Sinopsis
En la pista de carreras y en la sala de juntas, él es una máquina milimétrica: metódico, implacable y con un ego del tamaño de su escudería. En su oficina, es una pesadilla de recursos humanos. Convencido de que cualquier mujer que cruza su puerta solo busca terminar en su cama, despide secretarias antes de que cumplan un mes, escudándose en que ninguna tiene cerebro para los negocios ni carácter para seguirle el paso. Su familia, al borde del colapso corporativo y legal, necesita un milagro para frenar su soberbia.
Ese milagro llega desde el otro lado del Atlántico.
Heredera de un emporio estadounidense y adicta a la adrenalina de las dos ruedas, ella se niega a heredar un trono sin antes forjarse lejos de los favores familiares. La solución es un pacto entre patriarcas: infiltrarla como su nueva asistente ejecutiva bajo una armadura infalible de trajes holgados, gafas pesadas y una indiferencia que desarma cualquier táctica de seducción.
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Capítulo 10: La maniobra de aproximación
El viernes por la mañana, Matteo Castelli no durmió.
A las seis en punto ya estaba en el gimnasio privado de su ático en Porta Nuova, golpeando el saco de boxeo con una furia rítmica que le dejaba los nudillos al rojo vivo bajo las vendas. Cada impacto sordo llevaba el mismo nombre: Horizonte.
Había apostado su monoplaza. El chasis número uno de fibra de carbono aeroespacial, el coche que él mismo había ayudado a moldear en el túnel de viento de Módena, la única máquina en el mundo capaz de hacerle olvidar que los seres humanos eran prescindibles. Si perdía ese coche contra Christian Vance, el británico no solo se pasearía con él por los bulevares de Montecarlo; le recordaría su derrota en cada rueda de prensa durante el resto de su carrera deportiva.
Y todo dependía de doblegar a una mujer que usaba dedales de goma para pasar páginas y consideraba que el Barolo era un depresor innecesario del sistema nervioso.
A las siete y media, Matteo llegó al vestíbulo de la torre en Milán con una estrategia recalculada.
La intimidación técnica no había servido de nada; el trabajo nocturno forzado había terminado con ella comiendo pepino crudo en su sofá, y la cena con Vance solo había servido para que la asistente cerrara un contrato millonario y lo dejara a él como un mero figurante en la mesa. Tocaba cambiar de marcha. Si la señorita Novak se escudaba tras una coraza de rigidez burocrática, Matteo aplicaría la clásica maniobra de aproximación envolvente: atenciones desmedidas, regalos de protocolo corporativo y esa calidez calculada que desarmaba a las puritanas antes de que pudieran citar el manual de Recursos Humanos.
Al salir del ascensor en la planta cuarenta y dos, Matteo dio la primera orden al conserje de planta:
—Haga subir el paquete de Marchesi 1824 de inmediato. A la recepción.
Cinco minutos después, una colosal caja cilíndrica de sombrerera forrada en terciopelo verde agua, coronada por un lazo de seda dorada y acompañada por un arreglo floral de orquídeas blancas y lirios del valle traídos esa misma madrugada de los invernaderos del lago de Como, aterrizaba sobre el mostrador de recepción. Junto a las flores descansaba una selección de brioches de pistacho siciliano y una cafetera de émbolo de plata con granos de tueste suave de Jamaica.
El valor total del gesto superaba con holgura el sueldo mensual de un analista júnior.
A las ocho y veinticinco, Gabriela Novak cruzó las puertas de cristal.
Llevaba una rebeca de punto grueso en un espantoso color marrón avellana podrida, tan deshilachada en los puños que parecía haber sobrevivido a un naufragio, sobre una falda tableada de paño gris que desafiaba cualquier concepto de silueta femenina. El moño tirante estaba blindado con el barniz habitual y las gafas de carey dominaban el tercio superior de su rostro.
Se detuvo en seco frente a su escritorio.
Observó la invasión botánica y la sombrerera de terciopelo con la misma expresión con la que un artificiero observa un paquete sospechoso en la vía pública.
Matteo, que vigilaba la escena desde la puerta entreabierta de su despacho con una taza de café en la mano y la americana desabrochada en una postura de perezosa galantería, decidió hacer su entrada triunfal.
