La joven princesa olvidada, la marginada, la horrible y desgraciada hija de un duque a buscado liberarse de una familia que no la aprecia, se a enamorado, pero se han burlado de ella, la han humillado y cuando creyo que los afectos de un hombre que jamas imagino que la amaria le hizo cambiar de parecer, este la traiciona de la peor manera, rota, rota del corazon y humillada huye a los campos, donde buscareinventar a la mujer en ella, pero su mente piensa en el hombre que ama y que creyo que la amaba, pero había cometido un error.
Había cometido el terrible, el único error en toda su vida, confiar en el...
Novela romántica.
Novela extensa.
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Capítulo 11: El Salón de los Olvidados y la Carta que Cambió Todo
El invierno había descendido sobre las tierras de Duskbringer no como un visitante, sino como un soberano que reclama su reino. La nieve, blanca y pesada, cubría cada rincón de la fortaleza, transformando el gris de la piedra en un blanco inmaculado, y el viento del norte aullaba contra las torres como un lamento antiguo que no lograba atravesar los muros renovados. Porque dentro, algo había cambiado. Algo que llevaba años dormido había despertado, y el castillo, aquella fortaleza olvidada y descuidada, empezaba a respirar de nuevo.
Harriette caminaba por los pasillos amplios y fríos, envuelta en un vestido de lana color azul noche, de corte sencillo pero exquisito, que se ceñía a su figura y caía en pliegues pesados hasta el suelo. Sobre él llevaba una capa corta de terciopelo negro con bordados de hilo plateado en los bordes, abotonada hasta el cuello, y en sus manos llevaba un pequeño cuaderno de cuero donde anotaba cada detalle. El cabello rubio, recogido en una trenza alta que caía sobre su espalda, brillaba bajo la luz de las antorchas que ahora ardían en cada corredor, encendidas desde el amanecer hasta el ocaso para que ningún rincón quedara en sombras. Su belleza, antes apagada por la tristeza y el abandono, ahora florecía con una intensidad que dejaba sin aliento a cuantos la veían: los ojos azules, grandes y claros, miraban con propósito y autoridad; sus labios, antes siempre apretados en una línea de resignación, ahora se curvaban con frecuencia en una sonrisa suave y decidida; y su figura, esbelta y femenina, se movía con una gracia natural que hacía que incluso los pasillos más sombríos parecieran menos pesados.
Pero lo que más asombraba a sirvientes y guardias no era su belleza, sino su mente. Aquella mujer de rostro dulce y etéreo, que parecía hecha de luz y de sueños, manejaba las cuentas del castillo con la precisión de un contable veterano y la firmeza de un general. Había reducido gastos innecesarios a la mitad sin escatimar en lo esencial, había reorganizando los almacenes para que los suministros duraran el doble, había arreglado ventanas y suelos y chimeneas gastando menos de lo que el mayordomo había calculado solo para las ventanas. Los guardias, al verla pasar, no solo bajaban la mirada por respeto al rango: lo hacían porque la admiraban, porque la veían trabajar, porque veían cómo transformaba su hogar sin ostentación, sin quejas, con una voluntad de hierro oculta bajo una apariencia de fragilidad.
—Las juntas de las ventanas del ala oeste ya están selladas —le informó Torvin, caminando a su lado con un cuaderno mucho más grueso en las manos—. El carpintero dice que no entrará ni una corriente de aire este invierno. Y los suelos del pasillo principal han sido lijados y encerados. Ya no crujen.
—Bien —respondió Harriette, deteniéndose ante un ventanal nuevo, de cristal claro y grueso, a través del cual se veía el patio cubierto de nieve—. Que la misma mezcla de cera se use en toda la planta baja. Y encended las antorchas de la galería exterior cuando caiga la tarde. Los que llegan deben ver que el castillo está despierto.
—Se hará, mi señora —asintió Torvin, y en su voz había un orgullo sincero, el de quien ve renacer lo que creía muerto—. Solo queda el salón principal. El gran salón de banquetes. No he mencionado nada de él porque… temí que os decepcionara. Está en peor estado que el resto del castillo junto.
Harriette se giró hacia él, con los ojos iluminados por una chispa de curiosidad y entusiasmo.
