Durante dos años, Gael Luján fue el esposo invisible de Adrián Ferrer, un poderoso alfa de clase S. Como beta, su única función parecía ser ayudarlo durante el rut. Pero todo cambió cuando Gael se diferenció tardíamente como omega, recibió una marca completa y quedó embarazado.
Por primera vez, creyó que podía tener una familia de verdad.
Se equivocó.
Tres días después de dar a luz, mientras su hijo luchaba por sobrevivir, Gael recibió los documentos de divorcio. Adrián ya había decidido su futuro por él: quedarse con el bebé y expulsarlo de sus vidas.
Meses después, Gael regresa decidido a recuperar a Neno y a no volver a entregar el corazón. Sin embargo, una marca completa no desaparece con una firma. Sus cuerpos aún se reconocen, sus feromonas continúan buscándose y Adrián descubre demasiado tarde que aquel omega al que desechó era la única persona a la que realmente quería.
Ahora el alfa está dispuesto a utilizar la convivencia, el vínculo con su hijo y hasta sus propios instintos para recuperarlo.
Pero Gael ya no es el hombre obediente que abandonó.
Entre celos, deseo, heridas todavía abiertas y un lazo biológico imposible de ignorar, ambos tendrán que descubrir si algunas marcas pueden convertirse en amor… o si solo sirven para recordar quién fue el primero en hacer daño.
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Capítulo 22
Capítulo 22
El sudor cubría la frente de Gael y las lágrimas le resbalaban sin control. Sentía la glándula como una semilla que intentara romper la piel desde dentro. La apretó con fuerza, buscando alivio.
Dolía demasiado.
El aroma a caramelo era tan denso que él mismo había dejado de percibirlo. Tenía el rostro encendido y el cuerpo entero le resultaba insoportable.
La exposición a las feromonas clase S de Adrián había desencadenado una segunda diferenciación. Después de vivir veinticuatro años como beta, su organismo no estaba preparado para una transformación tan violenta.
Acurrucado en el piso, soportó el desorden de sus nuevas feromonas. Recordaba vagamente que no debía estar allí. Intentó arrastrarse hasta la cama, pero apenas logró ponerse de rodillas antes de empezar a temblar.
En el piso superior, Bruno no conseguía comunicarse con Clara. Corrió hasta la habitación donde recibía un tratamiento facial y abrió la puerta de golpe.
Ella estaba a punto de dormirse.
—¿Qué pasa?
—¡Mamá, Gael está abajo!
Clara ni siquiera abrió los ojos.
—Ya lo sé. ¿Tengo que ir a recibirlo? Te dije que lo entretuvieras. Si no puedes, enciérralo en una habitación; no se atreverá a hacer nada.
Frunció la nariz.
—¿Qué olor trajiste? Parecen feromonas.
Bruno tenía las manos temblorosas.
—Eso intento decirte. Creo que Gael se diferenció. No se ve normal. Lo dejé encerrado en el cuarto de visitas. ¿Qué hacemos?
Clara se incorporó de golpe.
—¿Gael? Eso es imposible.
Después de la llamada de Verónica, Adrián condujo directamente al interior de la propiedad Luján. No había vigilancia en la entrada. Varias empleadas domésticas lo reconocieron y ninguna se atrevió a detenerlo.
—¿Dónde está Gael?
Las mujeres se miraron. Trabajaban para los Luján, no para los Ferrer, y tenían miedo de responder.
—Estaba aquí hace un momento —balbuceó una—. Tal vez volvió a salir.
—Si ni siquiera sabes mentir, no es un buen momento para demostrar lealtad.
La arrogancia de Adrián caía por igual sobre todo el mundo. Nadie volvió a acercarse.
Miró alrededor. No había un solo miembro de la familia a la vista. Ya comprendía que la llamada había sido una trampa dirigida contra Gael.
Los Luján habían encerrado a alguien que le pertenecía.
Bruno no había activado la purificación del cuarto. El caramelo escapaba por debajo de la puerta y, al percibirlo, la glándula de Adrián reaccionó de inmediato.
