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Renací Como La Esposa De La Muerte.

Renací Como La Esposa De La Muerte.

Status: Terminada
Genre:Romance oscuro / Amor eterno / Pacto diabólico / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: Tatiana.

Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.

NovelToon tiene autorización de Tatiana. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11: Sombras en la corte

Desperté envuelta en una calidez que no provenía de mantas ni de fuego, sino de él. Azrael seguía allí, abrazado a mí, su cuerpo inmenso y fuerte pegado al mío, una pierna entrelazada entre las mías, un brazo pesado y protector sobre mi cintura, su cabeza reposando en el hueco de mi cuello, donde su respiración lenta y suave me hacía cosquillas en la piel. La luz grisácea y eterna de la habitación seguía igual que la noche anterior; aquí el tiempo no se medía en días ni noches, sino en momentos, en sensaciones, en la eternidad que habíamos prometido compartir.

Abrí los ojos despacio, y el recuerdo de todo lo que habíamos vivido me golpeó con una intensidad que me hizo sonrojarme y estremecerme al mismo tiempo. Cada roce, cada beso, cada embestida, cada palabra susurrada entre gemidos… todo estaba grabado en mi memoria y en mi piel, marcado a fuego, una huella imborrable de la unión que habíamos sellado. Me sentía diferente. No solo viva, sino completa, fuerte, poderosa, como si la esencia de él hubiera pasado a formar parte de mí, mezclada con mi propia alma.

Me moví con cuidado, intentando no despertarlo, y él murmuró algo ininteligible, apretándome más contra sí, como si incluso dormido necesitara tenerme cerca, necesitara saber que estaba allí, que no era un sueño. Sonreí, acariciando su cabello oscuro y suave, deslizando mis dedos por sus ondas pesadas, admirando la paz que tenía en su rostro ahora, tan diferente a la intensidad y la pasión de la noche anterior. Ver al Señor de la Muerte durmiendo como un niño confiado entre mis brazos era algo que nadie más en milenios había visto, y esa idea me llenó de un orgullo inmenso, de una sensación de posesión igual a la que él tenía sobre mí.

Pero esa paz duró poco. De repente, sus ojos se abrieron, esos ojos grises, profundos y brillantes, que parecían verlo todo, incluso estando cerrados. No hubo confusión, ni somnolencia; despertó al instante, alerta, poderoso, y al verme, una sonrisa lenta y llena de complicidad curvó sus labios.

—Llevas mucho rato mirándome, esposa mía —dijo con voz ronca y profunda, arrastrando las palabras, mientras me daba la vuelta y quedaba encima de mí, enjaulándome con su cuerpo, tal como me gustaba—. ¿Te gusta lo que ves?

—Me encanta —respondí sin dudar, pasando mis manos por su pecho desnudo, recorriendo cada músculo, cada línea, sintiendo cómo su piel se estremecía bajo mi tacto—. Pero me sorprende que alguien tan temido, tan poderoso… pueda ser tan suave cuando está conmigo.

Se inclinó para besarme, un beso lento, dulce, cargado de recuerdos de la noche anterior, y luego se separó lo justo para mirarme a los ojos.

—Solo contigo —susurró—. El resto del mundo me ve como el juez, como el rey, como la muerte. Pero contigo… contigo soy todo lo que soy. Y todo lo que soy te pertenece.

Se levantó con agilidad, deslizándose fuera de la cama, y me quedé unos segundos observándolo, admirando su figura perfecta, su espalda ancha, sus piernas largas, la gracia y la fuerza con la que se movía, como si cada paso fuera una danza antigua y poderosa. Se vistió con prendas de seda negra y plata, ajustadas a su cuerpo, que resaltaban aún más su presencia imponente, y luego me tendió la mano para levantarme a mí.

—Vamos —dijo—. Hoy te presentaré oficialmente. Hoy toda la corte, todos los habitantes de este reino, sabrán quién eres, sabrán que tienes poder, sabrán que eres mi Reina.

Me ayudó a levantarme, y al ponerme de pie, sentí una ligera debilidad en las piernas, un recuerdo físico de todo lo que habíamos hecho, y él sonrió con malicia, notándolo. Me entregó una túnica de un material maravilloso, suave como el aire, de color azul oscuro con bordados de hilos plateados que brillaban como estrellas, ceñida al cuerpo, con escote alto y mangas largas, pero que dejaba ver lo suficiente para ser elegante, real y seductora. Me peiné él mismo, con sus propias manos, desenredando mi cabello largo y negro, dejándolo caer libremente sobre mi espalda y hombros, y me colocó una diadema fina de plata, con una sola piedra gris en el centro, brillante como sus ojos.

