En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
La verdad ante él
A la mañana siguiente, Mariana se presentó ante el palacio antes de que la mayoría de la corte despertara. Llevaba un vestido sencillo de color azul oscuro, sin joyas excepto el collar de perlas que siempre llevaba, y el rostro sereno, aunque por dentro sentía que cada paso pesaba como plomo. No era miedo lo que sentía, sino la necesidad de saber con certeza de qué lado estaba el hombre que le había prometido escucharla. Si se equivocaba al confiar en él, no solo perdería sus tierras, sino también el honor y la seguridad de toda su familia. Respiró hondo, enderezó la espalda y cruzó el gran portal de piedra como quien entra en batalla, sabiendo que no portaba espada, sino solo la verdad y su dignidad.
El guardia de la entrada la miró con sorpresa, pero al decir su nombre y que esperaba respuesta a una nota enviada días atrás, asintió y la condujo por pasillos silenciosos hasta una antesala pequeña pero bien iluminada. Las paredes estaban revestidas de madera de roble oscuro y en las estanterías descansaban volúmenes antiguos encuadernados en cuero. El aire olía a cera, a libros viejos y a la brisa que entraba por la ventana entreabierta.
—El Gran Duque la recibirá en unos momentos —dijo el sirviente con una reverencia—. Espere aquí, por favor. No tardará.
Mariana asintió y caminó hacia la ventana. Desde allí vio los jardines del palacio todavía bañados por la luz suave del amanecer, donde los jardineros comenzaban su trabajo en silencio. Le pareció curioso que en medio de toda esa grandeza, aquel pequeño rincón se sintiera tan tranquilo, casi solitario. Se preguntó con qué clase de vida vivía Roberto Cáceres, rodeado de poder pero quizás también de mucha soledad. Esa idea la hizo sentir una inesperada empatía hacia él, aunque apenas se conocieran.
Pasaron unos minutos que le parecieron eternos. Cada minuto de silencio le daba tiempo para dudar: ¿debía estar allí? ¿No pensaría él que lo acosaba? ¿Acaso Peredo tenía razón y ella estaba fuera de lugar en aquel lugar donde las mujeres solo eran decoración? Pero entonces recordó a Lucas, a Andrés, a Claudia, y su determinación se fortaleció. No estaba allí por capricho. Estaba allí por quienes amaba.
La puerta se abrió y Roberto entró. No llevaba su capa ceremonial ni su espada. Vestía una túnica oscura de buena tela pero sencilla, con los bordes apenas bordados en hilo de plata, y en las manos sostenía dos pergaminos sellados. Se detuvo al verla, y por un instante el silencio llenó la habitación. No había en su rostro la distancia protocolaria de la corte. Solo había seriedad, y algo más: una preocupación contenida, como si hubiera estado pensando en ella mucho antes de que ella cruzara su puerta.
—Gracias por recibirme, Gran Duque —dijo ella, haciendo una reverencia breve pero digna, sin apartar la mirada de él.
—Le dije que lo haría —respondió él con voz grave, y señaló los sillones frente a la ventana—. Siéntese, Doña Mariana. Tenemos mucho de qué hablar, y prefiero hacerlo sin testigos. Ni siquiera las paredes deben escuchar todo lo que diremos hoy.
Ambos tomaron asiento frente a frente, separados solo por una mesa pequeña de madera tallada. Roberto extendió los pergaminos sobre ella con cuidado, como si fueran objetos delicados pero engañosos.
—Primero, quiero que escuche esto con atención —comenzó él, inclinándose ligeramente hacia adelante—. Raúl Peredo presentó estos documentos ante el Consejo tres días atrás. Afirman que las tierras en disputa fueron entregadas a su antepasado por un emperador de hace ciento cincuenta años. El sello parece auténtico. La tinta también. Los expertos del Consejo no han encontrado signos evidentes de falsificación. Por eso muchos están dispuestos a creerle sin más preguntas. Sin embargo… —hizo una pausa y la miró fijamente a los ojos, con una sinceridad que no dejaba lugar a dudas—, yo no he firmado nada. No he dado mi visto bueno. Y no lo haré sin escucharla a usted primero. Los rumores que dicen que ya los aprobé son falsos. Alguien los ha esparcido a propósito para que usted pierda tiempo, pierda confianza y se sienta acorralada antes de siquiera poder defenderse. Peredo sabe que la mejor mentira es aquella que se cuenta antes de que la verdad tenga tiempo de salir.
Mariana soltó el aire que había estado conteniendo durante días. No estaba contra ellos. Pero la situación era mucho más peligrosa de lo que imaginaba. Si los documentos parecían genuinos, entonces la falsificación había sido hecha con extremo cuidado, y Peredo contaba con aliados influyentes dentro de las propias instituciones del Imperio.
—¿Quién podría haber dicho tal cosa, sino alguien muy cercano al Consejo mismo? —preguntó ella con calma, aunque su mente ya trazaba el mapa de sus enemigos—. Peredo no actúa solo. Tiene cómplices dentro del palacio. Gente que le filtra información, que habla por él cuando no está presente y que prepara el terreno antes de que él mismo aparezca. Si logran confundirnos y hacernos dudar el uno del otro, ya habrán ganado la mitad de la batalla.