No entendía de dónde provenía el aroma, pero sabía que estaba relacionado con Gael. Caminó hacia la habitación de la planta baja.
Las empleadas intentaron interponerse sin acercarse demasiado.
—Señor Ferrer, díganos qué necesita. La señora y el joven Bruno bajarán pronto. Puede esperar en la sala.
Adrián no quería intimidar a personas ajenas al conflicto, pero su paciencia se había terminado. Las ignoró.
Cuanto más se acercaba, más fuerte era la dulzura.
Frente a la puerta escuchó un roce débil, como las uñas de un animal pequeño arrastrándose sobre la alfombra.
Bajó la manija. Estaba cerrada con llave.
Clara y Bruno aparecieron por fin en las escaleras. Ella se había puesto una chaqueta a toda prisa y ocultó el miedo tras una sonrisa.
—Señor Ferrer, debió avisarnos. ¿Por qué nadie le ha servido algo?
Bruno caminaba detrás de ella sin levantar la cabeza.
Adrián les ofreció una última oportunidad.
—¿Gael está ahí dentro?
—Estaba aquí hace poco, pero ya sabe cómo es. Quién sabe a dónde se fue. Mejor venga a…
Un golpe brutal interrumpió la frase.
Adrián retrocedió y derribó la puerta de una patada.
Las feromonas de caramelo explotaron en el pasillo. Su glándula respondió y el abeto blanco se multiplicó, persiguiendo el aroma omega hasta llenar la casa.
La puerta rebotó contra la pared y ocultó parte de la escena.
Gael había intentado llegar a la salida. Yacía junto a la cama con un brazo extendido, todavía aferrado a una pata del mueble. La camisa azul oscuro se había levantado un poco y dejaba ver la piel de su cintura.
La presión de un alfa clase S paralizó a todos.
Adrián necesitó un esfuerzo inmenso para controlar la reacción de su cuerpo. Apartó la puerta y entró. El caramelo despertaba en él una violencia posesiva que no se parecía a su rechazo habitual.
No estaba atacando aquellas feromonas.
Quería marcar al omega inconsciente que tenía delante.
Avanzó paso a paso. El abeto blanco envolvió y sometió el aroma dulce hasta cubrir por completo a Gael.
Incluso dormido, él gimió ante el cambio. Cuando Adrián lo levantó, apoyó una mano débil en su hombro, a medio camino entre la búsqueda y el rechazo.
Las venas se marcaban en el cuello y las manos de Adrián, pero nadie se atrevió a observarlo demasiado.
Bruno consiguió pronunciar unas palabras bajo la presión.
—De verdad… se convirtió en omega.
Clara salió de su estupor.
—No sé cómo llegó a esa habitación. Señor Ferrer, nosotros…
Adrián pasó junto a ellos con Gael en brazos.
—Quítense.
Dentro del carro activó el aislamiento de feromonas. El caramelo seguía derramándose desde el asiento trasero. La temperatura de Gael aumentaba y sus gemidos revelaban el dolor.
Necesitaba un supresor o una marca.
Adrián aceleró. Era la primera vez que las feromonas de un omega no despertaban rechazo. Su deseo de marcarlo desbordaba el autocontrol y hacía imposible contener el abeto blanco.
Regresar a la ciudad habría expuesto a demasiadas personas. Sin confiar por completo en el aislamiento del vehículo, eligió volver a la residencia de sus padres.
Julián no había llegado solo. Ernesto había usado como pretexto una visita a Esteban y llevó a su hijo para presentarlo.
—El proyecto que encabeza el Grupo Ferrer es impresionante —decía Ernesto—. Tu hijo ha hecho un trabajo extraordinario.
Esteban no tenía una amistad íntima con él.
—No es más que un negocio modesto.
Los Salgado llevaban casi media hora sin revelar el propósito de la visita. Verónica bebía té con elegancia y empezaba a aburrirse.
—Nuestras familias deberían convivir más —continuó Ernesto—. Últimamente recuerdo mucho los viejos tiempos. Los hijos crecen y uno se hace viejo.