—¿El salón de los banquetes? —preguntó—. ¿El lugar donde el archiduque recibe a su gente? ¿Donde se celebran las noches de invierno? Llevadme allí. Quiero verlo.
—Mi señora, no creo que sea adecuado todavía —dijo Torvin con timidez—. Está abandonado desde hace años. El techo gotea, las paredes están manchadas de humedad, las alfombras podridas, y la gran chimenea está bloqueada por escombros. No hay nada que se pueda ver allí más que ruina.
—Entonces más razón para verlo —respondió ella con firmeza, dando un paso hacia adelante—. Llevadme, Torvin. No tengáis miedo de mostrarme lo que necesita ser salvado.
Caminaron juntos hacia el extremo más alejado del castillo, y a medida que avanzaban, el aire se tornaba más frío, más húmedo, como si aquel ala hubiera sido olvidada por el tiempo. Los guardias que encontraban en el camino se apartaban al verla pasar, inclinando la cabeza, y muchos la miraban de reojo, maravillados de que su señora caminara con paso firme hacia la parte más descuidada de la fortaleza sin mostrar el menor rastro de asco o desaliento.
Al llegar a las puertas del gran salón, Torvin las abrió con pesadez, y al entrar, Harriette se detuvo en el umbral, dejando que la vista se acostumbrara a la penumbra. Era inmenso. Un espacio vasto y alto, con un techo abovedado que se perdía en la oscuridad, hileras de columnas de piedra tallada que sostenían la estructura, y al fondo, una chimenea tan grande que podría albergar a un hombre de pie dentro de ella. Pero la belleza original del lugar estaba oculta bajo el abandono: el suelo estaba cubierto de polvo y escombros, manchas de humedad trepaban por las paredes como venas oscuras, grandes trozos de estuco se habían desprendido del techo, y los ventanales altos estaban rotos, dejando entrar el viento y la nieve que se acumulaba en montones blancos en las esquinas. No había muebles, no había cortinas, no había rastro de vida. Solo el silencio, frío y pesado, y el olor a podredumbre y piedra mojada.
—Os dije que no era lugar para vos, mi señora —murmuró Torvin, avergonzado—. El archiduque nunca lo usó. Desde que heredó el título, este salón quedó cerrado. Nadie lo ha limpiado ni reparado en años. Es una vergüenza que su esposa deba verlo así.
Harriette caminó hacia el centro de la estancia, dejando que su mirada recorriera cada rincón, cada columna, cada arco. Levantó la cabeza y miró hacia lo alto, donde las vigas de roble tallado aún se veían fuertes y majestuosas a pesar del polvo que las cubría. Y entonces sonrió. No una sonrisa de lástima, ni de resignación, sino una sonrisa radiante, genuina, como quien reconoce un amigo esperado.
—Es perfecto —dijo, y su voz resonó suavemente en la inmensidad vacía—. Miradlo, Torvin. Es grande, noble, lleno de luz cuando el sol entra por esos ventanales. Solo necesita que alguien lo vea de verdad. Solo necesita ser amado para volver a ser hermoso. No es una ruina. Es un sueño esperando a ser construido.
El mayordomo la miró con los ojos ligeramente húmedos, conmovido hasta lo más profundo por la reacción de aquella mujer que, en lugar de asquearse ante la decadencia, la abrazaba como una oportunidad.
—No sé cómo lo hacéis, mi señora —dijo con voz entrecortada—. Nadie ha visto nada bueno en este lugar durante años. Y vos entráis y decís que es perfecto.
—Porque lo es —respondió ella, acercándose a una de las grandes ventanas rotas y tocando el marco de piedra—. Arreglaremos los cristales, sellaremos las juntas, limpiaremos cada rincón. Pondremos cortinas pesadas de terciopelo verde y dorado, como los colores de la casa Duskbringer. Una mesa larga de roble que llegue de pared a pared, con velas en cada extremo. Y esa chimenea… encenderemos un fuego tan grande que calentará cada rincón de este salón hasta lo más alto. Y cuando él regrese… cuando el archiduque cruce esas puertas por primera vez y vea este lugar lleno de luz y calor y gente que lo espera… sabrá que ha vuelto a casa.
