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La mujer del jefe

La mujer del jefe

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:379
Nilai: 5
nombre de autor: Dany Figueiredo

A los diecinueve años, Aline creía que su mayor problema era llegar a fin de mes. Hasta que la enfermedad de su madre le puso un precio imposible a la esperanza… y un solo hombre en todo el morro podía pagarlo.

Él es Cobra: dueño de la Rocinha, temido, intocable, acostumbrado a que nadie le diga que no. La propuesta es tan fría como sencilla: ella será su visita íntima tras las rejas, y a cambio el tratamiento de su madre estará cubierto. Sin sentimientos. Sin promesas. Solo un trato.

Pero nadie le avisó a Aline que el hombre más peligroso de Río podía mirarla como si fuera lo único puro que le queda al mundo. Ni que, detrás del arma y la fama, Cobra carga heridas capaces de igualar a las suyas.

Entre balas, celos, secretos de la facción y un deseo que ninguno de los dos supo ver venir, lo que empezó como una transacción amenaza con volverse la historia de amor que ambos juraron no merecer. Porque en el morro, entregar el corazón cuesta más caro que cualquier deuda… y siempre hay alguien dispuesto a cobrarla.

Pasión intensa, drama que aprieta el pecho y un romance prohibido que no vas a poder soltar. Bienvenida al mundo de Cobra. Bienvenida a ser La mujer del jefe.

NovelToon tiene autorización de Dany Figueiredo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

...Cobra 🐍...

—Pensé que ibas a invitar solo a un poquito de gente. —Miré la casa repleta; todavía había una bola de gente afuera.

Mi mamá andaba en una corredera del carajo, ni pudo terminar de hacer la comida y sazonar la carne.

Acababa de llegar de un corre, loco por darme un baño.

—Mientras más gente, mejor. —Abrió el refrigerador—. Hay que comprar más bebida y refresco para los niños.

—Voy a darme una ducha, ya te consigo eso.

—No te tardes. —Asentí, subiendo las escaleras.

Entré al baño y trabé la puerta, abriendo la regadera.

Hubo un robo en la calle diez hoy como a las cinco de la mañana, en una iglesia; me pasé horas tratando de resolver esa vaina.

Al final, conseguí agarrar a las ratas.

Se llevaron tremenda paliza, para que aprendan a no robar nunca más. No le voy a pasar por alto ninguna sinvergüenzada.

Salí del baño y encendí la tele del cuarto, puse un funk consciente y abrí la puerta del clóset.

Saqué un bóxer negro, una bermuda de jean de marca y una camiseta del Flamengo. En los pies me calcé las Kenner y fui al espejo a ponerme el kit de oro.

Cuando terminé de arreglarme, me eché un perfume importado, me pasé una crema para hidratar los tatuajes, el desodorante, y agarré el radio.

Antes de bajar al movimiento, salí al balcón y encendí un porro para aclarar las ideas. Di una calada larga, soltando el humo despacio mientras miraba el movimiento allá abajo. Tenía la mente a mil, pensando en la responsabilidad de mantener todo en el eje ahora que estaba de vuelta en el morro.

Miré hacia el final de la calle y ya vi a un montón de gente llegando; el movimiento era absurdo, todos en plena euforia porque más tarde había partido del Flamengo.

Sacudí la ceniza del porro en el parapeto y ya agarré el radio para pasarles la orden a los muchachos de la contención. Iba a tener que mandar poner la pantalla gigante, organizar los parlantes y liberar el pagode con el churrasco.

Doña Sheila es de exagerar, en serio.

Salí del cuarto y bajé las escaleras, revisando algo en el celular.

Xamã estaba recostado en la pared de la sala, conversando con un muchacho.

—¿Suave, hermano? —me saludó apenas llegué a su lado.

—Suave.

—Tu mamá invitó al morro entero, hombre.

—¡Ya ves! Tremenda locura.

—¿Viste que crearon una página de chismes del morro? —cambió de tema.

—No dudaría nada de que hayas sido tú.

—¿Yo? —dijo, indignado—. Fíjate bien, Matheus, ¿acaso soy una mujer ahora para andar de chismosito?

Sé que este vacilón es más chismoso que Karla, capaz.

—¡No quiero saber de pleitos de comadres entre bandidos! Metió la pata, dale una tunda y manda a borrar esa mierda.

—Como quieras.

Pasó un rato y llegaron unos parientes y unas amigas de mi mamá.

Los saludé por educación y agarré una lata de cerveza del refrigerador.

No soy muy de beber, lo mío es más el porro.

Me recosté en la parte de afuera y me quedé echando el pancho con unos parceros.

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