—Buenos días, Novak —dijo él, avanzando con paso elástico, dejando que su colonia de cedro marcara el territorio—. Pensé que después del excelente trabajo que hizo anoche con el contrato de Vance, la secretaría ejecutiva merecía un reconocimiento a la altura de su... eficiencia.
Gabriela no tocó las orquídeas. No miró los brioches de pistacho.
Sacó un pañuelo de papel del bolsillo de su falda, se cubrió la nariz con él y retrocedió un paso completo hacia el pasillo.
—Señor Castelli —dijo ella, con una voz nasal y amortiguada por el papel—. ¿Tiene usted constancia de que los lirios son una de las especies vegetales con mayor concentración de polen alergénico por centímetro cúbico?
Matteo parpadeó, congelándose a mitad de paso.
—¿Qué?
—El polen de lirio contiene glicoproteínas que inducen rinitis aguda y broncoespasmos en espacios cerrados sin ventilación cruzada —continuó Gabriela con una frialdad clínica, sin apartar el pañuelo—. Además, el azúcar refinado de esa pastelería genera picos de insulina que disminuyen la capacidad de concentración antes de las diez de la mañana.
Gabriela extendió el brazo con el índice extendido, presionando el intercomunicador de mantenimiento con la velocidad de un reflejo de combate:
—Servicios generales. Planta cuarenta y dos. Hay un residuo biológico y botánico bloqueando la terminal de recepción. Retírenlo al contenedor de compostaje exterior antes de las ocho y treinta y cinco. Gracias.
Matteo sintió que la mandíbula se le desencajaba.
—¡Novak! —estalló él en un susurro furioso, dando un paso adelante—. Esas flores costaron ochocientos euros y la pastelería es de la confitería más exclusiva de Milán. No son un «residuo biológico». Son un agradecimiento de su director ejecutivo.
Gabriela bajó el pañuelo despacio, ajustándose las gafas con el dedo medio. Sus ojos avellana, fríos como el mármol del Duomo, lo barrieron de arriba abajo:
—Artículo veintitrés del código ético de Castelli Automotive, señor Castelli: «Queda estrictamente prohibida la entrega o recepción de dádivas, presentes o agasajos suntuarios entre superiores jerárquicos y subordinados directos que puedan interpretarse como un intento de coacción o alteración del clima laboral». Si acepto esa caja, tendría que abrir un expediente en el comité de transparencia corporativa por tentativa de soborno no monetario.
El conserje de planta apareció en ese instante con un carrito de limpieza, recogió las orquídeas de ochocientos euros y la caja de Marchesi con una reverencia nerviosa y se las llevó a toda prisa por el pasillo.
Matteo se quedó solo frente al mostrador vacío, con los puños apretados en los bolsillos del pantalón y la sangre hirviéndole a una temperatura capaz de fundir una junta de culata.
—Es usted una criatura verdaderamente exasperante, Novak —masculló él entre dientes.
—Soy una empleada que cumple la normativa, señor Castelli —respondió ella, sentándose en su silla y encendiendo el ordenador con un chasquido rítmico—. Su café de avena está a noventa grados en su mesa desde las ocho y veintidós. Y el señor Vance ya transfirió el adelanto del alquiler del túnel de viento. Le sugiero que revise los balances antes de que se le enfríe la cafeína.
Matteo no se movió. Apoyó ambos brazos sobre el mostrador, cerniéndose sobre ella hasta que su sombra cubrió por completo la pantalla del monitor:
—Hoy a las dos de la tarde salimos para el taller privado en Monza.
Gabriela levantó la vista despacio:
—Tengo programada la conciliación de proveedores de chapa a las tres.
—Reagéndela —ordenó Matteo con una sonrisa afilada, peligrosa y cargada de una autoridad absoluta—. El equipo técnico está montando el nuevo alerón de Horizonte siguiendo sus famosas correcciones aerodinámicas. Como usted fue tan generosa al regalarle mis secretos de ingeniería a Christian Vance anoche, quiero a la responsable de los cálculos en el box para comprobar si sus teorías sobreviven a una vuelta real de telemetría.
Gabriela sostuvo su mirada. Durante una fracción de segundo, la perspectiva de volver a pisar un taller de competición de alto nivel encendió una chispa de adrenalina pura en su pecho; pero su rostro permaneció plano como una tabla de mediciones.
