Abigail ha pasado años tallando la vida perfecta: una carrera prestigiosa como diseñadora de joyas de alta gama y un matrimonio que creía inquebrantable con Julián. Sin embargo, la perfección se astilla cuando descubre que su esposo y Mónica, su mejor amiga y socia, no solo mantienen un romance clandestino, sino que han estado conspirando para robar sus diseños y dejarla en la quiebra.
En medio del colapso de su mundo, reaparece Sebastián, un antiguo amor de la juventud que ahora es un magnate de la industria minera de gemas. Mientras Abigail planea su venganza —una tan fría y elegante como un diamante—, deberá decidir si permite que el fuego del pasado con Sebastián purifique su corazón o si las heridas de la traición la han vuelto tan dura e impenetrable como la piedra que diseña
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Capitulo 11
La mesa estaba servida con una precisión quirúrgica. Abigail había elegido un mantel de lino blanco, tan pulcro que parecía el lienzo de un forense. Flores frescas —lirios blancos, su aroma dulce y pesado llenando el comedor— y velas de cera de abeja que proyectaban sombras alargadas contra las paredes de la mansión.
Abigail observó el conjunto. Todo en esa habitación era caro, elegante y, en ese momento, profundamente falso. Había invitado a Julián y a Mónica a una "cena de celebración" por el éxito del diseño en la junta directiva. Una ironía que saboreaba como un vino amargo.
Mónica llegó vistiendo un traje que Abigail le había regalado un año atrás. La ironía no se le escapó. Julián la recibió en la puerta con una efusividad que pretendía ser profesional, pero que para los ojos de Abigail, ahora equipados con lentes de realidad cruda, era un despliegue de posesión.
—Gracias por invitarnos, Abigail —dijo Mónica, acercándose para darle un beso en la mejilla.
El contacto de la piel de Mónica contra la suya le provocó un escalofrío. Era el "Beso de Judas" en su forma más pura: tibio, perfumado y cargado de traición. Abigail no se apartó. Dejó que el veneno la rozara, usándolo para alimentar la hoguera interna que mantenía su postura erguida.
—Te lo mereces, Mónica —respondió Abigail, su voz una seda impecable—. Después de lo que presentaste hoy, es lo mínimo que podía hacer.
La cena transcurrió entre risas forzadas y anécdotas del pasado. Julián servía un Cabernet Sauvignon de cosecha especial, moviéndose con la gracia de un anfitrión perfecto. Sin embargo, Abigail no escuchaba las palabras; observaba el lenguaje de los cuerpos.
A mitad del segundo plato, Abigail dejó caer intencionadamente su servilleta. Al inclinarse para recogerla, lo vio.
Bajo la mesa de caoba, el pie de Julián estaba entrelazado con el de Mónica. No era un roce accidental; era una caricia rítmica, una comunicación silenciosa de victoria y lujuria.
Mónica tenía la mano apoyada en su propio muslo, a milímetros de los dedos de Julián, que buscaban su piel con una familiaridad antigua.
Abigail se incorporó lentamente. El aire en sus pulmones se sintió como cristales rotos.
Mientras ellos discutían los planes para la expansión en París —una ciudad que Julián siempre había odiado hasta que surgió la oferta de L'Eclat—, Abigail experimentó una epifanía devastadora.
Miró a Julián. Recordó su boda, las promesas de "en la salud y en la enfermedad", el apoyo que ella le dio cuando su primera empresa fracasó. De repente, las piezas del rompecabezas de Elías Thorne encajaron con una lógica cruel. Julián no se había casado con ella por amor; se había casado con su talento, con su herencia y con su capacidad para generar activos que él no podía crear por sí mismo.
Su matrimonio nunca fue una unión de almas. Fue una herramienta financiera. Él había sido el gestor de una cuenta corriente llamada Abigail Sterling, y ahora que la cuenta estaba a punto de ser vaciada por la firma extranjera, él simplemente estaba transfiriendo los fondos a una nueva sucursal: Mónica.
El dolor, ese nudo punzante que la había acompañado desde que descubrió la primera sospecha, se evaporó. En su lugar, nació algo nuevo: una furia gélida. No era la rabia que quema y destruye sin control; era el frío que conserva, que endurece y que espera el momento exacto para quebrar el cristal.
Se dio cuenta de que ellos la miraban. Había estado en silencio demasiado tiempo.
—¿Te pasa algo, Abby? —preguntó Julián, su voz fingiendo una preocupación que ahora le resultaba cómica—. Pareces ausente.
—Solo pensaba en lo mucho que han cambiado las cosas —dijo ella, fijando sus ojos en los de él—. En cómo uno cree conocer los cimientos de su casa, hasta que se da cuenta de que están construidos sobre arena.
Julián palideció un poco, pero Mónica, envalentonada por el vino y su "triunfo" matutino, intervino:
—La arena también puede ser hermosa, Abigail. Solo hay que saber cómo moldearla.
—Cierto —replicó Abigail con una sonrisa que no mostró los dientes—. Pero la arena se escapa entre los dedos cuando intentas apretarla demasiado.
Abigail levantó su copa. La luz de las velas se reflejaba en el cristal, creando destellos rojos que parecían gotas de sangre suspendidas en el aire.
—Quiero hacer un brindis —anunció.
Julián y Mónica levantaron sus copas, sus rostros iluminados por una autosuficiencia que rayaba en la estupidez. Creían que tenían el control. Creían que Abigail era la esposa derrotada que aceptaba su destino con elegancia.
—Brindo por la lealtad —dijo Abigail, mirando a Mónica—. Porque al final del día, cada uno recibe exactamente lo que ha sembrado. Y brindo por los nuevos comienzos, Julián. Por esos que se firman en la sombra y que salen a la luz cuando menos lo esperas.
Bebió el vino de un solo trago, sintiendo el calor del alcohol bajar por su garganta, contrastando con el hielo de su corazón.
Al terminar la cena, Abigail los acompañó a la salida. Mientras Julián ayudaba a Mónica con su abrigo, Abigail observó el intercambio de miradas entre ellos: un guiño rápido, una sonrisa de suficiencia. Eran cómplices celebrando el funeral de alguien que aún estaba vivo.
Cuando la puerta se cerró y Julián regresó al salón, se acercó a Abigail para intentar rodearle la cintura. Ella se apartó con una suavidad mecánica, como quien esquiva un charco de agua sucia.
—Estoy cansada, Julián. Voy a dormir al cuarto de invitados, la migraña ha vuelto.
—Oh, entiendo. Descansa, cariño. Mañana será un gran día para la empresa.
—No tienes idea de cuánto —susurró ella para sí misma mientras subía las escaleras.
Ya en la soledad de la habitación de invitados, Abigail no encendió la luz. Se sentó frente a la ventana, observando el jardín oscuro. Sacó su teléfono y marcó el número de Elías Thorne.
—Proceda con la fase dos —dijo en cuanto él respondió—. No quiero que quede piedra sobre piedra.
La cena había sido el último vestigio de humanidad que Abigail les había ofrecido. Había buscado una pizca de duda, un gramo de remordimiento en sus ojos, y no había encontrado nada más que codicia y desprecio.
Ahora, la mujer que amaba a Julián y la amiga que protegía a Mónica habían muerto oficialmente en esa mesa de caoba.
Lo que quedaba era la arquitecta de su propia venganza. Y Abigail Sterling siempre había sido la mejor en su trabajo.