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Notas Y Colores Del Destino

Notas Y Colores Del Destino

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Romance / BL / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Annyaeliza

Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?

NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: Aprender a existir

El mundo no terminó esa noche.

Ren lo comprendió al despertar, cuando la luz de la mañana entró por la ventana con una suavidad casi cruel. No hubo temblores. No hubo cielos rotos ni voces antiguas pronunciando su nombre. Ningún presagio. Ninguna señal.

El aire era normal.

Demasiado normal.

Abrió los ojos despacio, como si temiera que al hacerlo todo desapareciera. Como si la realidad fuera ahora algo frágil que podía romperse con un parpadeo.

Seguía allí.

Giró el rostro.

Aiden estaba a su lado, despierto, recostado sobre un brazo, observándolo con una atención silenciosa que le erizó la piel. No había urgencia en su mirada. No había miedo. Solo una necesidad profunda, casi obsesiva, de confirmar algo una y otra vez.

—Sigues aquí —dijo Aiden en voz baja.

No era alivio.

Era verificación.

Ren tragó saliva, sintiendo cómo esa simple frase le apretaba el pecho.

—Tú también.

No fue una frase romántica.

Fue una comprobación.

Durante vidas enteras, existir había sido una posibilidad frágil, algo que podía romperse si uno de los dos elegía mal, si dudaba, si brillaba demasiado o se quedaba demasiado tiempo en un lugar. Ahora no había señales invisibles presionándolos.

Solo presencia.

Aiden se incorporó lentamente, como si temiera que un movimiento brusco pudiera despertar algo antiguo, algo que ya no debía existir.

—No soñé —confesó—. Ni con escenarios, ni con aplausos, ni con otras vidas. Solo… dormí.

Ren sintió un nudo en la garganta.

—Yo tampoco soñé con huir.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue denso.

Lleno de cosas nuevas que estaban aprendiendo a sentir sin que dolieran.

Aiden llevó una mano al pecho, casi por reflejo, como si esperara encontrar esa presión constante que lo había acompañado desde siempre. No estaba. No había latido desbocado. No había advertencia.

—Es extraño —murmuró—. Toda mi vida sentí que algo me observaba. Como si cada decisión fuera evaluada… pesada… juzgada.

Ren asintió despacio.

—Yo sentía que, si me quedaba demasiado tiempo en un lugar… desaparecía. Como si no tuviera derecho a ocupar espacio.

Se miraron.

No con miedo.

Con reconocimiento.

—Y ahora —continuó Ren— no siento nada de eso.

Aiden dejó escapar una exhalación lenta, casi incrédula.

—Tal vez… —dijo— eso es la libertad.

La palabra quedó suspendida entre ellos, extraña, enorme.

El Grupo Aurora cambió sin saber por qué.

Dos días después, el anuncio apareció en el tablón principal, escrito con una sobriedad que no dejaba espacio para preguntas:

El Proyecto Aurora queda cancelado de forma indefinida.

No hubo explicaciones claras.

No hubo disculpas.

Solo una sensación colectiva de alivio… y de pérdida difícil de nombrar, como cuando algo termina sin haber explotado, sin haber fallado de manera visible.

Ren leyó el aviso en silencio. Esperó sentir rabia. Frustración. Ese vacío familiar de las oportunidades que se rompen justo antes de tocar algo importante.

Pero no llegó.

—¿Te duele? —preguntó Aiden, de pie a su lado.

Ren pensó unos segundos antes de responder.

—No —dijo finalmente—. Creo que necesitábamos dejar de competir… incluso entre nosotros.

Aiden cerró los ojos un instante.

Por primera vez, no sentía la urgencia de demostrar nada. No había jurado. No había público. No había una meta que justificara el sacrificio.

Y eso lo aterraba…

y lo calmaba al mismo tiempo.

Esa tarde regresaron al salón creativo.

El lugar estaba vacío, bañado por la luz dorada del atardecer. El polvo flotaba lentamente en el aire, como si incluso el tiempo se hubiera ralentizado. El piano permanecía cerrado, silencioso, como si también estuviera descansando después de una vida entera de exigencia.

Los lienzos apoyados contra la pared ya no vibraban con ecos del pasado.

Ren colocó un lienzo nuevo en el caballete.

No era grande.

No era imponente.

Era suficiente.

—¿Qué vas a pintar? —preguntó Aiden.

Ren observó la tela en blanco durante largos segundos. Ya no sentía ansiedad frente a ella. Solo una calma expectante.

—No lo sé —respondió—. Algo que no tenga que salvarme.

Aiden asintió.

Se acercó al piano y levantó la tapa.

No sacó ninguna partitura.

—Entonces tocaré algo que no tenga que probar nada.

La música comenzó suave, imperfecta, casi torpe. No seguía una estructura clara. No buscaba aplausos. Era lenta, honesta, humana.

Ren dejó que el pincel se moviera sin miedo.

No hubo flashes.

No hubo recuerdos ajenos.

Solo el sonido del piano y el roce de las cerdas contra la tela.

Cuando Ren se detuvo, observó lo que había pintado.

Dos figuras sentadas una al lado de la otra.

Sin escenario.

Sin público.

Sin distancia.

Aiden se acercó por detrás y apoyó la frente contra la suya.

—Así se siente existir —susurró.

Ren cerró los ojos.

—Así se siente quedarse.

Esa noche caminaron por la ciudad sin rumbo fijo.

Las luces, las personas, el ruido cotidiano… todo parecía más nítido. Más presente. Como si el mundo hubiera recuperado colores que antes no se atrevían a ver.

—¿Crees que Milo…? —preguntó Ren, dejando la frase inconclusa.

Aiden tardó en responder.

—Creo que eligió por primera vez —dijo finalmente—. Incluso si eso significó irse.

Ren apretó su mano.

—Siempre estuvo solo.

—No del todo —respondió Aiden—. Nos tuvo a nosotros. Aunque fuera desde lejos.

El viento sopló suave.

Nada respondió desde el pasado.

Ningún eco.

Ninguna advertencia.

Esa madrugada, Ren despertó sobresaltado.

No por una pesadilla.

Por el miedo.

—Aiden… —susurró.

Aiden se giró de inmediato.

—Estoy aquí.

Ren respiraba agitado.

—Tengo miedo de que sin tragedia… dejemos de ser intensos. De que el amor se vuelva pequeño.

Aiden lo abrazó con firmeza, sin prisa.

—El amor no se hizo grande por el dolor —dijo—. Sobrevivió a pesar de él.

Ren cerró los ojos, apoyando el rostro en su pecho.

—Entonces quédate —pidió—. Incluso cuando sea simple.

Aiden besó su frente.

—Eso es lo más difícil —respondió—. Y lo más valiente.

Al amanecer, el sol iluminó el salón creativo vacío.

El piano descansaba.

El lienzo se secaba.

Y por primera vez, el arte no estaba cargado de sacrificio.

El destino había callado.

Y en ese silencio,

Aiden y Ren empezaban —por fin—

a aprender cómo vivir.

1
Esmeralda Johner
Excelente
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