—Necesitaré un mono ignífugo de mi talla y protectores auditivos de grado industrial —dijo ella.
Matteo recorrió la rebeca marrón avellana con una mirada descarada y burlona:
—No creo que tengamos monos ignífugos diseñados para sacos de lana, Novak. Pero no se preocupe: le pediré a los mecánicos que le presten uno de los uniformes de repuesto del equipo de limpieza. A las dos en el garaje subterráneo. Si llega un minuto tarde, la dejo en Milán.
—Llegaré a la una y cincuenta y ocho, señor Castelli —respondió ella—. Y asegúrese de que sus mecánicos hayan limpiado las llaves dinamométricas. La última vez que vi fotos de sus boxes, la grasa en las herramientas daba vergüenza ajena.
Matteo giró sobre sus talones y entró a su despacho azotando la puerta de cristal, dejando a Gabriela sola frente a su pantalla.
En cuanto el pestillo magnético encajó, Gabriela soltó una exhalación baja y divertida, estirando los dedos sobre el teclado. Abrió la ventana de mensajería cifrada interna conectada con el subsótano dos:
> G. Novak: El paciente acaba de enviar flores de ochocientos euros y brioches de pistacho a recepción.
> C. Bennett: ¡JAJAJAJA! ¿En serio? ¿El león de Monza cayó en la fase de los bombones? Dime que te comiste el pistacho.
> G. Novak: Mandé todo al contenedor de compostaje por violación del artículo veintitrés del código ético.
> C. Bennett: Eres un monstruo sin corazón, Hayes. Te amo. ¿Y qué hizo él?
> G. Novak: Casi le da un derrame cerebral. Me lleva a Monza a las dos para revisar el montaje de Horizonte.
> C. Bennett: Cuidado con ese taller, Gaby. El olor a gasolina y los motores aceleran las hormonas de los pilotos. Ese tipo está buscando arrinconarte en un box donde no haya cámaras de seguridad.
> G. Novak: Que lo intente. Sé desarmar una suspensión trasera más rápido que toda su plantilla de ingenieros. Si se pasa de listo, le descalibro el turbo antes de que pueda pestañear.
>
A las tres de la tarde, el box número cuatro del circuito de Monza era un templo de metal, fibra de carbono y luces halógenas de alta intensidad.
En el centro del taller, elevado sobre cuatro gatos neumáticos, descansaba Horizonte.
El prototipo era una bestia baja, ancha y amenazante: la carrocería en fibra de carbono negra mate absorbía la luz artificial, mientras las líneas en azul cobalto trazaban el flujo aerodinámico desde el morro afilado hasta el gigantesco difusor trasero. El motor V8 biturbo descansaba al descubierto, exponiendo los colectores de escape de inconel soldados a mano y las turbinas gemelas que olían a metal frío y lubricante sintético.
Matteo ya no llevaba el traje sastre. Vestía unos pantalones vaqueros oscuros y una camiseta técnica negra ceñida al torso que dejaba a la vista la masa muscular de sus hombros y la tensión en sus antebrazos. Estaba de pie junto a su jefe de mecánicos, Marcozzi, un hombre canoso con treinta años en las pistas que sostenía una linterna frontal.
La puerta lateral del box se abrió.
Gabriela entró.
Llevaba un mono de trabajo de sarga azul oscuro —tres tallas más grande de lo necesario, con las perneras dobladas sobre unos botines de seguridad negros y las mangas remangadas hasta los codos—, una gorra de béisbol sin distintivos que ocultaba la mayor parte de su moño tirante y sus inseparables gafas de carey sujetas con una correa de goma tras la nuca.
Los cuatro mecánicos detuvieron las llaves neumáticas al unísono, mirando a la recién llegada con una mezcla de desconcierto y curiosidad morbosa.
—¿Esta es la chica de Chicago que corrigió el alerón, jefe? —preguntó Marcozzi, rascándose la nuca con una llave fija en la mano.
Matteo se cruzó de brazos, clavando sus ojos avellana en ella con una sonrisa arrogante:
—La misma, Marcozzi. La señorita Novak vino a asegurarse de que sus teorías no nos hagan volar por los aires en la variante Ascari.
