Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 14
He estado dolorida. Antón ha preguntado insistentemente qué me sucedió; sin embargo, no me atrevo a decirle una sola palabra. Ya estoy harta de Cristopher y no pienso soportar un golpe más.
—Señora, ¿a dónde va?
—Iré a la empresa.
—Por Dios, niña, piense en su salud.
—Primero lo primero. Y lo primero es presentar mi renuncia, y después seguir mi camino.
—Señora...
—Cuida a Antón. No tardaré mucho.
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Estuve pensando durante mucho tiempo mi siguiente paso, y es este: renunciaré a mi cargo en la compañía. A fin de cuentas, no es mía, no me pertenece y no me importa lo que pase después. Haré todo por hundir a Cristopher; se arrepentirá de todo lo que me hizo y comenzaré afectando sus bolsillos.
—Señora —dijo el chofer—, hemos llegado.
Bajé del auto con mi rostro golpeado; sí, iría así. Renunciaría así. Ya no me escondería más. Él creía que mi padre no me había blindado lo suficiente, pero se equivocó. Creía que tenía la ventaja; se equivocó. Y ahora, yo seré libre.
Todos me miraban, algunos con preocupación, otros con tristeza. Este era mi primer paso: todos sabían lo miserable que era conmigo, sabían lo capaz que era de herirme, así que todos debían ver su obra. Llegué a la oficina; no, no a la suya, sino a la de Recursos Humanos, y presenté mi baja.
—¿Señora?
—Notifique mi renuncia a la junta.
—Señora... ¿está usted bien?
—Ahora sí. Sí, estoy bien... mucho mejor que nunca.
Bajé al primer piso y caminé con mi rostro magullado; todos me verían. Mi padre también lo haría, y Cristopher sabría que a una mujer como yo no se le toca.
El escándalo estalló en menos de media hora; mi imagen golpeada ya estaba en todos los medios. Se hablaba de la brutalidad de Cris. El pobre no sabía que yo era su verdugo y que comenzaría a pagar; no solo él, su familia también. Los Toledo habían hecho de todo para mantenerse en la élite social; se habían pegado a la familia Martínez, pero no sabían nada de nada. El padre de Susana había realizado varias jugadas que ella misma sabía y que pronto se descubrirían.
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—Hija mía...
—Papito, ¿cómo estás?
—Muy bien, mi princesa, pero un poco preocupado. He visto unas imágenes en redes... ¿Qué te sucedió?
—Oh, papá... él me golpeó, muy feo, y no puedo soportarlo más.
—Susy, eres mi hija y esto no lo voy a perdonar. Ya le he pasado muchas cosas, ¿pero esto?
—Papá, ¿puedes dejarme resolverlo?
—No, no esta vez. Te he dejado resolverlo antes y mira... mira cómo te dejó ese maldito imbécil. Te he dado gusto en todo, pero no más; tu madre regresaría de la tumba y me acabaría.
—Papá, por favor... al menos déjame resolver esto. Lo demás te lo dejo a ti.
—Por fin... por fin decides dejarme resolver esto. Te vendrás hoy mismo; mi personal te va a recoger enseguida. No te quiero cerca de ese hombre. Y hablarás con tu hermano y lo convencerás tú misma, porque cuando vea esto no se contendrá... no como yo.
—Así será, papi. Te amo. Antón y yo vamos para que nos cuides.
Y así fue. Antes de que Cris notara el escándalo mediático, su entonces esposa había desaparecido, al igual que su hijo y varios miembros del personal. Meli se había quedado en la mansión. Susana había desaparecido vistiendo solo sus objetos más personales; no se había llevado ni ropa ni joyas, solo un par de retratos de ella y Antón. Todo lo demás permaneció en esa casa.
El infierno para Cristopher no se había desatado, no aún; Susana quería tenerlo en una posición vulnerable. Ella no era tonta; tenía muchos contactos, y en la empresa más. Solo su esposo creía que era tonta, pero ya no; ella había aprendido con los años a creer en sí misma, a valorarse a pesar de estar rota. Y ahora, su adorable esposo sufriría. Y mucho.
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Esa noche, en casa de su padre, le comentó su plan. El hombre no estaba de acuerdo en todo; sin embargo, su hermano llegó con el rostro serio.
—¿De verdad ese malparido se atrevió a tocarte?
—Esas no son palabras de un hombre decente —reprendió el padre.
—Ay, padre, soy todo lo decente que debo ser. No comprendo por qué permitiste que se casara con ese tipo. Está bien que debamos mantener el apellido, ¿pero a este costo?
—Fue su decisión, ella quería casarse con él.
—Sí, y su padre aceptó vendértelo. Las cosas no funcionan así. Es un abusador, y tú te humillaste al permitir que todos te vieran —señaló a su hermana.
—Soy consciente de ello. Por eso decidí dejarlo.
—Aún no comprendo cómo una mujer como tú, con tu educación, dejó que ese mequetrefe te tratara como a una tonta. Si madre te viera...
—Sí, sí, sí... madre —trató de decir ella con ironía.
—Sí, Susana, si madre te viera, moriría; lo haría de nuevo, y lo sabes, padre. Sabes que es así. El solo verla así, humillarse por ese que no vale nada... Que no le importó nada, solo el dinero —Samuel estaba furioso.
—El dinero es limitado. El contrato lo decía, pero el viejo Toledo no leyó bien, o no le importó vender a su hijo.
—A veces me siento asqueado de todo esto.
Así pasaron la noche los tres miembros de la familia Martínez, discutiendo sobre las cosas que pasarían a futuro. Samuel, el hermano de Susana, era posesivo y celoso. Desde que supo que ella se casaría con él, no le agradó; su hermana era una princesa, una señorita dulce y delicada, y tuvo que verla rota y desesperada por alguien que no valía la pena. No había querido intervenir antes, así que se mantuvo alejado; pero ella... ella misma había bajado los escudos que protegían a Cristopher. Y ahora, él y su padre actuarían con libertad y acabarían con un malnacido que no merecía más que vivir en la miseria.