—Lo sé —dijo Roberto, y por primera vez se le veía realmente cansado, como si llevara esa carga mucho tiempo—. Damián Ledesma es su principal aliado en la corte. Tiene parientes en puestos importantes, amigos en el cuerpo de archivos y oídos en cada pasillo. No puedo apartarlo sin pruebas contundentes, porque si lo hago sin fundamento, parecerá que yo soy quien abusa de su poder. Pero puedo vigilarlo. Y puedo protegerla a usted mientras esté en la capital. Sin embargo, necesito algo más que su palabra, Mariana. Necesito pruebas que contrarresten las suyas. Si no las tenemos, dentro de dos semanas el Consejo podría fallar en su contra, y una vez hecho, será muy difícil revertir la decisión.
—Las pruebas existen —respondió ella con firmeza, inclinándose también hacia él—. Están en el archivo familiar de Monteluna, guardadas en un cofre de hierro que solo yo conozco. Un contrato firmado por ambas familias hace ochenta años donde se reconocen claramente los límites y se establece que esas tierras fueron compradas legítimamente por mi esposo. También hay testigos: familias que han vivido en esas tierras por generaciones, que pagaron sus tributos al ducado y que pueden atestiguar que siempre han pertenecido a los Mancilla. Solo necesito tiempo para enviarlas a buscar y traerlas aquí sin que nadie las destruya en el camino.
Roberto asintió lentamente, evaluando cada palabra.
—Le daré ese tiempo. Pero no será fácil. Peredo vigila las salidas de la ciudad. Si sospecha que buscan pruebas, intentará interceptar a quien vaya por ellas. Le sugiero que envíe a alguien de su absoluta confianza, alguien que no llame la atención, que viaje sin prisa y por caminos poco frecuentados. Y si necesita protección para esa persona, dígamelo sin dudarlo. Me encargaré de que llegue a salvo y regrese sin contratiempos. Mi guardia personal puede acompañar discretamente, sin que nadie lo note.
Mariana sintió una calidez inesperada en el pecho. No era solo ayuda oficial; era genuina preocupación por su seguridad y la de los suyos. En un mundo donde casi nadie se preocupaba por nadie sin esperar algo a cambio, esa sinceridad le llegó al alma.
—Le agradezco profundamente, Gran Duque. Enviaremos a Teresa. Es discreta, leal desde que éramos niñas y conoce cada rincón de nuestras tierras como si fueran suyos. Nadie sospechará de una mujer que viaja con un par de sirvientes para visitar a familiares. Pero aceptaré su ofrecimiento de protección. Que dos de sus hombres vayan disfrazados de comerciantes cerca de ella. Así, si algo ocurre, estarán allí sin revelar que los envía usted.
—Así se hará —dijo él, y escribió rápidamente unas líneas en un trozo de pergamino que le entregó sellado con su anillo—. Esto es el salvoconducto firmado por mí mismo. Nadie se atreverá a detenerla si lo muestra. Y si alguien lo intenta, que diga que viene en mi nombre. Que parta al amanecer. Cuanto antes tenga lo que necesita, antes podremos poner fin a esta pesadilla.
Se levantó, indicando que la audiencia llegaba a su fin, pero al despedirse, él se detuvo un instante más de lo necesario, como si quisiera decir algo que se quedó atrapado entre sus labios. Finalmente, solo dijo con voz más suave, casi en un susurro:
—Tenga cuidado, Doña Mariana. No solo por lo que ocurre con las tierras. Peredo es capaz de cualquier cosa cuando siente que pierde terreno. Y usted… usted es la pieza clave de esta defensa. Es más valiosa de lo que cree, y eso la convierte también en más vulnerable. Cuídese mucho. Por favor.
—Lo haré. Y muchas gracias por creer en nosotros cuando tantos otros ya nos habrían juzgado.
—No creo en usted por amistad, sino por justicia —dijo él, aunque sus ojos la miraban con una intensidad que iba mucho más allá del deber oficial—. Ahora vaya. Y que el cielo la acompañe en cada paso que dé.
Cuando Mariana salió del palacio, el sol ya estaba más alto y el aire de la mañana se sentía fresco y renovador. No tenía la victoria asegurada, pero sabía que no estaba sola. Y en un lugar donde la mayoría solo buscaba su propio beneficio, saber que había alguien en una posición de poder que valoraba la verdad por encima de todo… eso era más valioso que cualquier documento antiguo. Sin embargo, en el fondo de su corazón, una pequeña vocecita le decía que el interés de Roberto Cáceres iba mucho más allá del deber. No era solo justicia lo que lo movía. Y aunque intentó apartar ese pensamiento diciéndose a sí misma que solo era agradecimiento, volvió a ella una y otra vez durante todo el camino de regreso a la residencia, haciéndole sentir que algo había cambiado irremediablemente entre los dos, algo que ninguno de los dos se atrevía todavía a nombrar.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
.