Gabriela ignoró a Matteo por completo.
Sus ojos verdes, ocultos tras los cristales, se abrieron de par en par al posarse sobre el chasis de Horizonte. La piloto de motos y la ingeniera de Wharton que llevaba adentro sintieron un escalofrío eléctrico recorriéndole la columna vertebral: la máquina era una obra maestra de la ingeniería italiana. El equilibrio de masas, la geometría de la suspensión delantera de dobles triángulos superpuestos y la integración de los radiadores laterales eran soberbios.
Avanzó hacia el coche con una lentitud casi reverente. Se inclinó sobre el pontón izquierdo, apoyando las yemas de sus dedos enguantados sobre el tejido de carbono puro, sintiendo la textura microscópica del material compuesto.
Matteo vio el gesto.
Por primera vez desde que la conocía, no vio la postura rígida de la secretaria de archivo; vio una mano que tocaba un coche de carreras con la intimidad sagrada de quien comprende el alma del metal.
El italiano se acercó despacio, deteniéndose a escasos centímetros de su espalda. Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo denso, cargado de esa presencia física que llenaba el box como una atmósfera pesada:
—Es hermoso, ¿verdad? Novecientos veinte caballos de fuerza esperando a que alguien tenga las agallas de domarlos. No hay nada en el mundo que se le compare, Gabriela.
Gabriela contuvo el aliento por una fracción de segundo al sentir el calor de su pecho rozando la tela de su mono de trabajo. Pero la distracción duró menos que un cambio de marcha.
Se agachó de golpe, colocándose bajo el alerón trasero antes de que Matteo pudiera cerrar la trampa. Encendió una pequeña linterna de inspección que llevaba en el bolsillo del pecho y apuntó directamente al soporte inferior del plano aerodinámico.
—Es hermoso, señor Castelli —dijo ella, y su voz recuperó ese tono clínico y demoledor que le congelaba la sangre al piloto—. Lástima que sus mecánicos hayan apretado los pernos de titanio del anclaje izquierdo con un par de apriete de cuarenta y cinco newtons-metro en lugar de los cincuenta y dos que especifiqué en el informe.
Marcozzi palideció de golpe, soltando la llave dinamométrica sobre la bandeja.
—¿Qué? Imposible, yo mismo calibré la...
—Venga a comprobarlo usted mismo, Marcozzi —dijo Gabriela sin levantarse del suelo, señalando con la linterna la cabeza del tornillo—. Hay una holgura microscópica de cero coma dos milímetros en la arandela cónica. Si meten este coche a trescientos diez en la recta principal, la vibración armónica va a cizallar el perno en la tercera vuelta. Y su jefe va a terminar estampando sus novecientos veinte caballos contra el muro de contención de la curva Parabólica.
Marcozzi se arrodilló a toda prisa, aplicó la herramienta de medición y soltó una maldición en dialecto veneciano que resonó en todo el hangar:
—Por la Virgen santa... Tiene razón. El perno tiene juego.
Los mecánicos se abalanzaron sobre la parte trasera del coche con urgencia militar, mientras Gabriela se ponía de pie con una calma insultante, sacudiéndose el polvo del mono de trabajo.
Se giró hacia Matteo.
El italiano permanecía inmóvil frente a ella, con los brazos caídos a los costados, mirándola con unos ojos que oscilaban violentamente entre el terror retrospectivo de haber estado a punto de matarse en la pista y una fascinación tan oscura, salvaje y devoradora que amenazaba con hacerle perder el control ahí mismo.
—De nada, señor Castelli —dijo ella en un susurro tranquilo, ajustándose las gafas de carey—. Ya que salvé su vida y la integridad de su coche por segunda vez esta semana... le agradecería que no me vuelva a regalar flores. Las alergias son un peligro innecesario en la línea de meta.
Gabriela dio media vuelta y caminó hacia la salida del box con sus botas de seguridad pesadas, dejando a Matteo Castelli clavado en mitad del taller, con el rugido de las herramientas a su espalda y la aterradora certeza de que Christian Vance tenía toda la maldita razón:
Si seguía jugando con esa mujer... el que iba a terminar de rodillas pidiéndole clemencia no iba a ser nadie más que él.