Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.
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Capítulo 12
Capítulo 12
Lo que más ama y lo que más odia
Y Valentina entendió que, por primera vez desde que Santiago volvió a aparecer, alguien más conocía el muro que había entre ellos.
Patricia no usó esa información contra ella.
Eso fue lo peor y lo mejor.
Al día siguiente solo le dejó un café en la mesa del vestidor, una curita para la muñeca y una frase:
—Si quieres que no pregunte, no pregunto. Pero no cargues sola con todo, ¿sí?
Valentina no respondió. Tomó el café. Eso, entre ellas, era casi un abrazo.
La calma duró hasta las diez de la mañana, cuando la supervisora reunió al equipo de ama de llaves y anunció que, por necesidades del huésped de la suite presidencial, Valentina quedaba asignada como personal residente del piso dieciocho.
—¿Residente? —preguntó ella.
—Dormirás en el cuarto de guardia del personal ejecutivo mientras dure la estancia del señor Reyes. Tendrás turnos rotativos, pero prioridad absoluta para la suite 1801.
—Eso no estaba en mi contrato.
—Está en el anexo de disponibilidad. Recursos Humanos lo revisó.
Recursos Humanos siempre revisaba lo que convenía al hotel.
Valentina pensó en su departamento, en Canela dormida sobre la ropa limpia, en Isabel a media hora de distancia, en la renta que no perdonaba aunque ella durmiera en otro lugar. Pensó también en los mil pesos del día siete.
—Necesito pasar por mis cosas.
—Tienes dos horas.
Patricia apareció detrás de ella cuando salieron al pasillo.
—Yo paso a darle comida a Canela en la noche.
Valentina la miró.
—No te pedí...
—Ya sé. Por eso te aviso.
Esta vez Valentina sí dejó que el agradecimiento se le notara un poco.
Volvió a su departamento, metió en una mochila dos uniformes, ropa interior, cargador, analgésicos, el recibo de la clínica y una foto de Isabel que puso entre las páginas de una libreta. Canela se sentó sobre la mochila como protesta formal.
—No empieces con dramas. Ya tengo suficientes humanos para eso.
La gata parpadeó, ofendida.
Valentina le dejó doble agua, comida medida y la llave a Patricia con una nota pegada al refri: "No dejes que te manipule. Es actriz."
A las dos de la tarde ya estaba de regreso en Hotel Castellano, instalada en un cuarto angosto de guardia con una cama individual, un locker y una ventana que daba a un muro. Era mejor que algunos lugares donde había dormido durante los primeros meses después de perder la casa familiar.
Eso no lo hacía bueno.
El hotel no pagaría su renta por ella. Tampoco alimentaría a Canela ni acortaría el camino hasta la clínica. Dormir ahí solo significaba estar disponible cuando Santiago chasqueara los dedos, y seguir pagando afuera una vida propia que se le quedaba cada vez más lejos.
El celular vibró.
Marco.
"Señorita Estrada, adjunto preferencias del señor Reyes para servicio en suite. Favor de revisar antes de las 18:00."
Valentina abrió el archivo en el elevador de servicio, con una mano en la barra metálica y la otra sosteniendo el teléfono.
Preferencias de temperatura.
Tipo de almohada.
Horario de café.
Marca de agua.
Nivel de luz.
Luego una sección de alimentos.
"Plato favorito: huevos a la mexicana."
Valentina dejó de respirar.
El elevador siguió subiendo.
Debajo, otra línea:
"Plato que más odia: huevos a la mexicana."
Las puertas se abrieron en el piso dieciocho, pero ella no salió.
El elevador emitió un pitido molesto.
Valentina seguía mirando la pantalla.
Huevos a la mexicana.
Jitomate, cebolla, chile serrano, huevo apenas cuajado. Un plato simple, barato, de cafetería, de casa, de mañanas sin historia. Para cualquiera.
Para ella, no.
