Valentina Mendoza, una joven humilde, de corazón noble, que lucha por salir adelante y ayudar a su familia. No tiene dinero ni contactos, pero sí una dignidad que nadie podrá comprar, y por otro lado Alejandro Montenegro, un empresario multimillonario, atractivo, serio y dominante. Está acostumbrado a conseguir todo lo que desea, hasta que aparece una mujer que no se deja impresionar por su dinero.
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Capítulo 22.El nombre de un hombre muerto
Mientras tanto, en el archivo de la empresa, Daniel Rivas revisaba los documentos que había conseguido localizar sobre el antiguo conflicto entre Montenegro International y Esteban Salazar.
Había pasado horas comparando fechas, firmas y registros financieros.
Cuanto más leía, más sospechaba que alguien había manipulado la investigación original.
En una de las carpetas encontró una declaración firmada por el padre de Alejandro.
En ella se afirmaba que Esteban Salazar había entregado información confidencial a una empresa competidora.
Sin embargo, había un detalle extraño: el documento principal estaba fechado tres días antes de la supuesta filtración.
Daniel frunció el ceño.
—Esto no tiene sentido…
Buscó los anexos y encontró una hoja con varios nombres.
Uno de ellos le resultó familiar. Roberto Mendoza.
El padre de Valentina.
Daniel sintió un escalofrío.
En el expediente se indicaba que Roberto había trabajado temporalmente en el área administrativa de la empresa durante el período en que se produjo el escándalo.
Pero eso no era todo.
En una anotación manuscrita se leía:
«El señor Mendoza solicitó una reunión urgente con la dirección. Asegura que posee información capaz de demostrar que el informe original fue alterado».
Debajo había otra frase, escrita con tinta roja:
«No autorizar la reunión. Resolver el asunto antes de que llegue a oídos de la familia Montenegro».
Daniel se reclinó en la silla.
—Alejandro tiene que ver esto. Guardó los documentos en una carpeta y se dirigió a la oficina de su jefe.
Cuando entró, encontró a Alejandro de pie junto a la ventana.
—Señor, encontré algo importante sobre el caso Salazar.
—Habla.
Daniel dejó la carpeta sobre el escritorio.
—El padre de Valentina aparece en los registros. Al parecer, intentó advertir a la dirección de que la investigación contra Esteban Salazar podía estar manipulada.
Alejandro se volvió lentamente.
—¿Roberto Mendoza?
—Sí. Y hay algo más. Alguien ordenó que no se le permitiera presentar sus pruebas.
Alejandro tomó el documento y lo leyó con atención. Cada línea parecía abrir una puerta hacia un pasado que su familia había intentado mantener cerrado.
—¿Quién firmó esta orden?
Daniel señaló la parte inferior.
Alejandro leyó el nombre.
Su rostro perdió el color.
Arturo Montenegro.
Su padre.
—No puede ser… —murmuró.
—Hay una última cosa, señor.
—¿Qué?
—El registro indica que Roberto Mendoza murió pocos meses después de solicitar aquella reunión. No hay constancia de que sus pruebas fueran incorporadas al expediente.
Alejandro cerró los ojos durante unos segundos. De pronto, recordó algunas conversaciones de su infancia.
Las discusiones a puerta cerrada, las visitas inesperadas y la manera en que su padre reaccionaba cada vez que alguien mencionaba a Esteban Salazar.
Siempre le habían dicho que el asunto estaba resuelto.
Siempre le habían dicho que los Montenegro eran las víctimas.
Pero ¿y si toda su vida había defendido una mentira?
—Necesito encontrar a Esteban Salazar —ordenó—. Y quiero todos los documentos originales, no copias de los informes que preparó mi padre.
Daniel asintió.
—¿Y la señorita Mendoza?
Alejandro bajó la mirada hacia la carpeta.
—Ella tiene derecho a saberlo todo.
—Entonces tendrá que contarle lo que acaba de descubrir.—Lo sé.
Pero había un problema.
Valentina ya no confiaba en él.
Y esta vez, no podía culparla.