Esteban no se sentía viejo. Había disfrutado demasiado el largo viaje a solas con su esposa.
—Ya encontraremos una oportunidad.
Ambos sabían que aquella frase podía significar nunca.
Ernesto fingió entusiasmo.
—Entonces traeré a mi esposa y a Mauricio la próxima vez.
Julián notó el desinterés de Verónica y señaló las dos suculentas.
—¿Le gustan estas plantas? Esas variedades son delicadas. Si prefiere algo pequeño, podría acompañarla a elegir otras en un vivero.
La conversación se detuvo.
Esteban no pensaba intervenir. Invitó a Ernesto a seguir bebiendo té.
Verónica acomodó la bufanda sobre los hombros.
—No son mías. Por fortuna, tenemos un joven atento en la familia que sabe consentir a Esteban. También me regaló esta bufanda. ¿Qué te parece?
Julián sonrió.
—El color es muy favorecedor. El señor Ferrer tiene buen gusto.
—Adrián nunca ha sido tan considerado. Fue Gael. Ese muchacho es mucho más cariñoso que mi hijo.
La sonrisa de Julián se congeló. Ernesto tampoco pudo ocultar del todo la decepción.
—¿Gael…?
—El esposo de Adrián, por supuesto. Es un buen muchacho y le he tomado cariño.
Julián examinó a Verónica, buscando una señal de que fingía. ¿Cuándo había conseguido Gael acercarse a ella?
Recuperó la compostura.
—Espero tener oportunidad de conocerlo.
Verónica no respondió.
Una empleada entró con prisa y le susurró algo al oído. La sorpresa apareció en su rostro.
—¿Qué ocurre? —preguntó Esteban.
—Nada importante. Hay un problema junto al estanque. Iré a revisar.
Esteban supo que no era verdad, pero regresó a la conversación con Ernesto.
En cuanto salió, Verónica aceleró el paso junto a la empleada.
—¿Qué pasó? ¿Por qué se desmayó Gael? ¿Dónde están?
—El señor Ferrer lo llevó a la casa de huéspedes donde vivía antes. Soy beta y no puedo oler nada, pero el medidor registra una concentración excesiva de feromonas.
Verónica se detuvo.
—¿Adrián perdió el control?
—El nivel corresponde a un encuentro de celo alfa-omega. No hubo reacción de rechazo. Cuando llegaron, él estaba estable.
—¿No hubo rechazo?
La situación resultaba increíble, pero Verónica se obligó a pensar primero en la seguridad.
—Preparen bebidas con electrolitos, agua y todo lo necesario para un celo. En cuanto haya una pausa, saquen a Adrián. Si Gael atravesó una segunda diferenciación, la glándula recién formada es frágil y el médico debe estabilizar sus feromonas.
—Sí, señora.
Verónica se llevó una mano a la frente.
—Ocúpate de eso. Averigua también si los Salgado ya se marcharon.
No tenía energía para invitados con intenciones ocultas. Ordenó que el personal se mantuviera lejos de la casa de huéspedes y esperó unos minutos. Al no escuchar ninguna emergencia, regresó a la residencia principal.
Dentro de la casa aislada, Adrián había perdido por completo el dominio de sus feromonas. Nunca imaginó que un omega pudiera afectarlo de aquella forma.
Su glándula, contenida durante años, respondía al aroma recién desarrollado de Gael.
Lo sostuvo con fuerza.
—Gael. Despierta.
Él no podía hacerlo. El primer celo omega había estallado sin transición. Aunque nunca hubiera recibido una marca, su cuerpo ya reconocía el abeto blanco.
Se movió contra Adrián buscando alivio. El aroma del alfa calmaba parte de la angustia, pero no apagaba el calor ni la comezón en la nuca.
Cuando intentó rascar la glándula, Adrián volvió a sujetarle las manos.
—No te muevas.
Gael no lo escuchó. Adrián lo llevó escaleras arriba, sosteniéndolo con un brazo mientras impedía que se lastimara.
El deseo terminó por vencerlo.
