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CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

AROMA.

...GABRIELA:...

Aún seguía en toalla.

—De acuerdo, me pondré aunque sea una pijama, no puedo seguir así.

Zoé me siguió hasta el interior del armario.

Comencé a cambiarme sin pena y mi amiga tampoco me prestaba atención.

—¿Qué te vas a poner esta noche? —me preguntó emocionada, demasiado cerca de mi rostro.

La rodeé.

—No lo sé, por lo pronto quiero descansar.

—Ah, ah. —Negó Zoé—. Sé muy bien que si te duermes no despertarás en tres días, y no vas… a perder esta cita. —Entrecerró los ojos.

—Zoé, solo es una cita. Si tanto la deseas, ve tú.

—¡Oh, querida! Iría, pero resulta que te invitaron a ti, y además me alegra muchísimo.

Suspiré cansada.

—Está bien.

—Vamos a ver qué podemos encontrar en tu guarida del horror.

Zoé comenzó a husmear en mi clóset. Se encontró con mis suéteres y ropa grande que me encantaba llevar a diario porque son cómodos.

No disimulaba su cara de rechazo. Siguió abriendo puertas hasta que se encontró con una sección más femenina de prendas.

—Aquí está, mi armario favorito.

Sonreí.

Prendas muy hermosas que yo misma había comprado aparecieron frente a sus ojos. Comenzó a descolgarlas y observarlas; en verdad eran muy hermosas. A mí me gustaban, por eso las compraba, y solo las usaba para reuniones formales o conferencias, pero el resto de los días me gustaba ir cómoda.

—Me encanta todo lo que tienes —decía Zoé.

—Puedes tomar lo que gustes, ya lo sabes.

—¿Y que creas que soy tu amiga por conveniencia? No, gracias.

—Bien —dije encogiéndome de hombros.

—Bueno, pero si insistes… —se emocionó y tomó una bufanda.

Un día que fuimos de compras, ella la vio, pero se quejó de que era demasiado costosa. Quise regalársela, pero se negó, así que la compré después, le quité la etiqueta y la metí al armario. Jamás la he usado, pero sabía que llegaría el día en el que ella estaría aquí de nuevo, la vería y la querría, solo “porque yo ya no la quiero”.

—Cómo quisiera unos padres que me pagaran todo lo que quiero —suspiró mientras modelaba la bufanda.

—Zoé, vives en el mismo edificio que yo, con las mismas comodidades.

—Oye, yo tengo que ajustarme financieramente para vivir aquí; además trabajo, trabajo mucho.

—Múdate a un lugar más barato —dije para molestarla.

—Eres demasiado mala con tu mejor amiga. —Me torció los ojos—. ¿Ya sabes a dónde irán?

Revisé mi teléfono y, efectivamente, me envió la dirección de un restaurante. Zoé lo buscó en redes, y era sencillo pero lindo.

Ella empezó a hacerme propuestas para ponerme, pero algunas me parecían demasiado. Después de decidir entre las dos, comenzamos a maquillarme y a ponerme más presentable. Mientras estábamos frente al espejo, comenzó a hablar.

—No hables demasiado de tu trabajo.

—¿Por qué?

—Es, ya sabes, un poco aburrido. Habla de otras cosas.

Estreché mis ojos.

—Pero…

—Sssh. Hazme caso. Ya cuando lo atrapes, le hablas de lo que quieras.

Iba a decirle que en la cafetería hablamos de mi trabajo, pero tal vez tenía razón.

Después de un rato estuve lista. La verdad, me veía y me sentía bonita, así que salí con confianza.

Cuando llegué al restaurante, me llegó un mensaje de Zoé a mi teléfono, justo antes de entrar.

“Te estaré esperando esta noche para que me cuentes todo. Te quiero mucho, diviértete.”

Puso unos emojis de diablito y fuegos.

Estaba loca y yo muy cansada, pero podía aguantar, o al menos eso esperaba.

Caminé dos pasos a la entrada del restaurante y choqué con una persona.

Y ahí estaba. Era él.

Llevaba un abrigo largo, de esos que caen rectos y hacen que la espalda se vea más ancha. Debajo, un suéter oscuro, sencillo, sin logos ni nada que llamara la atención. El pantalón era sobrio, bien cortado, y los zapatos limpios, elegantes, pero no de esos que parecen incómodos. Tenía una bufanda enrollada al cuello, no perfectamente acomodada, como si se la hubiera puesto sin pensarlo demasiado. Todo en tonos neutros, oscuros, de invierno.

Era hermoso.

Era Gonzalo.

...****************...

...GONZALO:...

Estaba en la cafetería esperando a Alejandro. Encontré una mesa disponible y me senté.

Minutos después me llamó para avisar que ya venía y me pidió si podía ordenarle un café en lo que llegaba. Así que me levanté un momento para hacerlo. Cuando regresé, me sorprendió ver que mi mesa estaba ocupada, aun cuando había dejado mi maletín y café sobre ella.

—Señorita, esta mesa está ocupada.

Me ignoró.

Me aclaré la garganta y hablé un poco más fuerte.

—Disculpa, pero esta mesa ya está ocupada.

