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Marcas De La Infancia

Marcas De La Infancia

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Centrado emocionalmente / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Heimy Zuñiga

No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.

NovelToon tiene autorización de Heimy Zuñiga para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23: El punto de falla

El silencio del apartamento se volvió denso. No era una ausencia de sonido, sino una presión. Como si el aire hubiera decidido quedarse quieto, observándome. Me quedé sentado en el suelo durante un tiempo indefinido, con la espalda apoyada en la pared.

Pensé que podía aguantarlo un poco más. Siempre pensaba eso.

Me levanté y caminé hasta la ventana. Afuera, la ciudad seguía funcionando con una indiferencia ofensiva. Vi a la señora del 3B paseando a su perro, y al vecino del 401 quejándose en el pasillo porque el ascensor tardaba demasiado. La normalidad de los demás era un recordatorio cruel de lo lejos que me sentía de la vida.

Mi mente empezó a ordenarlo todo con una lógica peligrosa. Fría. Eficiente.

Solo un momento.

Solo para bajar el ruido.

Después todo vuelve a su sitio.

Esa era la mentira más antigua que conocía. No hubo dramatismo. Solo un agotamiento absoluto, como si cada viga interna hubiera colapsado bajo un peso invisible. Después, nada fue claro. El tiempo se volvió irregular, como una cinta dañada. Recuerdo estar sentado otra vez. Recuerdo el suelo frío. Recuerdo haber pensado, con una lucidez que me atravesó como un relámpago, que había ido demasiado lejos.

La salvación no vino de un héroe, sino de la rutina. La señora del 3B, la misma que me había juzgado días atrás, tenía una costumbre: siempre escuchaba mis botas a las diez y cuarto de la noche cuando volvía del supermercado. Esa noche, el silencio en el pasillo fue lo que la alarmó. No fue un sexto sentido; fue notar que el engranaje que ella observaba cada noche se había detenido.

Un golpe seco resonó en la puerta.

—¿Liam? —la voz de la vecina sonó amortiguada, insegura—. ¿Liam, muchacho? No te oí entrar... y dejaste las llaves puestas por fuera.

No respondí. No porque no quisiera, sino porque el cuerpo ya no me pertenecía.

El golpe se repitió, más fuerte. Luego voces superpuestas. Escuché al hombre de la bata gritando que llamaran a una ambulancia. El vacío social se rompió por fin; la gente que me juzgaba en el pasillo ahora se agolpaba en mi puerta, convertida en una red de seguridad que yo nunca quise pedir.

La puerta se abrió con un chasquido violento. Luces. Pasos apresurados. Alguien diciendo mi nombre con una mezcla de miedo y reproche. Sentí manos firmes, profesionales. El techo blanco apareció sobre mí, demasiado brillante. El sonido de la camilla golpeando las paredes del pasillo. El ascensor bajando con una lentitud insoportable mientras los vecinos se apartaban en silencio, mirándome con una lástima que ya no podía herirme.

La ambulancia olía a desinfectante y a metal. A través de la ventanilla trasera, vi las luces de la ciudad retroceder. Pensé, con una claridad dolorosa, que Hazel no sabía. Que nadie en la universidad sospecharía que el estudiante impecable estaba ahora conectado a un monitor en un vehículo de emergencia.

Desperté en un lugar donde el silencio era distinto. No opresivo. Controlado. El pitido regular de una máquina marcaba un ritmo externo al mío. Abrí los ojos despacio. Hospital. Una cortina clara. Una luz suave. El brazo pesado, inmóvil.

Giré la cabeza apenas. Lucía estaba sentada junto a la cama.

Mi hermana no dijo nada al principio. No lloraba. Solo me miraba con una expresión que combinaba alivio y una tristeza antigua. Tomó mi mano con cuidado, como si temiera que pudiera romperme.

—No tienes que explicarlo ahora —dijo finalmente, con voz baja—. Solo… quédate, Liam. Por favor.

Cerré los ojos. A lo lejos, en el pasillo del hospital, escuché el murmullo de las enfermeras y el sonido de otra camilla pasando. El mundo seguía vivo. Y por primera vez en mi vida, el hecho de que alguien se hubiera dado cuenta de mi ausencia —aunque fuera una vecina entrometida— era lo único que me mantenía anclado a este lado del muro.

En algún punto lejano de ese pensamiento, surgió una certeza incómoda: esta vez, la sociedad que me obligaba a cumplir horarios había sido la misma que, por pura rutina, me había salvado de desaparecer.

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señorita_cash
.
señorita_cash
que personal..
Yorjany González Rodríguez
bien sigue haci pero trata de que cuando termines un capitulo el siguiente lo continue desde donde se quedo /Slight/
Heimy Zuñiga: Jaja muchas gracias... lo tendré en cuenta de ahora en adelante 👏
total 1 replies
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