En el descanso de la escalera, apoyó a Gael contra su cuerpo y liberó las feromonas sin restricción. Después hundió los colmillos en la glándula recién formada.
La piel se abrió. Por primera vez, el organismo de Gael almacenó feromonas de Adrián. El abeto blanco y el caramelo empezaron a mezclarse mientras la marca echaba raíces en su sistema.
La glándula acababa de madurar y recibió de inmediato una marca clase S. La conexión produjo una oleada de alivio, pero no borró el dolor agudo.
Gael despertó llorando.
—Duele…
No entendía dónde estaba ni qué ocurría. Respiraba con dificultad y apenas podía mantener los ojos abiertos.
Intentó levantar la cabeza. El alfa, ya arrastrado a un rut provocado, interpretó el movimiento como un intento de huida. Sujetó su nuca y profundizó la marca.
Esta vez, Gael sintió con claridad el vínculo temporal formarse.
—Se siente extraño… Adrián, suéltame, por favor.
El llanto consiguió devolverle a Adrián un instante de razón.
—Te diferenciaste. Gael, ahora eres omega.
—Pero… yo era beta.
No era momento para explicar una segunda diferenciación. Adrián lo levantó sosteniéndolo por los muslos.
—Antes. Ya no.
Gael parecía deshacerse entre sus brazos.
—Sujétate de mí.
Apoyó la cara en el cuello de Adrián y lo rodeó con los brazos sin fuerza.
—¿Qué voy a hacer?
El celo le nublaba la mente. Intentó enfocar el rostro del alfa mientras las lágrimas caían sobre su hombro.
—Si soy omega… ¿ya no me necesitas?
Sabía que Adrián no lo amaba. Se habían casado porque, como beta, podía ayudarlo durante el rut sin provocar rechazo. Ahora había perdido el único motivo que le permitía quedarse.
El autocontrol de Adrián terminó de quebrarse. Lo llevó a la recámara y la puerta se cerró con un golpe.
Gael se sobresaltó. Durante el celo, la falta de seguridad se volvía insoportable. Adrián le sostuvo la barbilla para obligarlo a mirarlo y el abeto blanco lo rodeó por completo.
El vínculo temporal le permitía percibir parte del ánimo del alfa. Estar cerca calmaba el pánico y el instinto lo empujaba a buscar su aprobación.
Adrián rozó la glándula inflamada. Gael tembló.
—Te marqué y mi cuerpo no te rechazó.
La presión de sus dedos arrancó un sollozo. Adrián perdió el último límite.
—Eres mi omega.
Solo entonces Gael comprendió que, incluso durante los rut anteriores, Adrián se había contenido. La posesividad del alfa era abrumadora y sus feromonas imponían una respuesta instintiva a un cuerpo que acababa de transformarse.
Sin recibir siquiera tiempo para comprender una comunicación normal de feromonas, Gael atravesó una marca completa caótica.
La marca alcanzó al mismo tiempo la glándula y su sistema reproductivo. El dolor quedó grabado junto con el vínculo; las heridas antiguas de la nuca apenas habían sanado y nuevos colmillos volvieron a abrirlas.
Era también la primera marca de Adrián. Para él, no había razón para rechazar un bocado tan apetecible puesto frente a su boca; además, resultó tan delicioso como había imaginado. El nudo era el último paso de la unión entre alfa y omega. Sus feromonas seguían siendo agresivas, pero no existía el rechazo que ambos esperaban.
Gael suplicó entre sollozos que se detuviera. Adrián, dominado por el rut, continuó hasta completar el vínculo.
—Tu temperatura está bajando —dijo después, como si esa fuera la única medida importante.
Satisfecho por la marca, besó los párpados húmedos de Gael.
—Las fiebres anteriores probablemente eran parte del desarrollo de la glándula. Esto debería estabilizarte.
Gael no podía pensar. Cuando intentó alejarse, Adrián lo devolvió a su lugar por la cintura.
—¿A dónde vas?
—Si ya bajó la fiebre… ¿por qué no terminas?