—Disculpa —dijo, sin intención de ceder—, pero estaba vacía cuando me senté.

—El vaso de café y mi maletín deberían decirte que no lo estaba —señalé con la mano.

Ella giró el rostro con rapidez, sin creer lo que le decía, y entonces los vio.

Suspiró apenada.

—Discúlpame —se levantó de inmediato—, no me había dado cuenta. Por favor, toma tu mesa.

Estaba a punto de marcharse cuando la detuve, extendiendo el brazo y dando un paso hacia ella. Fue ahí cuando me atrapó.

Olía muy bien. Tan bien que casi me hizo cerrar los ojos.

—No me molesta compartir —dije—. Además, ya casi me retiro. Solo espero a un amigo. Por favor, siéntate.

Era verdad.

—Gracias.

Se apartó y volvió a sentarse. Yo hice lo mismo.

Ella continuó concentrada en lo suyo, y fue entonces cuando pude detallarla.

Me pareció hermosa. Llevaba el gorro de un enorme suéter gris sobre la cabeza, pero un mechón de cabello castaño, casi rojizo, le caía sobre el rostro. Tenía los ojos grandes, aceitunados, algunas pecas apenas visibles y el arco de su boca formaba un corazón perfecto. En ese momento mordió su labio inferior, me provocando en mí un impulso que hacía mucho no sentía y me removi en el asiento.

Y al parecer lo notó.

—¿Pasa algo?

Su pregunta me tomó por sorpresa. Me tensé, pero no lo demostré.

—Oh, no. Solo me dio curiosidad saber qué es lo que hacías.

A decir verdad, no alcanzaba a distinguirlo ni siquiera en el reflejo de sus gafas, que ajustó antes de responder.

—Es algo de mi trabajo…

—Te ves muy concentrada —comenté—. Debe ser algo fascinante para que te guste tanto y estés tan absorta.

—Sí. Trabajo con datos de un telescopio.

¿Datos de un telescopio? Me sorprendí.

¿Que era, una genio?

—Analizo curvas de luz y fluctuaciones espectrales extremadamente sutiles —continuó, girando el portátil hacia mí mientras señalaba la pantalla con unos dedos que apenas se asomaban del enorme suéter—. Básicamente comparo series temporales, aplico filtros para eliminar interferencias instrumentales y ruido de fondo, y luego busco anomalías que se repiten con cierta periodicidad. Muchas veces son variaciones tan pequeñas que, si no cruzas los datos con modelos estadísticos, pasan completamente desapercibidas. Es un trabajo lento; puedes pasar horas ajustando parámetros hasta que una señal deja de ser solo ruido y empieza a decirte algo real sobre lo que estás observando y…

Entendía las palabras, pero no a qué se refería exactamente.

—Lo siento —dijo, apenada—. Me dejé llevar.

—No tienes nada que disculpar —respondí—. Está bien ser apasionada con lo que uno hace. ¿Por qué no me explicas de nuevo y vemos si puedo entender un poco?

Algo en mí quería saber más de ella.

—Claro —sonrió—. Trataré de ser un poco más simple con los términos.

Sonreí también. Me sentí ligeramente estúpido por no entender, pero no me molestó.

Iba a comenzar a explicarme cuando sonó mi teléfono.

—Un momento —dije antes de contestar—. ¿Qué pasa?

—Oye, uno de los pacientes tuvo una crisis —dijo Alex.

—¿De verdad? —pensé de inmediato en la señora Olga.

—Lograron controlarla, pero necesitamos ir a verla.

—Muy bien. ¿Ya estás aquí?

—Sí, estoy a la vuelta.

—Perfecto, voy para allá.

Colgué.

—Disculpa, debo irme —dije con pesar.

—Adelante.

Pero no quería irme sin verla otra vez.

—Me gustaría invitarte a salir —añadí—. Ver-nos un día para conversar.

—Ah… —la vi dudar.

No iba a presionarla. Tomé una libreta de la mesa; sí, era atrevido, pero tenía que intentarlo.

—No respondas ahora —escribí mi nombre y mi número—. Este es mi número por si te interesatera salir.

Dejé la libreta donde estaba y me despedí.

Salí de la cafetería con pasos apresuradoy casi choqué con Alejandro, que estaba a punto de entrar.

—Mi auto está por acá —dijo—. Vamos.

Caminamos juntos hacia él.

...****************...

Salimos del hospital más tarde; ese día teníamos una conferencia por la tarde.

La crisis se había controlado, Olga estaba sedada y el pasillo había vuelto a su rutina habitual, como si nada hubiera pasado.

Alejandro manejaba. Yo iba en silencio, mirando por la ventana, pensando en la mujer de la cafetería.

—¿Qué te pasa? —preguntó después de unos minutos.

Lo miré mientras él permanecía con la vista al frente.

—Conocí a una mujer.

—¿Dónde? —se sorprendió.

—En la cafetería. —Me encogí de hombros.

—¿Era linda?

—Mucho.

Asintió, sonriendo.

—¿Cómo fue?, ¿cómo te acercaste cuando la viste?

