Cinco años de matrimonio empañados por la distancia y un embarazo fallido llevan a Victor y Victoria al inevitable divorcio. El acuerdo es pacífico y la separación, inminente. Cada uno toma su propio camino; sin embargo, no pasa mucho tiempo antes de que el frío y reservado Victor Song descubra que desatarse del pasado es imposible cuando la mujer que dejó ir sigue siendo la única que desea.
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La Dulce Inocencia De Ben
Sus cejas arrugadas me imploraron por una afirmación. Mis instintos me exigieron decirle que sí, pero mi buen juicio se negó antes de que pudiera darle esperanzas. Su gesto decayó y su ánimo tambaleó, como si hubiésemos retrocedido veinte pasos de los dos que habíamos logrado avanzar.
—Pero tampoco hay necesidad de limitarse, Bennie —coloqué su historial en la mesa, donde pudiera mirarlo—. Puedes hacer esto y aquello sin necesidad de escoger un bando... Yo te ayudaré.
—¿Así de fácil?
—Por supuesto que sí —chasqué la lengua—. Muéstrame que eres capaz de salvar todas las materias y yo mismo me encargaré de apadrinar tu sueño como productor de música.
—¿Y qué pasará con la empresa?
—Si logras adaptarte, solito puedes abrirte las puertas a grandes oportunidades —le sonreí—. Deja de pensar en las palabras de tu padre; el que estará encerrado de por vida en esa oficina seré yo.
La mirada de Ben se apaciguó. Se quedó en silencio, pero casi podía escuchar su corazón alborotado. Quería creerme, noté perfectamente el dilema en su cabeza que le exigía dejar el conflicto; sin embargo, parecía que los lazos sanguíneos eran todavía más fuertes.
—Si hay alguien en quien puedes confiar plenamente, es en tu tío, Bennie.
La voz de Victoria sonó a la par de la puerta. La vi con una charola en manos, con un par de vasos con limonada y unos aperitivos. Dejó la tabla sobre el escritorio y revolvió el cabello del chico cuando dejó las cosas. Sonriente, expulsando esa aura de calma que siempre dejaba en donde pisara.
—Sé que la situación es difícil, pero no son problemas por los que deberías preocuparte. Además, aprovecha que tu tío te ha apadrinado, así tendrás el mejor equipo para todos esos beats.
—¿Pueden adoptarme?
La risa de Victoria explotó, justo en el mismo momento que mi corazón. Sus dientes frontales se asomaron con ternura y su nariz se arrugó tiernamente, haciéndome perder la razón de mi existencia.
Muy pocas veces la había visto reír de esa genuina manera. Las únicas veces en las que lo había presenciado fueron cuando me caí en un charco de lodo durante un viaje familiar y aquella noche en la que fuimos drogados.
Era una situación irreal. Increíblemente maravillosa...
—Tu tío es demasiado torpe para cuidar de un niño.
Hasta que dijo eso.
Ben alzó las cejas con las mejillas sonrosadas. Era claro el mensaje, incluso para él. Victoria me miró y pareció entender lo que había dicho, así que volvió a acariciar el cabello de nuestro sobrino, mirando las hojas sobre el escritorio, mientras yo me quedaba con el estómago retorcido.
—La base para sobresalir es hacerle saber al mundo que nadie tiene poder sobre ti —continuó—. Y definitivamente, la rebeldía con esas calificaciones tan bajas, no son el camino correcto —aconsejó.
—Quedan solo un par de meses para que termine el ciclo escolar —musitó, rascando su nuca.
—Es más que suficiente —le respondió, encogiéndose de hombros—. Victor Song es un cerebrito total, atiende sus tutorías y te resultará más fácil de lo que piensas.
—¿Confías en el tío? —la miró.
La pregunta de Ben hizo eco en mi cerebro vacío. Victoria le miró con la expresión indescifrable, pero con una leve mueca que mantuvo el ánimo alto.
Quise escuchar su respuesta. El pecho se me llenó de expectativa, ante lo que pudiera responderle.
Estábamos divorciados, nuestros caminos ya no coincidían en ese aspecto; sin embargo, mis sensaciones no parecían estar en sincronía con la realidad. Aun así, me armé de valor y le miré a los ojos en silencio, sin la necesidad de salvarla del apuro.
—Confío en que es la mejor opción que puedes tener para crecer en todos los aspectos que te puedas imaginar —respondió apartando la mirada—. Haz algunas pruebas de rendimiento. Cuando termines, podemos preparar algunas galletas para subirle el ánimo a tu madre, ¿de acuerdo?
—Sí, tía —le sonrió—. Trabajaré duro —prometió, alzando el puño.
Victoria le regresó el gesto y tomó la charola, girándose sin acordarse de mí. La silueta de su espalda se alejó de a poco y el vacío en mi pecho se oscureció. La vi irse y cerrar la puerta, sin embargo, el peso de su asistencia seguía apretando en mi corazón, como si cada segundo fuera esencial para dejarme en claro que el tiempo se estaba agotando.
—Es una pena que esto pasara —murmuró Ben, después de un suspiro.
—¿De qué hablas?
—Escuché a mamá decir que la tía y tú se han separado como mi mamá y mi papá —explicó, torciendo la cabeza—. Pero no lo entiendo, porque la tía y tú no se miran cómo lo hacen mis papás.
La incredulidad se me escapó en un jadeo. Me interesé en las palabras de mi sobrino y me acomodé sobre mi silla, ofreciéndole una galleta como ofrenda por la brutalidad de la honestidad que gozaban los niños.
Su comentario tenía el mismo peso de interés, que lo tenían los comentarios de los accionistas en una junta empresarial. Dependiendo de sus palabras, era la vitalidad que ganaría mi esperanza para que el jodido jueves no se sintiera como la llegada de una muerte prematura para mí.
—Se miran como dos idiotas enamorados —concluyó.