—Porque el celo no ha pasado. Puede durar alrededor de siete días. Si ahora te apartas de mis feromonas, los síntomas regresarán con más fuerza.
Adrián pensó que quizá aquella intensidad había sido demasiado para él.
Gael volvió a preguntarle, avergonzado y entre sollozos, por qué insistía.
—Porque me gusta —respondió él con toda franqueza, sujetándole la muñeca—. Pórtate bien, cariño.
¿Le gustaba aquello? ¿Significaba que Adrián sentía al menos un poco de cariño por él?
Era la primera vez que le hablaba con aquel tono seductor. Gael dejó de resistirse de verdad: bajó la cabeza con docilidad y expuso ante él la glándula teñida de rosa.
La primera oleada terminó cuando estaba a punto de perder otra vez el conocimiento.
Quedó de lado sobre la cama, respirando con dificultad. El más leve contacto de Adrián provocaba una respuesta involuntaria. La habitación estaba saturada de abeto blanco.
Adrián le rozó los labios.
—Traeré agua y electrolitos. Vuelvo enseguida. Espera aquí.
La idea de que se marchara despertó en Gael un terror irracional.
—No. Voy contigo. No tengo sed, yo…
El efecto de la marca completa era más intenso durante el celo. Incluso Adrián se sorprendió.
Terminó envolviéndolo con la cobija y lo cargó.
—Necesitas líquidos.
Gael lo abrazó con las pocas fuerzas que le quedaban.
—No tengo sed.
No había agua en la habitación, así que Adrián bajó con él en brazos.
—¿Por qué tienes tanto miedo? ¿Quieres que permanezca contigo?
Fuera de la recámara, la concentración de feromonas disminuía. Gael escondió la cara en su cuello.
La marca no le permitía mentirle a su alfa y él nunca había sido bueno haciéndolo.
—Sí.
Lo miró a escondidas con un amor que todavía no se atrevía a confesar. Adrián, como siempre, no bajó la vista lo suficiente para comprenderlo.
En la planta baja los esperaban agua, bebidas con electrolitos y suministros. Las cortinas estaban cerradas y el personal había desaparecido.
Adrián se sentó con Gael en brazos y le dio a beber despacio. Inclinó la botella apenas lo necesario para evitar que se atragantara.
—¿Quieres más?
Gael negó con la cabeza y se acomodó contra su pecho.
—Ya no.
Adrián le abrió la boca para comprobarlo. Solo lo soltó después de observar la lengua húmeda y los labios enrojecidos.
Gael volvió a ruborizarse.
—No te mentí. De verdad no tengo sed.
—Entonces nunca me mientes.
A Adrián le divertía lo fácil que era provocarlo.
—Hace un momento solo…
El alfa lo interrumpió con un beso profundo. El contacto reavivó el celo con facilidad.
Gael lo contempló con una devoción que la marca había vuelto más audaz. La paciencia de Adrián le hizo creer que al fin tocaba la felicidad que había esperado.
Adrián conocía la admiración. Muchas personas lo deseaban y lo respetaban. Sin embargo, nunca había recibido una mirada como aquella.
Cuando el calor volvió, Gael preguntó casi en una súplica:
—¿Podemos estar siempre así?
Adrián apretó el brazo alrededor de su cuerpo. Después de un silencio, respondió:
—Sí.
Gael sonrió y se atrevió a besar la comisura de sus labios. Adrián no lo rechazó.
La segunda oleada los mantuvo en la sala hasta la noche. Cuando Adrián lo llevó de vuelta a la recámara, Gael apenas podía permanecer despierto.
Se durmió pegado a él, protegido por el abeto blanco. Adrián lo rodeó por la cintura y permaneció despierto.
Gael se había convertido en un omega compatible. El único omega que no despertaba su rechazo.
No sabía qué significaba. Tal vez la marca le impedía negarle cualquier cosa.
Debía de ser solo la marca.
Los primeros tres días transcurrieron entre oleadas de celo, feromonas desbordadas y una intimidad agotadora. Al cuarto, Adrián pudo alejarse durante unos minutos.
