar.
Pero algo empezaba a cambiar.
Ya no era solo deseo. Ya no era solo el momento robado. Era la forma en que me preguntaba cómo había estado mi día. Cómo recordaba cosas pequeñas. Cómo me esperaba despierto aunque estuviera agotado.
Una noche, mientras hablábamos en voz baja, rompí el silencio.
Melani: ¿No sientes que esto ya no es tan simple?
Se quedó callado unos segundos.
Alejandro: Sí… y eso es lo que me asusta.
No dijimos más. No hacía falta. Ambos sabíamos que estábamos caminando por un terreno que ya no era solo un juego.
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El jueves llegó más rápido de lo que esperaba. Y con él, ese peso conocido en el pecho. El viernes se acercaba otra vez.
Esa noche no planeamos nada. No hablamos del futuro ni de la próxima semana. Solo nos quedamos ahí, compartiendo el silencio, como si ambos quisiéramos congelar el tiempo.
Antes de dormir, me abrazó más fuerte de lo normal.
Alejandro: No me gusta cuando te vas.
Melani: A mí tampoco… pero siempre vuelvo.
No supe si lo dije para tranquilizarlo o para convencerme a mí misma.
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El viernes amaneció temprano. Me arreglé en silencio, con esa sensación extraña de despedida anticipada. Él me miraba desde la cama, despierto, como si no quisiera perderse ni un segundo.
Antes de salir, se acercó.
Alejandro: Escríbeme cuando llegues, ¿sí?
Melani: Siempre.
Salí de la casa con el corazón inquieto, sabiendo que algo dentro de mí ya no estaba donde debía. Que esta historia, sin darnos cuenta, estaba dejando marcas más profundas de lo que habíamos planeado.
Y mientras bajaba las escaleras, entendí algo con claridad inquietante:
esto ya no era solo un secreto…
era un sentimiento creciendo en silencio.