Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Sombras en Mayfair
La niebla de Londres se arremolinaba alrededor de las farolas de hierro forjado en Berkeley Square, tiñendo el atardecer de Mayfair con un tono ámbar y melancólico. El agua caía en un murmullo constante sobre los adoquines húmedos, reflejando el paso silencioso de los Bentley y los carruajes ejecutivos que circulaban por el distrito más exclusivo de la capital británica.
Apostado en la acera de enfrente, resguardado bajo el toldo oscuro de una galería de arte cerrada, Andrew Prescott permanecía inmóvil.
Llevaba un abrigo largo de lana negra cortado a medida, la solapa alzada contra el viento helado y las manos hundidas en los bolsillos. Su jet privado había tocado tierra en Farnborough apenas tres horas antes, pero no se había molestado en registrarse en la suite reservada en The Savoy, ni en convocar a la filial londinense de Prescott Global.
Tenía los ojos fijos en las imponentes puertas de caoba y bronce del número 14: la sede corporativa de St. James Capital.
Durante cinco años, cada informe financiero, cada sospecha y cada pista falsa lo habían conducido a callejones sin salida. Había dormido con el certificado de Nevada en la caja fuerte de su ático y con la herida abierta en el pecho, convencido de que Antonella Belmont se había desvanecido en el aire por culpa de su propio juego arrogante. Había sido él quien compró un taxi destartalado. Había sido él quien le ocultó su verdadero nombre. Y había sido él quien la dejó marchar con diez mil dólares de humillación sobre la mesita de noche.
A las cinco y quince de la tarde, las pesadas puertas del edificio financiero se abrieron.
Un grupo de socios y directores salió al rellano de piedra conversando en voz baja. Y en medio de ellos, descendiendo los peldaños con la seguridad aplastante de quien domina el tablero, apareció ella.
A Andrew se le congeló el aire en la garganta.
Antonella ya no era la muchacha impulsiva y acorralada que se había arrojado frente al capó de su auto en Wall Street. Vestía un impecable traje sastre de dos piezas en lana gris marengo, un abrigo de corte recto color camello sobre los hombros y tacones oscuros que golpeaban el suelo con un ritmo firme y acompasado. Llevaba el cabello castaño recogido en un moño pulcro con mechones suaves enmarcando un rostro que el tiempo no había marchitado, sino esculpido con una belleza deslumbrante y fría.
Se despidió de dos altos ejecutivos con una inclinación de cabeza precisa, una sonrisa protocolar que no llegaba a los ojos y una elegancia tan aristocrática que hacía que el resto de las personas a su alrededor parecieran sombras desdibujadas.
Andrew sintió un martilleo salvaje en las sienes. El impulso primitivo de cruzar la calle, tomarla del brazo y arrastrarla hacia su vehículo para recordarle la noche en que le arañó la espalda en el desierto casi vence su autocontrol.
Sin embargo, algo lo detuvo.
Antonella no caminó hacia la parada de taxis ni hacia un automóvil privado de la empresa. Giró a la derecha, adentrándose en el pequeño parque arbolado del centro de la plaza. Caminaba más rápido ahora, y la armadura de ejecutiva implacable comenzó a desmoronarse con cada metro: sus hombros se relajaron, guardó la tableta en su bolso y una sonrisa genuina, radiante y luminosa transformó por completo sus facciones.
Andrew cruzó la calle sin hacer ruido, manteniéndose a una distancia prudencial entre los setos húmedos y los árboles deshojados.
En un banco de madera pintada de verde, resguardada bajo un paraguas amplio, Bianca terminaba de cerrar un termo de té caliente. Y a su lado, saltando sobre el borde de piedra de un cantero con la destreza de un felino, había un niño pequeño.
Andrew se detuvo en seco. Los músculos de su espalda se tensaron hasta doler.
—¡Mami! —el grito infantil, nítido y cargado de júbilo, resonó bajo los árboles.
El niño echó a correr a toda velocidad sobre el sendero de grava, con una bufanda de lana roja ondeando detrás de su chaquetón azul marino.
Antonella soltó el bolso sobre el césped, se arrodilló sobre los adoquines húmedos sin importarle arruinar el traje de diseño y abrió los brazos de par en par. El niño se estrelló contra su pecho con una risa sonora que cortó la llovizna. Ella lo levantó en el aire con un esfuerzo cariñoso, llenándole la mejilla de besos mientras el pequeño se retorcía divertido, abrazándole el cuello con una familiaridad absoluta.
—Patrick, mi amor... cuidado con el agua —lo reprendió Antonella entre risas, bajándolo despacio al suelo mientras le acomodaba la bufanda con manos protectoras—. ¿Te portaste bien con la tía Bianca?
—Compré un pastel de manzana y le gané dos partidas de damas en la tienda —declaró el niño con una voz llena de suficiencia y orgullo—. Te dije que mi estrategia era mejor.
Andrew no podía apartar la vista.
El mundo entero pareció perder el sonido. La respiración se le volvió un silbido sordo en el pecho mientras avanzaba un paso más hacia la luz tenue de la farola.
