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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7: Cenizas y diamantes

El rumor en el salón se extinguió como una vela soplada por el viento.

Los fotógrafos en el borde de la pista bajaron las cámaras un segundo, descolocados por la tensión que emanaba de cada zancada de Alexander Foster. Los ministros y embajadores disimularon su interés dando sorbos a sus copas, pero nadie apartó la vista. En la alta sociedad, nada cotizaba tan alto como la sangre fresca de un escándalo entre titanes.

Elena sintió la presencia de Alexander antes de que él se detuviera a dos pasos de ellos. La rigidez en el aire, esa electricidad cargada de tormenta que siempre lo precedía, era inconfundible. Sin embargo, no bajó la barbilla. Mantuvo su postura impecable, con los dedos reposando sobre el antebrazo de terciopelo de Bastián.

—Elena —dijo Alexander.

Su voz sonó ronca, raspada por la furia contenida y un desespero que no lograba camuflar detrás de su traje a medida. Tenía los ojos oscuros clavados en ella, ignorando al resto del mundo, incapaz de apartar la mirada de la curva de su cuello y del brillo esmeralda de sus pendientes.

—Señor Foster —respondió Elena con una serenidad exasperante, modulando cada sílaba con la cortesía aséptica de quien atiende a un extraño—. Creí que la logística aeronáutica no participaba de los paneles de biotecnología avanzada.

Alexander apretó los puños a los costados.

—Necesito hablar contigo. A solas. Ahora.

Bastián Vance dio medio paso al frente con una lentitud casi perezosa, interponiendo su hombro sólido entre Alexander y Elena. Su estatura igualaba la de Alexander, pero la diferencia en el aplomo era abismal: Bastián dominaba el espacio con la calma soberana de un rey, mientras que Alexander ardía como un volcán a punto de estallar.

—Foster —intervino Bastián, con ese acento aterciopelado que cortaba más que una navaja—. Creí haberle explicado anoche que las interrupciones impertinentes son de pésimo gusto. La doctora Morel está conmigo. Y francamente, no creo que tenga el menor interés en concederle audiencias privadas en medio de su noche de triunfo.

Alexander desvió la mirada hacia Bastián con una hostilidad salvaje.

—No te metas en esto, Vance. Esto es entre Elena y yo.

—No, Alexander, te equivocas —habló Elena, dando un paso al costado para quedar al nivel de ambos, con la mirada ardiendo en un verde penetrante—. No hay ningún «tú y yo». Lo que alguna vez hubo quedó archivado en una secretaría de tribunales el martes por la mañana. Tú lo firmaste con una sonrisa, ¿lo recuerdas? Si tienes algún asunto corporativo sobre las patentes o las rutas de carga, habla con mi buffet de abogados.

—¿De verdad vas a dejar que este tipo hable por ti? —escupió Alexander, dolido por el rechazo público, intentando herirla donde antes le dolía—. ¿Vas a regalarle el trabajo de tus padres a un conglomerado extranjero solo para darme una lección?

Elena soltó una risa seca, breve y musical, que resonó clara entre los invitados más cercanos.

—¿Darte una lección a ti? Alexander, tu ego sigue siendo peligrosamente más grande que tu cerebro. Bastián no habla por mí; Bastián invierte en mí. Ha financiado los laboratorios de fase tres sin pedirme una sola acción a cambio y comprende la genética molecular mejor que la mitad de los directores de este país. Él no me ve como un trámite ni como un objeto que se guarda en un cajón.

Hizo una pausa deliberada, recorriéndolo con una mirada de arriba abajo tan demoledora que Alexander sintió el ardor en carne viva.

—No te confundas. Esto no es para darte una lección. Esto es, simplemente, que por fin tengo a mi lado a un hombre que está a mi altura.

Un carraspeo incómodo recorrió el círculo de curiosos. El rostro de Alexander palideció primero y se encendió en llamas después. Las palabras de Elena cayeron como ácido sobre su orgullo; jamás en toda su vida nadie lo había reducido a tan poca cosa con tanta elegancia y frialdad.

En ese instante, la orquesta de cámara en el estrado principal cambió de movimiento, dando inicio a las notas majestuosas de un vals vienés que invitaba a las parejas principales a abrir la pista de baile.

Bastián, sin perder un ápice de compostura, se giró hacia Elena, haciendo caso omiso de la presencia de Alexander. Le ofreció una mano enguantada con una inclinación perfecta.

—¿Me concede esta pieza, doctora Morel?

Elena sonrió, y el cambio en sus facciones fue radical: el hielo desapareció de sus ojos, reemplazado por un destello cálido y desafiante.

—Será un placer, señor Vance.