—Eres la reina más hermosa que ha existido jamás —dijo, con total seguridad, como si fuera una verdad universal—. Y hoy, todos lo sabrán.

Salimos de nuestros aposentos y empezamos a caminar por los pasillos interminables del palacio. Pero ahora todo era diferente. Antes, cuando recorrí estos mismos lugares por primera vez, sentía curiosidad, miedo, extrañeza. Ahora, caminaba erguida, con la cabeza alta, al lado de Azrael, sintiendo cómo el poder corría por mis venas, sintiendo cómo la magia del palacio respondía a mi presencia, cómo las luces brillaban más fuerte a mi paso, cómo las sombras se apartaban para dejarme pasar.

Y entonces empezaron a aparecer ellos.

Al principio, eran figuras lejanas, moviéndose entre las columnas, observando desde los rincones. Luego, se hicieron más visibles: criaturas de todo tipo, seres que no existían en mi mundo humano, que habitaban este reino de eternidad. Había hombres y mujeres de belleza sobrenatural, pálidos, de ojos brillantes y ropas elegantes, que caminaban con movimientos suaves y silenciosos. Había seres más altos, más fuertes, de rasgos duros, pieles oscuras o brillantes, armados con espadas o bastones, que parecían guardianes o soldados. Había figuras más pequeñas, rápidas, que corrían por los bordes, observando con ojos grandes y curiosos. Todos se detenían al vernos pasar. Todos inclinaban la cabeza en señal de respeto. Pero… no todos miraban con agrado.

Podía sentirlo. Podía verlo en sus miradas. En algunas, había admiración, curiosidad, incluso alegría. Pero en muchas otras… había envidia. Había recelo. Había odio. Y sobre todo, había duda. Duda sobre quién era yo, de dónde había salido, por qué el Rey, el Señor de la Muerte, el ser que había reinado solo mil años, había elegido ahora a una compañera. Y peor aún: la había elegido a ella, a alguien que había sido humana, a alguien que apenas sabía nada de este mundo, de sus leyes, de sus peligros.

Azrael caminaba a mi lado, con paso firme, imponente, su mano derecha apoyada en mi cintura, marcando posesión, asegurando que nadie dudara ni un segundo de mi posición. Y aunque él parecía no notar las miradas, o simplemente no importarle, yo sí las sentía, y sentía el peso de todas esas expectativas, de todos esos juicios.

Llegamos a una gran puerta de doble hoja, tan alta como una torre, tallada con escenas de la creación y el fin de todas las cosas. Al llegar nosotros, se abrieron lentamente, dejando salir un sonido profundo y grave que resonó por todo el lugar. Y entramos.

Era el Salón del Trono, la sala más grande, majestuosa y aterradora que había visto jamás. Techos altísimos que se perdían en la penumbra, columnas inmensas de piedra negra que sostenían el cielo, paredes cubiertas de símbolos antiguos y estandartes oscuros, y al fondo, elevado sobre una tarima de varios escalones, el trono. Era una estructura gigantesca, hecha de lo que parecía hueso negro y oro antiguo, con formas de alas desplegadas, imponente, frío, hermoso. Y a su lado, un poco más pequeño, pero igual de majestuoso, había otro trono, hecho a juego, esperando ser ocupado.

El salón estaba lleno. Cientos de seres, de todas las razas y formas que habitaban este reino, se encontraban allí, formados en filas perfectas, en silencio absoluto, esperando. Y cuando Azrael entró, todos se inclinaron profundamente, en una reverencia que duró hasta que él subió los escalones y se giró hacia ellos, parándose frente a su trono. Yo me quedé un paso atrás, a su lado, erguida, mirando a todos con la fuerza que él me había dado.

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shaymi
ahora sí le va dar como cajón que no cierra 🤣🤣
shaymi
😍😍
shaymi
ahora sí viene lo emocionante 😍😍
shaymi
😍😍😍 me está encantado está historia 🥰
shaymi
me encanta 🥰🥰
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