Sinopsis:
Un matrimonio por conveniencia de dos años. Dos mentes calculadoras dispuestas a todo.
Emma creía que Dilan era el títere perfecto para lograr su venganza familiar y luego desaparecer con su herencia. Dilan sabía que Emma era un lobo con piel de cordero desde el día en que la conoció, y la eligió por eso.
Cuando las mentiras salen a la luz y el imperio de piezas se derrumba, ella exige la libertad que estipulaba el contrato. Pero él tiene una nueva condición: "Úsame, destruye a quien quieras, pero te quedas conmigo". Una historia de amor obsesivo, secretos y poder donde el peligro más grande no son los enemigos externos, sino la atracción entre los dos. Una pregunta que Emma no sabe cómo responder: ¿Se puede ganar una guerra cuando tu mayor enemigo está dispuesto a entregarte todo con tal de que lo ames?
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Capítulo 12
Emma
Mi hermana me miraba con un odio visceral, respirando de manera agitada. Yo me limité a sostenerle la mirada, adoptando una postura rígida y seria; no iba a permitir que volviera a ponerme una mano encima jamás. Además, no era mi culpa que ese maldito compromiso no hubiera prosperado. Había sido Dilan, y solo él, quien decidió romperlo.
—Ya has hecho bastante el ridículo. Deberías irte —le dije con voz gélida, pasando por su lado sin titubear.
La mayoría de los empleados nos observaban con indiscreción. En una oficina los rumores corren a la velocidad de la pólvora, y yo tenía la absoluta certeza de que mañana sería el centro de todas las habladurías capciosas.
—¡Te vas a arrepentir! ¡Dilan no te ama, solo te está usando! —gritó histérica a mis espaldas, buscando desesperadamente herirme—. ¡Solo eres eso para él, un maldito objeto!
No me detuve; al contrario, caminé con paso firme hasta mi escritorio y comencé a organizar el pequeño desastre que el impacto de su bolso había provocado.
—Entre Dilan y yo no hay nada de lo que te debas preocupar —le solté con desdén, extendiéndole su cartera.
Por el rabillo del ojo, vi a varios compañeros sonreír con sarcasmo. Sabía perfectamente lo que pensaban; para ellos, este escándalo era el espectáculo morboso que llevaban esperando desde hacía mucho tiempo. La secretaria que se mete con el jefe... Siempre me habían tachado de bandida y trepadora.
—Le diré a mamá que me golpeaste. ¡Te vas a arrepentir, te lo juro! —amenazó, arrebatándome el bolso de un tirón antes de salir marchándose del lugar a pisotones.
Suspiré profundamente. Ahora tocaba enfrentar al público.
Todas las miradas de la planta estaban clavadas en mí; algunas reflejaban una genuina preocupación, pero la mayoría destilaban un vivo interés por el chisme.
—Esa chica está desquiciada, Emma. Mira cómo te dejó el rostro —comentó Marina, la encargada de supervisión, acercándose con presteza y acariciando mi mejilla con suavidad.
Le dediqué una sonrisa forzada, tratando de mantener la compostura.
—Estoy bien, Marina. No me duele —mentí.
En ese preciso instante, la puerta de la presidencia se abrió de par en par. Dilan salió al pasillo y se detuvo al vernos a todos aglomerados.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó con voz autoritaria, barriendo al grupo con una mirada severa.
—Nada —me adelanté, interrumpiendo cualquier intento de explicación—. Un pequeño inconveniente, pero ya se resolvió. Vuelvan a sus puestos, por favor —ordené. Los empleados, intimidados por la presencia del jefe, comenzaron a dispersarse de inmediato.
Lo último que quería era que Dilan se pusiera en modo ogro delante de todos; eso habría sido la cereza del pastel para arruinar mi reputación. Sin embargo, su mirada oscura se clavó firmemente en mí. Marina se quedó a mi lado, mostrando un claro descontento en su expresión.
