En un mundo donde la luna es testigo de secretos oscuros y los demonios acechan en las sombras, un amor prohibido desafiará el destino.
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Capítulo 09
Se encuentran en un reino lleno de magia.
La transición fue un desgarro en la propia alma. Emara sintió que su cuerpo se convertía en una ráfaga de viento y luego en una piedra pesada que caía al vacío. La mano de Kellan era lo único sólido en un universo de fractales violetas y rugidos de energía. Cuando finalmente el impacto llegó, no fue contra suelo duro, sino contra un manto de hierba que se sentía como seda líquida y que brillaba con una luminiscencia dorada al contacto con su piel.
Emara abrió los ojos y el aliento se le escapó de los pulmones. No estaban en el Bosque Susurrante, ni en las tierras áridas del Abismo que ella imaginaba. Estaban en un lugar donde las leyes de la naturaleza parecían haber sido dictadas por un poeta febril. El cielo no tenía sol, sino que estaba cubierto por nebulosas de colores vibrantes —rosas, turquesas y púrpuras— que giraban lentamente como un río perezoso. Los árboles no eran de madera, sino de un cristal translúcido que resonaba con un tintineo musical cuando la brisa soplaba.
—¿Dónde estamos? —susurró Emara, incorporándose con dificultad. Sus sentidos de loba estaban sobrecargados; el aire olía a ambrosía, a escarcha y a algo que solo podía describir como "tiempo antiguo".
Kellan estaba a unos metros, arrodillado. Sus ojos azules recorrían el paisaje con una mezcla de horror y reverencia. Sus manos temblaban mientras tocaba una de las flores de cristal que crecían cerca de él.
—Es el Aethelgard —dijo su voz, apenas un hilo—. El Reino Olvidado. Mi madre me hablaba de esto en susurros, como si nombrarlo fuera un pecado. Es el origen de los Videntes, el lugar donde la luz de Eloria y la sombra del Abismo se fundieron por primera vez antes de la Gran Separación.
Emara se puso de pie, sintiendo una ligereza extraña en sus extremidades. Al mirar sus manos, notó que sus venas brillaban con un suave matiz plateado. La magia de este lugar estaba entrando en ella, alimentando a su loba interna, que ya no rascaba por salir con furia, sino que ronroneaba con una paz que nunca había experimentado.
—Es hermoso —dijo Emara, acercándose a él—. Parece un sueño.
—No te dejes engañar, loba —Kellan se levantó, recuperando su máscara de cautela, aunque su mirada seguía perdida—. La belleza aquí es una forma de estasis. Este reino fue sellado porque su poder era demasiado puro para ser contenido por manos mortales o demoníacas. Si estamos aquí, es porque el Corazón del Abismo nos reconoció como sus legítimos herederos. Pero el equilibrio es frágil.
Caminaron por un sendero de piedra blanca que serpenteaba hacia una ciudad de torres de marfil y obsidiana que flotaba sobre un lago de mercurio. Mientras avanzaban, Emara sentía que el vínculo entre ellos se volvía casi tangible, una cuerda de oro y sombra que pulsaba con cada uno de sus pasos.
—Kellan —dijo ella, rompiendo el silencio que solo era interrumpido por el canto de los árboles de cristal—, lo que dijiste antes del portal... sobre tu madre y sobre nosotros. ¿De verdad crees que somos lo mismo?
Kellan se detuvo y la miró. En este reino, su apariencia demoníaca parecía suavizarse; las runas de su piel no parecían quemaduras, sino grabados decorativos.
—Mírate, Emara. En tu mundo, eres una cazadora, una hija obediente, un arma del clan. Pero aquí... aquí eres una manifestación de la fuerza vital. Yo soy un príncipe de un reino de muerte que anhela la vida. Tú eres una criatura de vida que lleva la muerte en sus garras. No somos opuestos, somos complementos. Lo que el mundo llama "monstruo" o "enemigo" son solo etiquetas para lo que no pueden controlar.
Emara sintió un nudo en la garganta. Por primera vez en sus veinticinco años, no se sentía obligada a elegir entre ser humana o ser loba. Aquí, era simplemente Emara.
—Tengo miedo de que, si cerramos la grieta, esta sensación desaparezca. Tengo miedo de volver a ser solo la "hija de Tibor".
—Nunca volverás a ser solo eso —dijo Kellan, y su mano buscó la de ella, entrelazando sus dedos con una firmeza que prometía eternidad—. Porque ahora sabes que el universo es más grande que tu aldea y que tu corazón es capaz de albergar la oscuridad sin consumirse.
Llegaron a la orilla del lago de mercurio. En el centro, una figura los esperaba. No era un segador, ni un monstruo. Era un hombre de apariencia noble, vestido con una túnica que parecía tejida con la luz de las estrellas. Tenía el cabello blanco como la nieve y ojos que contenían la sabiduría de milenios.
—Bienvenidos, hijos del conflicto —dijo el hombre. Su voz no venía de su boca, sino que resonaba directamente en sus mentes, dulce y autoritaria a la vez.
—¿Quién eres? —preguntó Kellan, dando un paso al frente y protegiendo parcialmente a Emara con su cuerpo.
—En vuestras leyendas, me llaman Astor —respondió el hombre con una sonrisa triste—. Fui el último arquitecto de este reino antes de que vuestras razas decidieran que el odio era más sencillo que la coexistencia. He esperado mucho tiempo para que el Ancla y la Llave regresaran a casa.
Emara sintió que el corazón le daba un vuelco. Astor era un nombre que los ancianos mencionaban en las oraciones más antiguas, un ser que se decía que había ayudado a la Luna a crear a los primeros licántropos.
—¿El Ancla y la Llave? —repitió Emara—. ¿Te refieres a nosotros?
—Así es, pequeña loba —dijo Astor, extendiendo las manos—. Pero no habéis venido aquí solo para admirar el paisaje. Habéis venido porque el tejido de la realidad se está deshaciendo, y solo la verdad puede remendarlo. Sin embargo, la verdad tiene un precio que muchos no están dispuestos a pagar.
Kellan apretó la mano de Emara. —¿Qué precio?
Astor suspiró, y el lago de mercurio comenzó a agitarse, mostrando imágenes en su superficie.
—La traición que dio origen a vuestra guerra no fue un accidente. Fue un pacto. Y para salvar vuestro futuro, debéis enfrentaros al hombre que comenzó todo.
De las sombras detrás de Astor, una figura comenzó a materializarse. No era un ser de este reino, sino alguien que Emara reconoció al instante, alguien cuya sola presencia hizo que su sangre se congelara. Era un hombre alto, de hombros anchos y mirada severa, vestido con las pieles de su clan.
—¿Padre? —susurró Emara, con la voz rota por la incredulidad.
Pero no era exactamente Tibor Alarcón. Era una sombra de él, una manifestación de su esencia que emanaba un odio tan antiguo y puro que hizo que el cielo del Aethelgard se oscureciera.
Un enemigo inesperado aparece.