Aurora, la ladrona
En una época de castillos, reyes y caballeros, una joven desafía las leyes del reino con una única regla: jamás derramar sangre inocente.
Aurora es la líder de la temida Banda del Cuervo, un grupo de ladrones que roba las riquezas de nobles corruptos y comerciantes deshonestos para ayudar en secreto a quienes más lo necesitan. Su habilidad para desaparecer entre las sombras y dejar una pluma negra como única pista la ha convertido en una leyenda.
Mientras el capitán de la guardia moviliza a todo el reino para capturarla, el príncipe Daniel inicia una implacable persecución sin imaginar que la misteriosa ladrona es muy distinta de la criminal que todos describen.
Entre robos imposibles, conspiraciones, traiciones y secretos que podrían cambiar el destino del reino, Aurora descubrirá que el mayor desafío no será escapar de sus enemigos, sino decidir entre proteger a su banda o seguir los dictados de su corazón.
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La carta secreta
El refugio de la Banda del Cuervo permanecía en silencio.
La única luz provenía de la chimenea, donde las llamas iluminaban los rostros de Aurora y sus compañeros.
Sobre la mesa descansaba el pergamino robado de la mansión del conde Ricardo.
El sello de cera ya estaba roto.
Aurora respiró profundamente antes de comenzar a leer en voz alta.
—"Al duque de Monteverde..."
Mateo levantó la mirada.
—¿Monteverde? Ese reino está al otro lado de las montañas.
Aurora continuó leyendo.
—"...el envío de oro continúa según lo acordado. Los nuevos impuestos han permitido reunir más monedas de las previstas. Nadie sospecha que parte del dinero abandona el reino cada luna llena."
El silencio invadió la habitación.
—¿Está robando al propio reino? —preguntó Pablo, incrédulo.
Aurora siguió leyendo.
—"...cuando llegue el momento, la frontera oriental quedará sin vigilancia. Será la oportunidad perfecta para entrar con vuestro ejército."
Lili dejó escapar un suspiro.
—Eso significa...
—Una invasión —respondió Diego.
Don Julián, que había permanecido en silencio junto al fuego, se puso lentamente de pie.
Su expresión era más seria que nunca.
—No es una simple traición.
Todos lo miraron.
—Si esa carta es auténtica, el conde Ricardo está vendiendo el reino a un enemigo.
Mateo golpeó la mesa con el puño.
—¡Tenemos que avisar al rey!
Pablo negó de inmediato.
—¿Y quién va a creerle a cinco ladrones?
Nadie respondió.
Tenía razón.
Si aparecían en el castillo con aquella carta, serían arrestados antes de pronunciar una sola palabra.
Aurora enrolló cuidadosamente el pergamino.
—Primero debemos averiguar si todo esto es cierto.
Don Julián asintió.
—Es lo más prudente.
Mientras tanto, en el castillo, el príncipe Daniel no conseguía dormir.
Caminaba de un lado a otro por su habitación con la pluma negra entre los dedos.
Las palabras de Aurora no dejaban de resonar en su cabeza.
"Las leyes deben proteger al pueblo, no hacerlo sufrir."
Daniel observó la ciudad desde la ventana.
Siempre había confiado en los nobles que administraban las tierras del reino.
Sin embargo, aquella noche comenzó a preguntarse si todos cumplían realmente con su deber.
Un golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Entró la princesa Elizabeth.
—¿Aún despierto?
Daniel sonrió.
—No podía dormir.
Elizabeth se sentó frente a él.
—¿Es por la ladrona?
Daniel tardó unos segundos en responder.
—No es como imaginaba.
Su hermana arqueó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Pensé que encontraría a una asesina o a una mujer ambiciosa. Pero no intentó herirme... ni atacar a mis hombres.
Elizabeth sonrió.
—Quizá porque no lo es.
—Sigue siendo una ladrona.
—Sí... pero a veces las personas hacen cosas equivocadas por razones que desconocemos.
Daniel guardó silencio.
No era la primera vez que Elizabeth veía el mundo de una manera distinta.
Antes de marcharse, la princesa se volvió hacia él.
—Investiga antes de juzgar, hermano.
Aquellas palabras quedaron grabadas en la mente del príncipe.
A la mañana siguiente, la Banda del Cuervo bajó al pueblo disfrazada de comerciantes.
Aurora llevaba un vestido sencillo y un pañuelo cubriendo su cabello.
Mateo empujaba un carro con herramientas de herrería.
Lili cargaba una cesta llena de hierbas.
El mercado estaba más lleno de lo habitual.
Pero algo llamó la atención de Aurora.
Había el doble de soldados patrullando las calles.
—Nos están buscando —susurró Diego.
Aurora asintió discretamente.
Mientras caminaban, escucharon a dos campesinos conversar.
—Dicen que el conde volverá mañana.
—Traerá otro cargamento de oro.
Aurora se detuvo.
—¿Escuchaste eso? —preguntó en voz baja.
Mateo asintió.
—Si el oro sale del reino, esa carta decía la verdad.
En ese momento apareció un pregonero acompañado por varios soldados.
Desenrolló un pergamino y comenzó a leer.
—¡Por orden del rey Fernando! Se ofrece una recompensa de quinientas monedas de oro por información que conduzca a la captura de la Banda del Cuervo.
El mercado quedó en silencio.
Aurora bajó la cabeza para ocultar su rostro.
Un niño pasó corriendo junto a ella y tropezó.
La cesta de Lili cayó al suelo.
Las hierbas quedaron esparcidas por todas partes.
Un soldado que vigilaba la plaza volvió la cabeza al escuchar el ruido.
Frunció el ceño.
Miró fijamente a Aurora.
Y comenzó a caminar lentamente hacia ella.