El niño se giró para mostrarle algo a su madre, y su rostro quedó completamente iluminado.
El impacto golpeó a Andrew con la fuerza destructiva de una colisión frontal.
No hacía falta ninguna prueba de ADN. No hacía falta ningún registro civil. El chiquillo tenía la misma mandíbula angulosa y marcada que Andrew veía cada mañana en el espejo; el mismo corte de cabello oscuro y rebelde cayendo en mechones gruesos sobre la frente; la misma postura altiva, con los pies firmes y los hombros rectos.
Pero lo que terminó de arrancarle el alma del pecho fueron sus ojos.
Unos ojos ámbar, líquidos y penetrantes, idénticos a los suyos. Los ojos de la dinastía Prescott que durante generaciones habían intimidado a los mercados de medio planeta, brillando ahora en el rostro de un niño de cuatro años que saltaba sobre la grava mojada de Londres.
«Patrick», pensó Andrew, y el nombre le quemó la garganta como plomo fundido.
Cinco años.
No se había escapado sola. Se había llevado a su hijo. Había cruzado el océano llevando su sangre en las entrañas, pariendo en el exilio y ocultando al único heredero de Prescott Global bajo una mentira de diez mil dólares.
Una ola gigantesca de furia, adoración ciega y posesividad salvaje se estrelló contra su pecho.
—Mira lo que me dio el tío Antony antes de irse al ministerio —decía Patrick, sacando un objeto de su bolsillo y mostrándoselo a Antonella con reverencia infantil.
Era un pequeño automóvil de metal amarillo, gastado en las esquinas por el uso constante. Un taxi en miniatura.
—¿El taxi rápido? —preguntó Antonella con una ternura infinita, acariciándole la cabeza—. Creí que lo habías dejado en tu mesa de noche.
—Papá necesita su auto para correr en el desierto —respondió Patrick con la mayor seriedad del mundo, haciendo rodar las diminutas ruedas de goma sobre el banco de madera—. Cuando vuelva por nosotros, tengo que tenerlo listo.
Antonella suspiró, con una sombra de dolor cruzándole la mirada por una fracción de segundo antes de besarle la frente.
—Vamos a casa, mi amor. Empieza a hacer frío.
Bianca se acercó con los paraguas abiertos, entregándole uno a Antonella. Patrick, entusiasmado con el juguete, dio un salto desde el banco hacia el sendero, pero el borde resbaladizo de piedra le jugó una mala pasada: el pequeño automóvil amarillo se le escapó de los dedos y salió disparado sobre la grava, rodando a gran velocidad hacia la penumbra del seto donde Andrew permanecía inmóvil.
—¡Mi auto! —chilló Patrick, corriendo tras él.
El cochecito chocó contra la puntera de cuero negro de una bota impecable y se detuvo.
Patrick frenó a un metro de distancia. Levantó la mirada desde el suelo mojado, subiendo por los pantalones oscuros, el abrigo largo de cachemira, los hombros anchos y la mandíbula cubierta por una sombra de barba oscura, hasta toparse de lleno con los ojos ámbar del desconocido.
El niño parpadeó despacio. No retrocedió ni mostró el menor rastro de miedo. Al contrario: ladeó la cabeza con una curiosidad insolente que a Andrew casi le parte el corazón en dos.
Andrew se inclinó despacio. Se arrodilló sobre una sola pierna sobre la grava húmeda, quedando exactamente a la altura de los ojos del pequeño. Con sus dedos largos y firmes, recogió el pequeño taxi amarillo del suelo.
Patrick observó el juguete en la mano grande del hombre, luego miró su rostro de nuevo y sus pupilas doradas se abrieron con una fascinación sobrecogedora.
—Patrick, ¿dónde estás? —la voz de Antonella se escuchó a pocos metros, acompañada por el sonido apresurado de sus tacones sobre las piedras—. Patrick, no te alejes...
Antonella dobló el recodo del sendero abriendo el paraguas.
—Patrick, te dije que no...
Las palabras murieron en su garganta.
El paraguas negro resbaló de sus dedos inertes y cayó pesadamente sobre la hierba empapada.
Frente a ella, arrodillado frente a su hijo y sosteniendo el pequeño taxi amarillo en la palma de la mano, estaba el hombre que había invadido cada una de sus pesadillas y cada uno de sus recuerdos durante los últimos mil ochocientos días.
El falso taxista. El hombre de Las Vegas.
Drew.
Antonella se quedó petrificada, sintiendo que la sangre se le retiraba del rostro hasta dejarla lívida como una muerta. Las rodillas le temblaron y el aire se negó a entrar en sus pulmones.
Andrew levantó la mirada despacio, clavando sus ojos dorados en los de ella con una intensidad que hizo que la llovizna de Londres pareciera arder en llamas. Una media sonrisa ladeada, peligrosa, arrogante y cargada de una victoria absoluta se dibujó en sus labios.
—Cinco años es mucho tiempo para una carrera corta, Antonella —dijo Andrew, con una voz profunda que retumbó como un trueno en el silencio del parque—. Pero parece que tu taxista al fin vino a buscar el resto de la tarifa.