Bastián la tomó de la cintura y la condujo al centro del salón bajo la cúpula dorada, dejando a Alexander plantado en medio del pasillo como un espectador insignificante.

Alexander quiso seguirlos, quiso arrancarla de los brazos de ese hombre a la fuerza, pero la mirada severa de dos miembros del cuerpo diplomático y el murmullo reprobatorio de la sala se lo impidieron. Se quedó inmóvil, tragándose su propia bilis, mientras la música envolvía la pista.

Lo que siguió fue una tortura refinada.

Elena se movía con una gracia natural fascinante. El satén rojo de su vestido flotaba como una llama viva a cada giro, deslizándose sobre el mármol con una ligereza que parecía desafiar la gravedad. Bastián la guiaba con maestría impecable, con una mano firme y protectora en la parte baja de su espalda y la otra sosteniendo sus dedos con una reverencia casi palpable.

—Tienes una puntería quirúrgica para destruir hombres poderosos —murmuró Bastián cerca de su oído mientras giraban bajo los candelabros de cristal.

Elena levantó la vista, encontrándose con esos ojos azul plata que la miraban con una admiración tan limpia y voraz que le cortó la respiración.

—Solo le devolví una pequeña fracción de lo que me hizo tragar durante años —respondió ella, intentando mantener la voz firme, aunque la cercanía del pecho de Bastián le enviaba descargas eléctricas por todo el cuerpo.

—Se lo merecía —susurró él, acortando apenas la distancia entre sus rostros al compás de la música—. Pero no pienses en él esta noche. Mírame a mí, Elena.

El pedido sonó tan íntimo, tan cargado de una verdad desarmante, que Elena no pudo evitar obedecer. Clavó sus ojos en los de él. Sentir el perfume amaderado de Bastián, su pulso sereno contra su palma y la forma en que él la sostenía —como si fuera lo más valioso y frágil del universo, pero al mismo tiempo la reina más temible— le provocó un vuelco en el estómago.

Era un latido distinto al viejo capricho infantil que había tenido por Alexander. Esto era real. Era una atracción madura, peligrosa, que empezaba a echar raíces en su piel. Por un instante, Elena se permitió apoyarse un poco más en su hombro, dejándose llevar por el vals, olvidando la tragedia, los juicios y la soledad.

En una esquina de la galería superior, apoyado contra la barandilla con un vaso de licor que ni siquiera probaba, Alexander lo vio todo.

Vio cómo Elena apoyaba la cabeza cerca del cuello de Bastián. Vio cómo sonreía con los ojos cerrados, entregada al ritmo, confiando plenamente en ese hombre que no era él.

Cada giro de la pareja era una puñalada directa a su corazón. Por primera vez en sus veintiséis años, Alexander Foster no sentía la fría superioridad del dinero. Sentía un vacío desolador, una soledad asfixiante que amenazaba con ahogarlo. El dinero, los jets privados, los rascacielos... nada de eso servía para comprar el calor de una mirada que él mismo había pisoteado por soberbia.

Cuando la pieza terminó entre aplausos ensordecedores, Elena se disculpó con Bastián con una sonrisa radiante, señalando que necesitaba tomar un poco de aire fresco en la terraza este antes del anuncio oficial del consorcio.

Alexander no esperó. Dejó el vaso en una bandeja y bajó las escaleras laterales como una sombra, cortando camino por los pasillos interiores del palacio.

Elena salió a la terraza solitaria. La noche estaba fresca y el viento movía suavemente las copas de los árboles del parque circundante. Apoyó las manos desnudas en la barandilla de piedra, suspirando, dejando que el frío calmara el ardor en sus mejillas y la agitación de su corazón, todavía confundido por la intensidad de lo que había sentido bailando con Bastián.

—Elena.

Ella no se sobresaltó. Ya había aprendido que la sombra de Alexander no se disipaba tan fácil.

Se dio la vuelta lentamente, cruzándose de brazos sobre el pecho para protegerse de la brisa, mirándolo con un cansancio evidente.

—¿No te cansas de humillarte, Alexander?

Alexander avanzó por la terraza en penumbra. Ya no había rastro del hombre petulante del club Vértigo. Tenía la pajarita deshecha, la camisa abierta en el primer botón y una palidez enfermiza en el rostro. Pero lo que más llamó la atención de Elena fue su mano derecha, cerrada en un puño tembloroso frente a su pecho.

—Sé lo que dije en ese club —comenzó Alexander, con la voz quebrada, dando un paso más hacia ella—. Fui un idiota ciego, un imbécil que intentaba actuar como el gran tiburón frente a tipos que no valen nada. Pero te juro por la memoria de tu padre que no quise decir eso.