—¿Qué fue lo que sucedió? —insistió Dilan, dándose cuenta de la tensión y dando unos pasos hacia mi escritorio.
No apartaba los ojos de mi rostro. Seguramente la marca roja de la bofetada era más que evidente; todavía me ardía la piel. Nos quedamos en un silencio incómodo, hasta que él desvió la vista hacia la supervisora, exigiendo una respuesta implícita.
—La señorita Elena entró sin autorización, la golpeó e inventó rumores sobre usted y Emma —soltó Marina sin filtros, al sentir la presión de su mirada.
Dilan apartó la vista y se quedó pensativo, sumido en un silencio sepulcral. Cuando volvió a hablar, su tono de voz era el que usaba cuando algo le irritaba profundamente.
—¿Qué te he dicho que debes hacer con ese tipo de personas? —me preguntó con frialdad.
—Que llame a seguridad —respondí en un hilo de voz, bajando la cabeza.
—¿Y por qué no lo has hecho?
—Bueno... es mi hermana, Dilan. No podía simplemente...
—Entonces aguántate. Parece que debió darte otra bofetada —soltó con crudeza. Acto seguido, dio media vuelta y regresó a su oficina, cerrando la puerta tras de sí.
Tanto Marina como yo nos quedamos completamente heladas ante su reacción.
—¿En serio te dijo eso? —preguntó Marina, sin poder creérselo, con los ojos abiertos de par en par.
—Estoy acostumbrada —respondí, restándole importancia con una sonrisa amarga, aunque por dentro sentía que el corazón se me estrujaba. Pensé que, después de lo de anoche, yo le importaba un poco, pero era evidente que a él no le interesaban mis problemas familiares.
Marina se quedó un rato más conmigo para hacerme compañía, y eventual y difícilmente logramos retomar la rutina del trabajo.
...****************...
Dilan
—¡¿Qué demonios has dicho?! —el grito de mi suegro resonó en las cuatro paredes de su despacho.
—Lo que escuchó —respondí, plantándole cara con una tranquilidad peligrosa—. La quiero fuera de mi vista. Si esa mujer vuelve a aparecer en mi empresa sin avisar, juro por Dios que olvidaré por completo que es mi cuñada y haré que la saquen arrastrada por el personal de seguridad.
Mi suegro me clavó una mirada cargada de una furia ciega, pero a mí me importaba una soberanai mierda su enfado. Emma tenía el rostro marcado por culpa de su otra hija y la impotencia de no haber podido romperle la cara a Elena en la oficina para no armar más escándalo me estaba carcomiendo las entrañas.
—No te pases de la raya, Dilan —amenazó él, señalándome con el dedo—. Que seas mi yerno no te da el más mínimo derecho de tratar a mi hija de esa manera.
—Y que usted sea mi suegro tampoco le da el derecho de permitir que maltraten a mi esposa —le espeté, dando un paso al frente y elevando la voz con una autoridad aplastante—. Emma ya no es la niña sumisa que tenían atrapada en su casa. Ahora es mi mujer, y a mi mujer se la respeta. Que sea la última maldita vez que veo que alguien le pone un dedo encima.
Sin darles la oportunidad de articular una sola palabra más, salí de la oficina dando un portazo. Estaba demasiado alterado para regresar a la empresa; la simple imagen de Emma herida y desprotegida me provocaba una rabia destructiva que no sabía cómo canalizar.
Manejé directo a nuestro departamento. No quería volver al trabajo. En cuanto llegué, me di una ducha larga con agua fría para intentar despejarme, y pasé el resto de la tarde tirado en la cama, mirando al techo. Por más que intentaba evitar pensar en esa patética situación, no lograba comprender cómo había terminado tan involucrado.
Nunca antes en mi vida me había importado una mujer, ni mucho menos había querido perder el control por alguien. Y ahora estaba aquí, encerrado, enfadado conmigo mismo por haber sido tan duro con ella frente a los empleados, frustrado por no haberla defendido públicamente para no delatar nuestro matrimonio.