Estaba a punto de seguir hablando, de describir los tapices que colgaría y las flores que pondría en cada rincón, cuando un sirviente entró apresuradamente en el salón, haciendo una reverencia antes de entregarle una carta sellada con lacre verde al mayordomo. Torvin la tomó, miró el sello, y su expresión cambió de inmediato.
—Es de la capital, mi señora —dijo, acercándose a ella con tono más serio—. Viene de parte de Cedric. Parece urgente.
Harriette tomó la carta, sintiendo el peso del papel grueso entre sus dedos. Rompió el sello y desplegó el pergamino, y mientras leía, el aire frío del salón pareció volverse más denso a su alrededor. Las palabras de Cedric eran claras, directas, y cada una caía sobre ella con el peso de una sentencia inevitable.
“Mi señora, os escribo con prisa. Las negociaciones entre los dos imperios han avanzado más rápido de lo esperado. La tregua ha sido firmada. El archiduque Aleric Duskbringer ha sido llamado a la corte imperial para asistir a la firma oficial y a los banquetes de celebración. Una vez concluidos los deberes en la capital, partirá de inmediato hacia el norte. Llegará antes de que termine la luna. Pronto, muy pronto, estaréis cara a cara con él.”
Harriette dejó caer la mano con la carta, mirando hacia la ventana rota, hacia la nieve que caía suavemente al otro lado. El momento que había estado evitando sin darse cuenta, que había estado posponiendo tras la tarea de restaurar el castillo, estaba aquí. Ya no podía esconderse tras las cortinas que colgaría ni tras los suelos que puliría. Pronto él llegaría. Pronto conocería al hombre al que había entregado su vida sin haber visto su rostro.
—¿Mi señora? —preguntó Torvin con suavidad—. ¿Malas noticias?
Ella negó lentamente, y una sonrisa extraña, mezcla de temor y curiosidad, de incertidumbre y extraña anticipación, se formó en sus labios.
—No son malas noticias, Torvin. Son noticias reales —respondió ella, levantando la vista y encontrándose con la mirada del mayordomo—. La tregua está firmada. El archiduque viene de camino. Llegará antes de lo que esperábamos.
El mayordomo abrió los ojos con sorpresa, y luego una expresión de respeto y satisfacción cruzó su rostro.
—Entonces debemos acelerar todo —dijo con firmeza—. Que vea su hogar renacido. Que vea lo que habéis hecho.
—Sí —dijo Harriette, y su voz se fortaleció, llenándose de una determinación que venció cualquier rastro de miedo—. Debemos tenerlo todo listo mucho antes de lo esperado. El salón, las habitaciones, las cocinas, los patios. Nada puede quedar sin terminar. Cuando él cruce la puerta de este castillo, no encontrará ruina. Encontrará un hogar. Y encontrará a su esposa, lista para recibirlo, lista para ser lo que deba ser.
Caminó hacia la salida, con la carta aún en la mano, y mientras avanzaba por los pasillos, su mente empezó a imaginarlo. ¿Cómo sería? ¿Sería un hombre de edad madura, severo y cansado de la guerra? ¿Sería joven, con el fuego de la juventud en la mirada? ¿Sería amable? ¿Sería frío? ¿Habría oído hablar de ella? ¿Sabría que era la hija olvidada, la que nadie quería, la que su propia familia había dado sin dudar? ¿La miraría con lástima, con indiferencia, con desdén? No lo sabía. Y esa incertidumbre, en lugar de aterrorizarla, la llenaba de una extraña energía. Porque ella ya no era la niña que había dejado el ducado. Era la mujer que había transformado un castillo abandonado en un hogar. Era la archiduquesa Duskbringer. Y cuando él la viera, no vería a una princesa olvidada. Vería a su igual.
—Todo debe estar listo —susurró para sí misma, mirando el anillo de plata negra que brillaba en su dedo bajo la luz de las antorchas—. Pronto llegará. Y cuando lo haga… que encuentre algo que valga la pena conservar.
Fuera, el viento soplaba con fuerza, pero dentro, el fuego de la chimenea de sus aposentos ardía con fuerza, y cada vela encendida era una promesa. El destino ya no era algo que le ocurría. Era algo que ella estaba construyendo, ladrillo a ladrillo, habitación a habitación, esperando el momento en que la puerta se abriera y él por fin entrara. Y cuando eso sucediera, nada volvería a ser igual para ninguno de los dos.