Gael seguía dormido. Adrián verificó que la habitación conservara suficiente abeto blanco y salió por diez minutos.
Verónica lo esperaba frente a la casa. Él solo llevaba una bata y sus feromonas hicieron que ella retrocediera un paso.
—¿Por qué solo se percibe tu aroma? ¿Dónde está Gael?
Adrián resumió los hechos.
—Se diferenció como omega. No tuve ninguna reacción de rechazo y lo marqué por completo.
Aunque lo había sospechado, Verónica sintió una punzada de alarma.
—¿Cómo está? ¿Por qué no percibo sus feromonas?
—Quizá la glándula todavía es inmadura o su nivel es bajo. Mi aroma las cubre.
—El nivel no es lo importante. Si la glándula sigue inestable, tienes que ser cuidadoso. ¿Siente dolor o algún otro problema?
Adrián recordó el estado de Gael.
—Parece estar bien. Solo… muy sensible.
Verónica lo miró sin saber qué responder.
—No soporta que me aleje.
—Eso es normal durante el celo. Pasará cuando termine.
Adrián frunció el ceño. La dependencia de Gael no le desagradaba.
—Tu padre atendió cualquier urgencia de la empresa. Clara y Bruno vinieron a buscarlos, pero no había nadie en la casa principal y el mayordomo los despidió.
—Entonces ya lo sabes.
Verónica mostró desprecio.
—Clara pudo haber sido una mujer digna de lástima en otro tiempo, pero Gael ha sufrido mucho más como hijo suyo. Yo no seguiría aferrada a Octavio mientras exprimo a mis hijos para mantenerme.
Adrián no opinó.
—Todavía no sabemos qué piensa Gael —añadió ella—. No le preguntes por lo que ocurrió ese día. Cuídalo hasta que termine el celo.
—Lo haré.
—Vuelve antes de que despierte.
Adrián estaba por entrar cuando su madre lo llamó de nuevo.
—Adrián. —Su expresión se volvió severa—. Nunca quise controlar tus planes. Pero ahora lo marcaste por completo. Eliminar una marca clase S es extremadamente doloroso y tiene un alto riesgo de fracaso. Lo anterior ya no importa: a partir de hoy debes hacerte responsable de este matrimonio.
Adrián no respondió. Tras una pausa, entró en la casa.
Poco después de que cerrara la puerta, Gael notó su ausencia aun cuando la concentración de feromonas no había cambiado.
—Adrián…
Abrió los ojos sin encontrarlo. El pánico fue inmediato, como si el gran árbol enraizado en su mundo hubiera desaparecido y lo dejara solo en una llanura de nieve.
Apartó las cobijas y trató de levantarse. Cayó al piso con fuerza. Tenía el cuerpo cubierto de marcas y apenas pudo sostenerse sobre las manos.
Adrián percibió la alteración desde la entrada. Subió y lo encontró en el suelo, llorando.
La escena despertó otra vez su cuerpo. Se acercó, se agachó y lo estrechó.
—No llores.
Gael sabía que su reacción no era racional, pero no soportaba estar separado de él.
—Debe de ser el celo. ¿Te estoy causando problemas? No lo hago a propósito.
—Sí, es el celo. No es culpa tuya.
Adrián masajeó la glándula para tranquilizarlo. El abrazo cerrado hizo desaparecer el miedo. Esperó a que el cuerpo de Gael recuperara calor y volvió a reforzar la marca.
Durante los tres días siguientes, las oleadas disminuyeron. El celo terminó cuando el caramelo y el abeto blanco quedaron mezclados de manera estable.
Las feromonas de Gael regresaron a niveles normales. Como no sabía qué debía sentirse al ser omega, todavía quería permanecer cerca de Adrián.
Se puso una de las prendas nuevas y bajó apoyándose en el barandal. Las piernas seguían débiles, pero su aspecto casi había vuelto a la normalidad.
En la casa solo estaban ellos. Parecía que el mundo entero se había reducido a ambos.
La adoración y la dependencia no habían desaparecido. Después de la marca completa, Gael sentía un vínculo nuevo y profundo.