—Me quitó la mesa —dije viendo por la ventana—. Cuidado —dije cuando un auto se nos atravesó.

Alejandro frenó y yo me detuve con la mano.

—Este idiota —maldije cuando el auto pasó.

Alejandro tocó el claxon y le gritó por la ventana.

—¡Fíjate, imbécil!

El otro carro también le tocó el claxon y le gritó algo que no entendí bien.

—No pelees ya —quise tranquilizarlo.

—Pues ese idiota que se anda atravesando, ¿no ves?

—Ya…

Suspiró, enojado.

—Bueno, la mujer… ¿qué más pasó después de que te ganó la mesa?

—Pues eso, literal. Pensó que estaba vacía.

Se rió.

—Pero después le dije que podíamos compartir.

—Eres un… —dijo, como orgulloso por mi jugada.

—¿Y qué te gustó? —preguntó al fin—. Porque algo te gustó.

Pensé en su rostro inclinado sobre el portátil. En sus dedos. En cómo mordió su labio sin darse cuenta.

—Olía bien.

Alejandro giró apenas la cabeza.

—¿Eso es todo?

—No —dije—. Pero fue lo primero que noté.

—¿Traía un buen perfume?

—Sí, tal vez. Olía bien.

—¿Ni siquiera estuvieron tan cerca, o sí?

—No, no tanto.

—No parecía estar intentando gustarle a nadie —añadí—. Y aun así…

Me encogí de hombros.

—Y aun así te dejó pensando.

—Sí.

Alejandro volvió a mirar el camino.

—¿Le pediste el número?

—No. Le dejé el mío.

Sonrió con malicia.

—Eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque ahora no controlas nada.

Miré de nuevo por la ventana.

—Ya lo sé… — Me pase la mano por la frente y Alejandro frunció seño — pero me va a llamar.

O eso espero.

...****************...

Cuando bajamos del auto frente al auditorio, el teléfono vibró en el bolsillo de mi abrigo.

Me detuve un segundo antes de sacarlo. Número desconocido.

Iba a ignorarlo.

Siempre ignoro números desconocidos, pero pensé que tal vez podría ser ella… y eso me hizo responder.

—¿Bueno?

Hubo silencio al otro lado. Apenas una respiración.

—¿Quién habla? —pregunté.

—Gonzalo… —dijo una voz femenina—. Habla la chica que conociste hoy en la cafetería. A la que le diste tu número.

Sonreí sin darme cuenta.

La reconocí de inmediato. El tono de voz tenía esa misma forma un poco insegura al hablar.

—Hola —respondí.

—Eh… hola —repitió ella.

Hubo otro silencio. Me quedé esperando.

—Perdón —dijo de pronto—. Es que no sabía si… si me escuchaste.

Solté una risa baja.

—Sí, te escuché —respondí—. Bastante claro.

Por el ruido de fondo noté que alguien estaba con ella.

—Oye, vamos tarde —dijo Alejandro.

Espera, le indiqué con los labios, sin emitir sonido.

—Yo… —dudó—. Soy Gabriela. Pero puedes decirme Gaby.

Gaby.

Suspiré, complacido. Quiso darme su nombre.

—Mucho gusto, Gaby —dije, despacio.

Volvió a haber movimiento del otro lado. Un forcejeo suave, casi una discusión ahogada.

—Yo… —continuó—. Esto va a sonar raro.

—No pasa nada —respondí—. Dime.

Estaba nerviosa. Se notaba.

Escuché claramente otra respiración, más cerca del teléfono. Alguien más. Ella bajó la voz.

—Es que… tú dijiste que te llamara si alguna vez quería salir.

Asentí, aunque ella no pudiera verme.

—Y… bueno —añadió—. Supongo que esto es eso. Llamarte.

Me apoyé un segundo contra el auto. Alejandro dio una palmada seca contra su muslo; casi de inmediato llevó la mano a la cadera y, con la otra, se frotó el tabique de la nariz, visiblemente impaciente.

—Me alegra que lo hicieras —dije—. De hecho, estoy libre esta noche… si te gusta la idea.

Alejandro me miró indignado. Teníamos planes esa noche, pero sabía que lo entendería.

Ella respondió más rápido de lo que pensé.

—Sí. Sí, me gusta.

Sonreí aún más.

—Perfecto —respondí—. Entonces nos ponemos de acuerdo por mensaje.

Habría querido seguir hablando, pero ya íbamos tarde.

Alejandro hizo un gesto claro, como diciendo por fin cuelgas.

—Está bien.

—Nos escribimos, Gaby.

—Sí… Gonzalo.

Colgó.

Guardé el teléfono y me quedé inmóvil un segundo.

—¿Puedes moverte, por favor? —Alejandro me sacó del trance.

—Ah, sí. Vamos.

Me fui completamente feliz a trabajar.

...****************...

La noche llegó. Sentí que iba tarde, así que me apresuré, pero al llegar, una mujer que esperaba a un lado de la puerta se giró y terminé chocando con ella. No iba a caerse, pero por inercia la tomé de la cintura.

Fue entonces cuando me di cuenta de que era ella. Gaby.

Sonreí.

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