Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 12
Al día siguiente, Valeria llegó al departamento de Sofía con una bolsa con compras recién hechas y una botella de malbec económico. Comieron en la mesa pequeña de la sala de estar: milanesas al horno, puré de papas y ensalada. Mientras Tiago jugaba en su habitación con bloques, Sofía bajó la voz y le contó a Valeria la conversación del día anterior.
“Tiago no quiere ir más al jardín. Dice que los chicos son muy chiquitos, que no tiene con quién jugar. Me parte el alma verlo pedir quedarse en casa”.
Valeria masticó despacio y asintió. “Si el niño no está feliz, para qué forzarlo. La infancia es corta. No pasa nada si no va a jardín. Yo puedo cuidarlo en mi casa cuando estés trabajando. O llamá a tu mamá, que venga a ayudarte un tiempo”.
Sofía negó con la cabeza de inmediato. “No quiero seguir cargándote a vos, ya hacés demasiado. Y mi mamá… nunca quiso mucho a Tiago. Lo mira como si fuera una carga. El nene tampoco se siente cómodo con ella. No, eso no”.
Valeria pensó un momento, tamborileando los dedos en la mesa. “Entonces poné cámaras en casa. Cámaras con app. Así lo ves todo desde el celular. Si está solo, sabés qué hace cada segundo. Si pasa algo, estás a un mensaje. Es lo más seguro sin tener que dejarlo con nadie”.
Sofía lo consideró. Era práctico, económico y le daba control. “Me parece bien. Voy a probarlo”.
Esa noche, después de bañar a Tiago y ponerlo en pijama, Sofía se sentó con él en la cama. Habló con calma y claridad. “Hijo, mamá entendió que no te gusta el jardín. Vamos a hacer un trato: no vas todos los días. Pero solo podés quedarte en casa dos días por semana. Los otros tres tenés que ir. ¿Te parece justo?”.
Tiago lo pensó un segundo y asintió con energía. “Sí. Dos días libres ya es mucho. ¡Gracias, mamá!”. Inmediatamente agregó: “¿Mañana puedo quedarme?”.
Sofía sonrió y le revolvió el pelo. “Sí. Mañana te quedás. Pero después vas tres días seguidos”.
Al día siguiente, llamó al jardín y pidió dos días de licencia justificada. Por la noche, llegó el pedido online: dos cámaras de seguridad con visión nocturna y conexión a la app del celular. Las instaló en la sala de estar y en la habitación de Tiago, probó la señal y la conexión. Todo funcionaba. Se acostó con una mezcla de alivio y ansiedad.
El lunes por la mañana, antes de salir, Sofía se arrodilló frente a Tiago y repitió las instrucciones por enésima vez. “No abras la puerta a nadie. No toques la cocina, ni el gas, ni los enchufes. La comida del mediodía está en el microondas, solo apretás el botón de tres minutos. Si pasa cualquier cosa, me llamás al instante. ¿Entendido?”.
Tiago asintió con seriedad. “Sí, mamá. Andá tranquila”.
Sofía lo abrazó fuerte, le dio un beso en la frente y salió. En el ascensor, miró por última vez la puerta cerrada. Desde la calle, se volvió para mirar las ventanas del tercer piso. El auto nuevo arrancó con suavidad.
Al llegar al estacionamiento subterráneo del Grupo Rodríguez, vio el Mercedes negro de Lucas. Él bajaba en ese momento. Al ver el SUV de Sofía, silbó impresionado. “¿Ese es tuyo? ¿Cuánto te costó?”.
“Dos mil pesos. Usado, pero anda perfecto”.
Lucas abrió los ojos. “¿Dos mil? ¿En serio? Ahora los usados están regalados. Tengo que ir a comprar uno yo también”.
Subieron juntos en el ascensor. Sofía sacó el celular y abrió la app de las cámaras. En la pantalla, Tiago hacía flexiones en la sala de estar, concentrado, con la lengua afuera por el esfuerzo. Lucas se inclinó para ver. “Mirá vos. El pibe es un atleta. ¿Cuántos años tiene?”.
“Cuatro y medio”, respondió Sofía, con una sonrisa orgullosa que no intentó disimular.
Lucas rio. “Ya lo veo grande. Vas a tener que ponerle un gimnasio en casa”.
La semana transcurrió sin sobresaltos. Los días que Tiago se quedaba solo, se portaba impecable: hacía ejercicios, leía libros infantiles, ordenaba sus juguetes, incluso barría un poco el piso. Siempre se aseguraba de pasar por el ángulo de las cámaras para que mamá lo viera. Los tres días de jardín, su humor cambió: saludaba a los compañeros, participaba en los juegos, seguía las indicaciones de las maestras. La directora llamó a Sofía para comentarle: “Notamos un cambio grande en Tiago. Está más abierto, más dispuesto. Es un niño muy inteligente, pero ahora se relaciona mejor”.
Sofía sintió un alivio inmenso. El sistema funcionaba.
Mientras tanto, en las oficinas del Grupo Financiero de América Latina, Matías tenía un día complicado. La puerta se abrió sin aviso y su abuela entró empujando una silla de ruedas que ella misma colocó junto al escritorio. Se sentó con decisión y cruzó las manos sobre el bolso. “Ya está, Matías. Basta de excusas. Tenés edad para casarte. No podés seguir solo”.
Matías siguió firmando documentos sin levantar la vista. “Abuela, estoy ocupado”.
“Eso decís siempre”. Sacó del bolso un fajo de fotos impresas en alta calidad: chicas sonrientes, peinados perfectos, maquillaje impecable. Las empujó sobre la mesa. “Elegí una. Todas de buena familia, educadas, lindas. Vas a conocerlas y punto”.
Matías miró las fotos de reojo. “No me gustan”.
La abuela frunció el ceño. “¿Y qué te gusta, entonces? Decime qué tipo de mujer querés”.
La imagen de Sofía apareció en su mente sin permiso: el cabello suelto, la mirada seria, la forma en que se mantenía erguida a pesar de todo. Matías frunció el ceño y apartó el pensamiento con fastidio.
La abuela no se rindió. “Hace cinco años te dejaron por una interesada. Yo pensé que después ibas a buscar a alguien mejor, pero no. Llevás años solo. A esta edad los hombres ya tienen hijos. Si seguís así, vas a tener problemas para ser padre”.
Matías apretó la mandíbula. Las venas de las sienes se marcaron. “Abuela…”.
Ella levantó una mano. “No quiero oír excusas. El sábado vas a conocer a una de estas chicas. Punto final. Si no, me quedo acá sentada hasta que aceptes”.
Matías exhaló por la nariz. Sabía que cuando su abuela se ponía terca, era imparable. Después de un silencio largo, murmuró: “Está bien. El sábado”.
La abuela sonrió triunfante, recogió las fotos y se levantó. “Así me gusta. Te mando el lugar y la hora. Portate bien”.
Matías no respondió. Cuando la puerta se cerró, dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio y se pasó la mano por la cara. El sábado se acercaba, y con él, una cita que no quería.