Percibió un rastro de caramelo sobre Adrián y se sentó a su lado, avergonzado.
—Toqué la herida al vestirme. Por eso tardé.
Quería acercarse más, pero se obligó a mantener una distancia razonable.
Adrián apartó el plato.
—Déjame verla.
Gael abrió el cuello de la camisa. Adrián retiró el parche y arqueó una ceja ante las mordidas inflamadas.
Después de todo lo ocurrido, no debería haberle dado vergüenza. Aun así, sentirse observado en aquella zona lo puso nervioso.
Los dedos de Adrián rozaron la piel y su falsa calma desapareció.
—¿Ocurre algo?
—La herida es seria. Llamé al doctor Beltrán para que la revise.
—De acuerdo. Lamento hacerlo venir desde tan lejos.
Adrián colocó otro parche con cuidado.
—Es su trabajo.
La mezcla de abeto y caramelo tenía una dulzura agradable. Gael respiró un poco más profundo sin darse cuenta.
Adrián percibió su felicidad.
—¿Te gusta que yo coloque el parche?
—No, yo…
—¡Gael!
Verónica entró seguida del doctor Beltrán. Era la primera vez que veía a Gael después de siete días.
Lo examinó con atención.
—¿Cómo te sientes? ¿Te duele algo?
Una marca completa inmediatamente después de la diferenciación podía dañar la glándula.
Gael tenía buen color, aunque parecía más delgado.
—Estoy bien. De verdad.
Verónica se tranquilizó y tomó asiento.
—Temía que dos jóvenes impulsivos no tuvieran ninguna precaución. Veo que por lo menos fueron cuidadosos.
Gael se ruborizó. Adrián saludó al médico.
Las empleadas empezaron a ordenar la mesa en silencio. Verónica preguntó a Gael si tenía hambre y pidió que la cocina permaneciera preparada.
El doctor Beltrán abrió el maletín, revisó la glándula y dejó medicamentos.
—Aplique la pomada dos veces al día. Como médico particular no puedo realizar una evaluación completa de feromonas; el nivel y la compatibilidad deben medirse en el hospital. Necesito preguntar algo más: ¿utilizaron protección durante estos siete días?
Gael quedó confundido y miró a Adrián.
—No —respondió él con naturalidad.
Verónica lo fulminó con los ojos. Había ordenado que les dejaran todo lo necesario.
Adrián había visto los suministros y los ignoró.
—La glándula acababa de madurar. La probabilidad de embarazo es baja.
Gael levantó la cabeza, sobresaltado.
Adrián le cubrió la nuca con una mano.
—Los omegas tienen un sistema reproductivo capaz de gestar. Claro que puedes quedar embarazado.
Gael conocía el dato, pero nunca lo había aplicado a sí mismo.
De verdad era omega.
Verónica observó la interacción, apartó la mano de su hijo y tomó el control.
—Iremos al hospital. Revisarán la glándula, el nivel de feromonas, la compatibilidad y cualquier riesgo de embarazo.
Adrián lo consideró.
—De acuerdo.
La casa de huéspedes seguía desordenada y solo el comedor había sido limpiado. Verónica se puso de pie.
—Volvamos a la residencia principal para hablar con calma.
Luego sonrió al médico.
—Doctor Beltrán, mi asistente le transferirá honorarios adicionales. Gracias por venir.
—Es parte de mi trabajo.
—Gael. Ven con mamá.
Él no podía resistirse a ese llamado y la siguió, aunque miró a Adrián por encima del hombro.
El alfa caminó detrás de ambos con tranquilidad. Sus feromonas nunca habían estado tan estables.
Verónica habló con dulzura.
—No te preocupes. Si no sientes dolor, probablemente el celo no dejó un daño grave. Adrián te llevará hoy mismo al hospital si alcanzan horario.
—Gracias, mamá. Creo que estoy bien.
—Somos familia. No tienes que agradecer.
Caminar a su lado parecía irreal. Gael bajó la cabeza y apoyó una mano sobre el abdomen.
¿De verdad podía estar embarazado?