Durante tres años, Luciana fue utilizada por la familia de su esposo. Casada con Matías, se vio obligada a convertirse en donante de sangre permanente para Sofía, la hermana del mejor amigo fallecido de él. En esa casa no era esposa: cocinaba, limpiaba y obedecía. En la empresa, nadie la tomaba en serio.
Todo terminó cuando Sofía le envió fotos íntimas con Matías. Luciana no discutió. Pidió el divorcio y se fue.
Lo que dejaron atrás fue un error.
Tras regresar a su hogar, Luciana reveló su verdadera identidad: heredera de una familia millonaria. La sumisión no era necesidad, sino elección. Lejos del matrimonio, vuelve al mundo empresarial con capital, poder y memoria.
Esta vez, no será utilizada.
NovelToon tiene autorización de yana_vern para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14
—Matías… por favor, escuchame… yo no quise… fue un accidente… yo me asusté…
Su voz se quebraba una y otra vez, como si el llanto pudiera cambiar lo que ya había ocurrido.
Matías no respondió. Miraba fijamente la carretera nocturna, las luces de Buenos Aires deslizándose a ambos lados como una secuencia interminable.
Si eso había sido una actuación… ¿cuántas veces más el habría tomado partido sin comprobar nada?
—Matías… no me mandes lejos… yo puedo explicarlo… —Sofía volvió a aferrarse a su brazo.
Él retiró el brazo con brusquedad.
—Basta —dijo, con la voz tensa—. No hables más.
De pronto, un rugido de motor rompió la quietud. Un deportivo rojo se cruzó delante de ellos y frenó de golpe. La ventanilla bajó y apareció una sonrisa conocida.
—¿En serio te vas así, sin despedirte? —gritó Lucas, apoyado en la puerta de su auto—. Bajá, dale.
Matías frunció el ceño.
—¿Qué hacés acá?
—Salí del banquete hace rato. Te vi y te seguí —respondió Lucas con total naturalidad—. Vení, subite. Hace frío como para quedarse discutiendo en la calle.
Matías dudó un segundo.
Sofía lo miró con desesperación.
—Matías…
Lucas ya le había abierto la puerta del copiloto.
—Subí —repitió—. No pongas esa cara.
El deportivo arrancó con un tirón suave.
Durante los primeros minutos, ninguno habló.
Hasta que Lucas no pudo contenerse.
—Así que… Luciana volvió hecha una reina, ¿eh? —dijo, con una sonrisa ladeada—. No te voy a mentir, no me lo esperaba.
Matías se tensó.
—No empieces.
—Vamos, Matías. Todos lo están comentando —continuó Lucas—. Ricardo Rodríguez, la noche entera pegado a ella. ¿Vos sabías algo de eso?
—No.
—Mirá vos —Lucas chasqueó la lengua—. Igual, hay que reconocerle mérito. Supo moverse. Pasar de esposa descartada a acompañante de un Rodríguez no es poca cosa.
Matías giró la cabeza de golpe.
—Cerrá la boca.
Lucas levantó las manos, fingiendo rendición.
—Tranquilo, che. No te pongas así. Solo digo lo que dicen todos.
—No hablés de ella así.
El tono de Matías era duro, cortante.
Lucas lo miró de reojo, sorprendido.
—¿En serio la vas a defender ahora? ¿Después de todo?
—No es defender —respondió Matías—. Es no decir estupideces.
Lucas soltó una risa breve.
—Mirá, para mí siempre fue lo mismo. Luciana se creyó algo que no era. Te apuntó alto, vos eras el camino. Ahora encontró otro. Fin de la historia.
Matías no respondió.
Miró por la ventanilla, el reflejo de las luces deformándose en el vidrio.
—¿Sabés qué? —Lucas suspiró—. Esto no se arregla pensando. Se arregla tomando algo. Vamos al bar de siempre.
Matías dudó apenas un instante.
—Dale.
El escándalo del banquete no tardó en expandirse.
En menos de veinticuatro horas, Luciana Rodríguez se había convertido en el nombre más mencionado en círculos empresariales y sociales. No por el escándalo, sino por lo que vino después.
Esa misma mañana, Ricardo Rodríguez convocó a una reunión extraordinaria del directorio del Grupo Rodríguez.
Sin discursos innecesarios, anunció:
—A partir de hoy, Luciana Rodríguez se incorpora como vicepresidenta del grupo.
Algunos ejecutivos intercambiaron miradas. Otros bajaron la vista. Nadie habló.
Ni Ricardo ni Luciana dijeron una palabra al respecto.
Luciana, por su parte, dejó claro un punto desde el primer día: no haría pública su condición de heredera.
—Quiero trabajar —dijo con calma—. Lo demás puede esperar.
Ricardo la observó un segundo más de lo habitual, luego asintió.
Las resistencias internas existían, pero nadie se atrevía a desafiarlas abiertamente. Mucho menos cuando Ricardo asignó a Ernesto, su hombre de mayor confianza, como secretario personal de Luciana.
—Cualquier problema, vas con él —le dijo—. Y todos los días, dos horas conmigo. No es negociable.
Luciana aceptó sin discutir.
El ritmo fue intenso desde el primer día.
Reuniones, informes, proyectos.
A la tercera tarde, Luciana se recostó en la silla, estirando las piernas con disimulo.
—Cinco minutos —pidió—. Solo cinco.
Ricardo levantó la vista del documento.
—¿Te estás cansando ya?
—Un poco —admitió ella.
—Entonces llamo a papá y que te enseñe él.
Luciana se incorporó de inmediato.
—No hace falta.
Ricardo sonrió, satisfecho.
Más tarde, mientras revisaban la agenda, Ricardo mencionó:
—El Grupo Ponte va a liberar proyectos interesantes en su aniversario. Quiero que estés atenta.
—¿Vos vas a estar?
—No. Viajo al exterior esa semana. Santiago vuelve y te va a dar una mano.
Luciana alzó la cabeza.
—¿Santiago vuelve?
—Sí.
—Entonces voy a buscarlo al aeropuerto —dijo sin pensarlo.
Ricardo asintió.
—Antes comemos algo. Te estás salteando horarios.
Ricardo sonrió resignado, bajó la cabeza y miró la hora.
—Vamos, te llevo a comer.
Al entrar al restaurante, el rostro de Luciana se volvió serio de inmediato: realmente, los enemigos se cruzan en los peores momentos.
¡Carmen y Valeria también estaban allí!
—¿Dónde está el gerente? —gritó Valeria en voz alta—. ¿Acaso dejan entrar cualquier basura en este restaurante?
no le pongas tanto relleno a las novelas, haz que la mujer se enamore, no tan rápido, ni tan lento, que allá pasión, amor etc..
eso es lo que amarra, a una persona en leer novelas, y con esta son dos novelas que me pasa lo mismo y fatal.
espero que cuando vuelva a leer una de tus obras nuevamente, hayas mejorado.
Me gusta como hablan los argentinos pero leer el vos, tenés, etc. no.