Briana llega como niñera de intercambio a un hogar donde el pasado todavía duele. Maicol, padre viudo, intenta equilibrar su trabajo con la crianza de Pía y Teo, quienes a veces sienten que no reciben toda la atención que necesitan. Poco a poco, Briana descubre secretos y emociones contenidas que acercan sus corazones, mientras la cercanía entre ellos despierta sentimientos inesperados. Entre risas, tensiones y pequeños gestos, tendrán que aprender si el amor puede sanar heridas y florecer incluso en los lugares más inesperados.
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Capítulo 19 – El límite roto
Briana
El martes amaneció distinto. No sabría decir si era el aire fresco de la mañana o el hecho de que todavía podía sentir en mi piel la intensidad de su mirada anoche en el pasillo. Apenas dormí, y cuando lo hice, los recuerdos de la cocina y la cercanía de Maicol volvieron una y otra vez, como si mi mente se negara a darme tregua.
Sacudí la cabeza frente al espejo. No podía permitirme pensar así. Era el padre de los niños, el hombre que me había confiado a lo más valioso que tenía. Debía concentrarme en cumplir mi papel, no en dejar que mi corazón se acelerara cada vez que lo veía.
—Vamos, niños, se hace tarde —dije en voz alta, más para distraerme que otra cosa.
Pía salió corriendo con la mochila a medio cerrar, y Teo se quejó porque no quería ponerse la campera, pero al final los llevé al instituto. Me despedí de ellos con un beso en la cabeza y un nudo en el estómago que no entendía muy bien.
La universidad fue una montaña rusa como siempre. Me esforzaba por seguir el ritmo de los profesores, copiaba lo que podía, y trataba de no sentirme demasiado torpe. En una de las clases compartidas me encontré con Daniel.
—Hey, Briana —me saludó con una sonrisa fácil, esa que parecía iluminarle el rostro—. ¿Cómo vas con todo?
—Bien, creo —respondí, encogiéndome de hombros—. Bueno, sobreviviendo.
Él rió y me ofreció sus apuntes. Pasamos la clase intercambiando frases rápidas, y cuando terminamos, caminamos juntos por el pasillo.
—¿Te acompaño hasta tu casa? —preguntó de repente.
Me quedé en silencio un segundo, sorprendida.
—Eh… no sé, Daniel. Tengo que pasar primero por los niños al instituto.
—Mejor aún —insistió—. Así los conozco un poco más.
Lo dudé. Una parte de mí quería decir que no, que no era buena idea. Pero la otra parte… la que estaba cansada de sentirse siempre fuera de lugar, agradeció su compañía. Al final, asentí.
—Está bien, si no te molesta.
—Claro que no.
Cuando pasamos por los niños, Pía fue la primera en reaccionar.
—¡Hola! —saludó con una sonrisa brillante.
Daniel se inclinó y le respondió con amabilidad, mientras Teo se cruzaba de brazos, mirándolo con gesto serio.
—Hola —dijo apenas, con un tono cortante que me hizo querer regañarlo.
Daniel, sin embargo, no pareció notarlo. Solo sonrió y siguió caminando a nuestro lado. Yo sentía una tensión extraña, como si estuviera haciendo algo que no debía.
Y esa sensación se multiplicó cuando llegamos a la casa.
El auto de Maicol se estacionaba justo en ese momento. Lo vi bajar, impecable en su traje, con esa presencia que parecía llenar el espacio por sí misma. Sus ojos se clavaron en nosotros.
—Papá —gritó Pía, corriendo hacia él.
Él la levantó en brazos y la saludó con ternura, pero cuando su mirada se posó en Daniel, algo cambió en su rostro. No fue un gesto obvio, no había enojo explícito, pero lo conocía lo suficiente para notar la rigidez de su mandíbula, la seriedad más marcada que nunca.
—Buenas tardes —saludó Daniel, educado.
—Buenas —respondió Maicol, cortante, aunque con esa amabilidad fría que usaba en los negocios.
Los niños corrieron dentro de la casa y, después de unos segundos de charla breve y formal, Daniel se despidió. Yo agradecí en silencio que no hubiera insistido en quedarse más.
—Niños, a cambiarse —dijo Maicol en cuanto entramos, con ese tono de voz que no dejaba espacio para protestas.
Ellos obedecieron y desaparecieron escaleras arriba. Yo, algo nerviosa, me fui hacia la cocina a ordenar un par de cosas. Abrí un armario en busca de vasos, intentando distraerme.
No lo escuché entrar, pero lo sentí.
De pronto estaba detrás de mí, tan cerca que el aire se volvió pesado. Sus brazos se apoyaron a ambos lados de mi cuerpo, sus manos firmes contra la encimera, atrapándome en ese pequeño espacio.
Mi corazón dio un salto tan fuerte que me quedé paralizada.
—Maicol… —susurré, apenas girando el rostro.
Su respiración me rozó la oreja, cálida, profunda, y mi piel se erizó al instante.
—Me vuelve loco verte con ese chico —dijo con voz baja, casi un gruñido contenido.
Las palabras me atravesaron como un rayo. No supe qué responder, porque en ese instante, sus manos se deslizaron hasta mi cintura y me giró con decisión.
De pronto lo tuve frente a frente.
Su mirada ardía, sus labios tan cerca que apenas podía pensar. Lo miré primero a la boca, incapaz de controlarme, y luego a los ojos.
Y entonces me besó.
No hubo preguntas, no hubo dudas. Sus labios se apoderaron de los míos con una urgencia que me dejó sin aliento. Un beso desesperado, intenso, como si los dos hubiéramos esperado demasiado para este momento.
Me aferré a su camisa y lo besé de vuelta, sin pensar, sin detenerme. Todo lo que había tratado de contener explotó en un segundo.
Él me sostuvo con fuerza de la cintura, y en un movimiento seguro me levantó. Mis piernas rodearon su cuerpo casi sin que lo pensara, y me sentó en la encimera.
El beso se volvió más profundo. Sus manos recorrían mi cintura, mi espalda, como si no pudiera decidir dónde detenerse. Yo lo sentía todo: el calor de su cuerpo contra el mío, el temblor en mis manos, el vértigo de saber que había cruzado una línea sin retorno.
Era fuego.
Era vértigo.
Era Maicol, y yo ya no podía negarlo más.
Perdí la noción del tiempo en ese beso. Solo cuando nos separamos para respirar, con las frentes juntas y el corazón desbocado, me di cuenta de lo que acababa de pasar.
Mi voz salió temblorosa, apenas un susurro:
—Maicol…
Él me miró fijo, con los labios aún húmedos por nuestros besos, y entendí que ya no había marcha atrás.
Lo que había empezado como un roce accidental en la cocina, ahora era un incendio imposible de apagar.
Enorabuena autora tu historia me parecio una gran historia de amor. Al estilo que antes se usaba antes que viniera la tecnologia. Una mirada aqui otra mirada alla. Y el amor creciendo entre ellos aun ritmo lento pero bien firme. Donde todo el miedo desaparece cuando las personas implicadas acepta como todo lo que es Amor del mas dulce