Valeria sobrevive a un matrimonio gélido refugiándose en un cuarto secreto, donde plasma en lienzos los sueños húmedos que tiene con un hombre desconocido que la adora. Tras descubrir la cínica traición de su esposo, el dolor se transforma en una sed de venganza diseñada con la precisión de una obra de arte. En esta batalla por su amor propio, la línea entre la fantasía y la realidad se rompe cuando el hombre de sus pinturas aparece frente a ella, desatando un deseo prohibido que podría ser su salvación o su ruina.
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capitulo 11
El aire gélido de Nueva York golpeaba los cristales del antiguo depósito en el Upper East Side, pero adentro el calor era asfixiante. Valeria se quitó el abrigo de lana fina, sintiendo todavía el temblor en las manos tras haber frenado la demolición. Julián había intentado pasar por encima de ella, enviando las máquinas al edificio de arte que era su único refugio, su propiedad absoluta. Adrián la esperaba entre las sombras del almacén, rodeado de cajas de seguridad y planos que nadie más conocía.
—Ese edificio es mío, Adrián. No es de la familia, no es de la empresa... es el legado que mi padre puso a mi nombre antes de morir y no voy a permitir que ese imbécil lo convierta en un complejo de condominios —dijo ella, con la voz cargada de una furia que la hacía ver más poderosa que nunca.
Adrián no dijo nada, simplemente acortó la distancia y la tomó por la nuca con una fuerza que mezclaba protección y deseo. En ese escondite secreto, lejos del ruido de Manhattan y de las sospechas de su propia novia, ambos se entregaron a un encuentro físico intenso y desesperado. Fue una celebración salvaje por haberle ganado el primer asalto a Julián; un pacto sellado con fuego sobre el suelo frío de aquel depósito. 😈
Poco después, Valeria caminó sola por las calles de Nueva York hasta llegar a la oficina del Dr. Mendoza. El abogado la recibió con un sobre que contenía las cláusulas ocultas del testamento. Mientras revisaba los folios, Valeria sintió un escalofrío: su padre había dejado una trampa legal que solo ella podía activar. Si Julián intentaba dañar cualquier bien personal de ella, perdía automáticamente el derecho a manejar los hoteles y restaurantes. El abogado la miró a los ojos y le confirmó que tenía el poder para hundirlo, pero debía ser una ejecución quirúrgica, una caída lenta que lo dejara sin nada antes de que se diera cuenta del golpe.
Mientras tanto, en el lujoso ático de la Quinta Avenida, Julián estrellaba un vaso de cristal contra la chimenea. Estaba lívido porque Adrián le había desobedecido frente a los contratistas, bloqueando la demolición. Beatriz se acercó a él por la espalda, deslizándole las manos por los hombros para calmar la bestia que Julián llevaba dentro.
—Si no pudimos tumbar el museo por la fuerza, lo haremos por el fango, Julián —susurró Beatriz contra su oído, cargando sus palabras de veneno—. Vamos a falsificar los registros de los hoteles. Mañana mismo empezaremos a mover fondos de tal forma que cuando la auditoría llegue, sea el nombre de Valeria el que aparezca en los desvíos. Ella irá a la cárcel y nosotros nos quedaremos con todo.
La rabia de Julián se transformó en un deseo oscuro y posesivo. Se besaron con una intensidad prohibida, alimentada por la ambición de robarle a Valeria hasta el último centavo de su herencia. El picante de su aventura se mezclaba con la adrenalina de la estafa que estaban cocinando, creyéndose dueños de un destino que ya no les pertenecía.
Al final del día, bajo el cielo gris del cementerio donde descansaban sus padres, Valeria se detuvo frente a la lápida familiar. El viento le azotaba el rostro, pero su mirada estaba fija.
—Él fracasó hoy, papá. El edificio sigue en pie y es mío —prometió en un susurro cargado de determinación—. El abogado me dio el arma que me faltaba. No voy a permitir que este legado desaparezca por culpa de ese impostor y de la mujer que me vendió. Voy a hacer justicia y les juro que voy a recuperar cada pedazo de mi vida.
Valeria se ajustó el abrigo y caminó hacia su limusina. La guerra por el imperio de Nueva York apenas estaba comenzando y ella ya no estaba dispuesta a perder.