Para Santiago, tampoco.
El recuerdo llegó con el ruido de una charola escolar.
Colegio San Patricio, cafetería, segundo mes de Santiago como becario. Los demás compraban baguettes, jugos caros, ensaladas con nombres ridículos. Santiago se sentaba al final de una mesa con tortillas frías y frijoles que traía en un recipiente de plástico. Comía rápido, sin levantar la vista, como si alimentarse fuera un trámite que quería terminar antes de que alguien lo notara.
Valentina sí lo notaba.
En ese entonces todavía estaba en la parte peligrosa de la apuesta: lo seguía porque debía hacerlo, pero empezaba a recordar detalles que ninguna apuesta exigía. Que no le gustaba el cilantro. Que guardaba la mitad de su comida por si Sofía quería algo al llegar a casa. Que decía no gracias con tanta educación que dolía.
Un viernes, se acercó a la cocinera de la cafetería.
—¿Puede preparar huevos a la mexicana mañana?
La mujer la miró como si hubiera pedido langosta.
—Niña, esto no es fonda.
—Yo pago los ingredientes.
—No se trata de eso.
—También puedo ayudar a lavar charolas una semana.
La cocinera la observó con más interés.
—¿Tú? ¿La señorita Estrada?
—Tengo manos.
—Manos de manicure.
—Manos que pueden lavar charolas.
Al día siguiente, Santiago encontró en su mesa un plato caliente, cubierto con otro plato para que no se enfriara. Huevos a la mexicana, tortillas recién hechas y una servilleta doblada sin firma.
Él supo.
Claro que supo.
Valentina lo vio desde dos mesas atrás. Santiago levantó la vista, la encontró en medio del ruido de la cafetería y no sonrió. Solo bajó los ojos al plato, tomó el tenedor y comió despacio.
Como si cada bocado le costara orgullo.
Como si cada bocado también le diera algo que no sabía pedir.
Después, durante semanas, los viernes hubo huevos a la mexicana en la cafetería. Nadie entendió por qué. Santiago nunca dio las gracias.
Pero una tarde, al pasar junto a ella, dejó sobre su pupitre un yogur de mango.
Valentina, idiota de diecisiete años, creyó que ese era el idioma más hermoso del mundo.
El pitido del elevador volvió a sonar.
—¿Se va a quedar ahí todo el día? —gritó alguien desde el pasillo.
Valentina salió de golpe, con la pantalla aún encendida.
Plato favorito.
Plato que más odia.
Era una crueldad precisa. Muy de Santiago. Amar y odiar la misma cosa hasta volverla imposible de tragar.
A las seis menos veinte, bajó a la cocina de servicio.
El chef de guardia la miró sin entusiasmo cuando pidió huevos, jitomate, cebolla y chile serrano.
—¿La suite presidencial pidió eso?
—La suite presidencial tiene crisis emocionales con el desayuno.
—No quiero saber.
—Nadie quiere.
Preparó ella misma el plato.
Picó la cebolla fina. El chile le dejó ardor en los dedos. Batió los huevos con sal, calentó el sartén, agregó jitomate hasta que soltó jugo. El olor subió rápido, familiar, cruel. No era comida de lujo. Por eso dolía más.
Cuando sirvió los huevos en un plato blanco de porcelana, parecían demasiado humildes para la bandeja de plata.
Valentina los miró un momento.
—Esto es una estupidez —murmuró.
Aun así, acomodó tortillas calientes a un lado.
Subió a la suite 1801 con la bandeja cubierta. La sala estaba vacía. El saco de Santiago no estaba en la silla. La laptop tampoco. Sobre la mesa, el té de la tarde intacto.
Valentina colocó el plato en el comedor pequeño junto al ventanal.
Le quitó la tapa.
El vapor subió entre los dos lugares vacíos.
Entonces la cerradura de la puerta sonó.
Santiago acababa de llegar.