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Sinopsis:
Alondra, la hermosa hija de un humilde leñador, es abandonada en un altar de piedra en el corazón del bosque prohibido como un sacrificio humano para apaciguar a las bestias salvajes. Sin embargo, su destino cambia drásticamente cuando emerge de la niebla Caleb, el imponente y tatuado Alfa de la Manada Roja. Al olfatear su piel, el lazo místico de las almas compañeras (mates) se despierta de golpe, transformando a la supuesta víctima en la legítima reina de los lobos. Protegida por las garras de un líder implacable y devoto, Alondra deberá dejar atrás sus miedos mortales para asumir su lugar como la Luna de la fortaleza, mientras el pueblo que la desechó planea una traición que pondrá a prueba la fuerza de su ardiente vínculo.
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CAPÍTULO 19
La mañana siguiente trajo consigo una neblina densa y gélida que se aferraba a los picos de la montaña como una mortaja. En el Gran Salón de la fortaleza, el ambiente era tan pesado como el acero. Caleb estaba de pie frente al enorme mapa de relieve de la región, tallado en piedra y madera, con las garras de sus manos apoyadas sobre la mesa mientras observaba los puntos rojos que Anthony había marcado: el avance de las fuerzas combinadas del este.
Alondra permanecía a su lado, vestida con una capa de piel de lobo sobre sus ropas de viaje, un recordatorio visual de que ya no era solo la Luna del Alfa, sino una estratega activa en la defensa de la manada.
—No son solo mercenarios —dijo Anthony, señalando el valle—. Los espías han confirmado que traen máquinas de asedio. Ballestas de manivela con puntas de plata templada. Si llegan a la base de la fortaleza antes de la primera luna llena, tendremos un serio problema.
—No llegaremos a eso —sentenció Caleb, su voz resonando en las vigas del salón—. Si quieren una guerra, la tendrán en nuestros términos, no en los suyos. El bosque es nuestro aliado. Cada árbol, cada sendero congelado y cada barranco es una trampa.
Caleb se giró hacia Alondra, buscando su opinión. Ella había pasado horas estudiando los antiguos pergaminos de los Ancestros, textos que detallaban cómo los primeros cambiapieles defendían la montaña mediante la geografía y el conocimiento del clima.
—Los Ancestros escribieron sobre el "Paso del Susurro" —dijo Alondra, señalando una estrecha garganta en el mapa—. Es un corredor natural entre las montañas donde el viento aúlla con tanta fuerza que hace imposible cualquier comunicación. Si logramos atraer a la vanguardia allí durante la tormenta de nieve que se avecina, los separaremos del grueso del ejército. Sin sus máquinas de asedio, son solo hombres en un terreno que no conocen.
Caleb sintió un orgullo desbordante al escucharla. Sus ojos dorados se suavizaron por un instante, cargados de una devoción que no intentó ocultar frente a sus hombres.
—Es un plan brillante —afirmó el Alfa—. Anthony, prepara a la guardia de élite. Vamos a dividir nuestras fuerzas. Tú tomarás el flanco este, yo lideraré el asalto directo en la garganta. Alondra se quedará en la fortaleza, coordinando la defensa aérea con los exploradores.
—No —interrumpió Alondra, dando un paso adelante. Su voz era firme, una orden que no admitía réplicas—. Si yo me quedo aquí, no podré sentir el pulso de la batalla a través del lazo. Si algo sale mal en el Paso del Susurro, necesito estar ahí para guiar el flujo de energía hacia ti. Mi lugar es en el campo, Caleb. Como tu compañera, como tu igual.
Caleb dudó. El instinto posesivo de protegerla a toda costa luchaba contra el respeto inmenso que sentía por la fuerza de ella. Finalmente, asintió, aunque una sombra de preocupación nubló sus ojos.
—Muy bien —aceptó él, acercándose a ella y tomando sus manos—. Pero te mantendrás detrás de mi línea de defensa. Si la plata vuela, te quiero tras mi escudo. No estoy dispuesto a perderte en nombre de ninguna estrategia.