Elena negó con la cabeza, sonriendo con una lástima demoledora.

—Sí quisiste decirlo, Alexander. Lo dijiste porque eso era exactamente lo que pensabas de mí. Porque durante diez años fui para ti un bicho raro, una molestia que te traía té y que te salvó la vida en una selva donde casi te orinas del miedo.

El reproche le dio de lleno en la llaga, pero Alexander no retrocedió.

—Te equivocaste en algo allá adentro —dijo él, con los ojos empañados por una desesperación cruda—. Dijiste que lo que hubo entre nosotros se guardó en un cajón el martes. Pero no empezó el martes. Ni hace cinco meses cuando firmamos el matrimonio. Empezó hace cinco años, en la pista de aterrizaje donde me despediste.

Alexander abrió la palma de su mano temblorosa frente a los ojos de ella.

Bajo la luz plateada de la luna descansaba el pequeño amuleto de resina transparente.

La pequeña hoja verde de la Catharanthus que ella le había regalado a los dieciséis años, encapsulada para que nunca se marchitara. El cordón de cuero estaba desgastado por el uso, con los bordes pulidos de haber sido llevado en el bolsillo interior de cada uno de sus sacos durante cinco años alrededor del mundo.

Elena se quedó paralizada. El aire se le congeló en los pulmones.

—Nunca lo tiré —susurró Alexander, con la voz rota, dando un paso desesperado hacia ella hasta quedar a escasos centímetros—. Estuvo conmigo en cada vuelo, en cada junta en Londres, en Tokio, en Nueva York. Cuando tenía miedo de fracasar, tocaba esta maldita hoja porque me recordaba que una niña flaca con anteojos creyó que yo valía la pena salvarme.

Una lágrima solitaria brilló en los ojos grises de Alexander antes de perderse en su mandíbula apretada.

—Fui un cobarde, Elena. Me aterraba admitir que la única persona que me conocía de verdad no necesitaba mi dinero para amarme. Perdóname. Te lo suplico... vuelve conmigo. Déjame demostrarte que puedo ser el hombre que mereces. Deshaz el trato con Vance. Ven a casa.

Por un segundo, una fracción de segundo casi imperceptible, el corazón de Elena latió con la vieja herida del pasado. Vio al muchacho asustado de la cueva, vio el amuleto gastado que ella misma había pulido con lágrimas en sus noches de adolescente. El dolor fue agudo, pero duró lo que dura un parpadeo.

Elena bajó la vista hacia el amuleto, luego la levantó hacia los ojos suplicantes de Alexander. No había odio en su rostro; solo una tristeza limpia y definitiva.

Estiró la mano, tomó el amuleto de la palma de él y lo apretó un instante entre sus dedos tibios.

—La niña que te dio esto murió en la carretera junto a sus padres, Alexander —dijo ella con una suavidad aterradora—. Esperó cinco años una llamada, una carta, un mensaje tuyo que nunca llegó. Y cuando por fin la obligaron a casarse contigo, la dejaste encerrada en una casa vacía mientras te reías de su cuerpo en una discoteca.

Elena dio un paso atrás, abrió la mano sobre la barandilla de piedra de la terraza y soltó el amuleto.

El pequeño colgante de resina cayó en el abismo oscuro del parque, perdiéndose para siempre entre las ramas y la maleza de abajo.

—No soy una hoja seca para adornar tu culpa —sentenció Elena, clavándole una última mirada de hielo—. Llegaste cinco años y un divorcio tarde.

El sonido de unos pasos firmes sobre las baldosas rompió el silencio antes de que Alexander pudiera reaccionar.

Bastián apareció en el umbral de la terraza. Llevaba sobre los brazos una estola de piel negra para proteger a Elena del viento. Miró a Alexander con desdén gélido y luego se acercó a ella, colocándole la prenda sobre los hombros con una delicadeza exquisita.

—Nos esperan en el atril principal, doctora Morel —dijo Bastián, ofreciéndole su brazo—. El ministro de salud va a anunciar nuestra sociedad internacional.

Elena se envolvió en el abrigo, respiró el aroma reconfortante de Bastián y apoyó la mano en su antebrazo sin titubear.

—Vamos, Bastián —dijo ella, dándole la espalda a Alexander sin volver a mirarlo—. No hagamos esperar al futuro.

Caminaron juntos hacia la luz del salón, dejando a Alexander Foster solo en la penumbra de la terraza, con la mano vacía extendida sobre el vacío, sintiendo cómo el viento helado de la noche le desgarraba el alma mientras comprendía que el perdón que suplicaba ya no existía en ningún rincón del mundo.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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