Por mucho que quisiera negarlo, sabía perfectamente lo que estaba empezando a sentir por Emma. Y no me agradaba esa idea; no cuando ella seguía firmemente convencida de que nuestro matrimonio era solo una fría alianza de negocios y un contrato por conveniencia.
Sintiéndome asfixiado, me puse de pie y decidí salir a dar un paseo; sentía que la cabeza me iba a explotar si seguía encerrado con mis propios pensamientos.
Las calles de la ciudad estaban atestadas de autos y el ruido del tráfico resultaba insoportable. Caminé sin rumbo buscando un poco de paz, hasta que llegué a un pequeño parque residencial. Me detuve junto a un banco, observando a los niños correr y jugar de un lado a otro en el césped.
Justo frente a mí, una joven pareja reía con ganas, enternecida por la última travesura que acababa de hacer su pequeño hijo.
Sin poder evitarlo, una sonrisa genuina e involuntaria se dibujó en mis labios al verlos. Sin embargo, en cuanto fui consciente de mi reacción, la oculté de inmediato, recomponiendo mis facciones y sacudiendo la cabeza con incredulidad. ¿Qué demonios me estaba pasando?
Mierda. Acababa de proyectar esa escena imaginándome a Emma y a mí, siendo felices con un hijo. Me pasé la mano por el cabello, frustrado. De verdad me estaba volviendo loco.
Decidido a regresar al departamento, caminé hacia la parada de autobuses y saqué mi teléfono. Necesitaba desahogarme con alguien, así que le escribí a mi mejor amigo.
«Hoy imaginé a mi esposa y a mí en una situación muy extraña... pero debo admitir que se sintió jodidamente bien».
Envié el mensaje, guardé el aparato en el bolsillo y me quedé estático en la acera, contemplando el semáforo en rojo. A los pocos segundos, el teléfono vibró. Lo saqué pensando que sería una respuesta lógica, pero al leer la pantalla el mundo se me detuvo:
«Te has enamorado. ;)»
Me quedé completamente plasmado, con la mente en blanco y el corazón golpeándome el pecho con tanta fuerza que sentí que se me saldría del cuerpo. Enamorado... ¿Yo?
—¿Dilan? —una voz suave y sumamente familiar interrumpió mi conmoción desde un costado.
Parpadeé para salir del trance y giré la cabeza hacia la persona que me llamaba. Mis ojos chocaron con los de Emma. Me miraba con una mezcla de confusión y sorpresa, luciendo una sutil y hermosa sonrisa en los labios. Esos malditos labios que me tenían desvelado. Aparté la mirada de su boca con esfuerzo para detallarla bien.
—Vaya, ¿qué haces tú por aquí? —preguntó ella, dando unos pasos para acortar la distancia entre los dos.
No sabía si lo estaba imaginando debido a mi locura actual, pero sentí que, a cada paso que ella daba hacia mí, los latidos de mi corazón se aceleraban de una manera desbocada. Lo peor —o lo mejor— era que esa abrumadora sensación no me aterraba en lo absoluto; al contrario, me fascinaba.
Emma posó su mano sobre mi hombro con delicadeza. El simple contacto de sus dedos sobre mi piel me hizo estremecer por completo; era una calidez nueva, una sensación completamente desconocida para mí. Nos sostuvimos la mirada durante unos segundos que parecieron eternos, intensos, hasta que ella desvió los ojos con timidez hacia el frente.
—No me escribiste en todo el día... Pensé que esta noche no vendrías a dormir al departamento —comentó, retirando la mano de mi hombro.
La observé guardar ambas manos dentro de los bolsillos de su abrigo; sus mejillas estaban un poco sonrosadas por el viento. Tenía frío.
—¿No vas a decir nada? —insistió al notar mi mutismo.
—Yo... —articulé, completamente desarmado. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Que estaba caminando como un tonto sin rumbo y que, por un juego del destino, terminé parado justo frente al edificio donde ella se estaba hospedando?