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Bajo La Piel Del Látigo

Bajo La Piel Del Látigo

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Romance
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Catrina no nació cruel; la forjaron a golpes de desprecio y una traición devastadora de su tío, quien le arrebató las tierras de su padre y su inocencia. Hoy, es "La Generala", la mujer que gobierna el pueblo con puño de hierro y cuyo corazón parece de piedra volcánica.

​La paz armada de su mundo se altera con la llegada de Máximo, un joven heredero acostumbrado a los lujos de la capital y a que el mundo gire a sus pies. Castigado por su abuelo para "hacerse hombre" en la hacienda vecina, Máximo llega con arrogancia, pero se estrella contra la realidad de un pueblo que no le teme a su apellido. El destino los obliga a convivir cuando una amenaza externa pone en riesgo las tierras de ambos. Mientras Máximo descubre que la vida es más que fiestas, Catrina se enfrenta a un dilema: ¿puede el amor de un "niño mimado" sanar las cicatrices de una traición familiar, o terminará él siendo una víctima más de su sed de venganza?

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capitulo 10

​El despertar de Máximo fue un naufragio de sensaciones dolorosas. Lo primero que registró fue la luz, un rayo de sol implacable que se filtraba por las cortinas de lino pesado, quemándole las retinas. Después, el olor: una mezcla de lavanda, cera de abejas y el aroma acre de las pomadas curativas. Intentó incorporarse, pero un gemido de agonía escapó de sus labios cuando sus costillas protestaron por el movimiento.

​—Si intentas levantarte de golpe, se te van a abrir los puntos de la frente —la voz de Catrina llegó desde la penumbra de un rincón del cuarto.

​Él giró la cabeza con lentitud. Ella estaba sentada en una poltrona de cuero, observándolo con la misma intensidad con la que un halcón vigila a una presa que no termina de decidir si es alimento o amenaza. No llevaba el sombrero, y su cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros, dándole un aspecto menos feroz, pero igual de imponente.

​Máximo se miró las manos vendadas y luego el torso cubierto de gasas. El recuerdo de la paliza regresó en ráfagas: el frío del acero, el barro en la boca y el peso de las botas sobre sus huesos. En lugar de sentir gratitud, una oleada de resentimiento le subió por el pecho. Se sentía expuesto, como un animal herido en el santuario de su captora.

​—¿Por qué eres así? —soltó él, con la voz todavía rasposa por la fiebre y el desuso.

​Catrina arqueó una ceja, dejando de lado un libro de cuentas que sostenía. —¿Agradecida? ¿Amable? No es mi estilo, ya deberías saberlo.

​—No —Máximo apretó los dientes, ignorando el pinchazo en su costado—. ¿Por qué eres tan amarga? Tienes tierras, tienes respeto, eres joven... y sin embargo, parece que llevas una piedra de molino atada al cuello. Te gusta ver a la gente sufrir, te gusta humillar. ¿Qué te hicieron para que te convirtieras en este monstruo de hielo?

​Catrina se tensó. Sus gestos, usualmente fluidos, se volvieron rígidos. Se levantó de la poltrona y caminó hacia la cama con un paso que hacía vibrar el suelo de madera. Se inclinó sobre él, apoyando las manos a ambos lados de sus hombros, atrapándolo en su espacio personal.

​—Este "monstruo de hielo" es el que evitó que amanecieras en una zanja comido por las hormigas, Máximo —siseó ella. Sus ojos estaban a centímetros de los de él, y Máximo pudo ver las pequeñas motas doradas en su iris, vibrando de rabia—. Me preguntas por qué soy amarga. En este pueblo, la dulzura es una invitación al sacrificio. Si yo fuera la chica de campo que espera que le abran la puerta, tu tío Elías ya habría pavimentado mis tierras y mi cadáver sería el abono.

​Él no apartó la mirada. —Hay una diferencia entre defenderse y disfrutar del látigo, Catrina.

​—Si no cambias esa actitud de "príncipe herido", este lugar te va a tragar vivo —sentenció ella, alejándose—. El pueblo huele el miedo y la debilidad. Si ayer no hubieras intentado jugar a los héroes, hoy estarías en tu casa, pero elegiste meterte en una guerra que no entiendes.

​—¡Lo entiendo perfectamente! —gritó Máximo, lo que le provocó un ataque de tos que lo dejó doblado sobre la cama. Cuando recuperó el aliento, la miró con una seriedad que borró cualquier rastro de su antigua frivolidad—. Sé por qué me dieron la paliza. No eran cuatreros comunes, Catrina. Reconocí al que daba las órdenes.

​Catrina se detuvo en seco, con la mano puesta sobre el pomo de la puerta. Se giró lentamente, sus ojos entrecerrándose. —¿De qué hablas?

​—El hombre que cortó la cerca... el que me rompió la nariz mientras sus amigos me pateaban las costillas. Lo vi hace dos días en el mercado. Estaba hablando con tu tío Elías cerca del Mercedes plateado. Es su capataz, el que llaman "El Perro" o algo así.

​El silencio que siguió fue tan denso que Máximo sintió que podía tocarlo. El rostro de Catrina pasó de la incredulidad a una palidez mortuoria, y de ahí a una furia negra y concentrada. No hubo gritos, ni aspavientos. Simplemente se quedó allí, asimilando que su propia sangre no solo quería sus tierras, sino que estaba dispuesta a sabotearla mediante la violencia física contra terceros.

​Caminó de regreso a la cama y se sentó al borde, con la mirada perdida en la pared. Sus manos, que siempre parecían saber exactamente qué hacer, ahora descansaban inertes sobre sus rodillas.

​—Elías... —murmuró ella. Era la primera vez que Máximo escuchaba una nota de cansancio en su voz—. Sabía que era capaz de muchas cosas, pero enviar a sus hombres a mis potreros, a matar a mi ganado... a herir a alguien solo por estar ahí...

​—No solo quería las vacas —añadió Máximo, bajando el tono—. Querían que te rindieras por el caos. Me dijeron que en este pueblo la gente desaparece y nadie pregunta.

​Catrina lo miró. Por primera vez en diez capítulos de hostilidad, no lo vio como el estorbo de la ciudad, ni como el heredero inútil. Lo vio como el único testigo de una traición que podía hundirla o salvarla. La barrera invisible que los separaba —esa muralla de prejuicios y clases sociales— se agrietó ante la presencia de un enemigo común.

​—Si Elías está usando a sus hombres para esto, significa que ya no le importa la ley —dijo ella, más para sí misma que para él—. Va a venir por todo.

​—Entonces no lo dejes —replicó Máximo. Estiró una mano vendada y, con una vacilación que desapareció al instante, tocó el brazo de Catrina. No fue un gesto romántico, sino un pacto—. Tú tienes la fuerza y el conocimiento de este lugar. Yo tengo... bueno, tengo los ojos de alguien a quien nadie toma en serio. Ellos no esperan que yo hable. No esperan que yo sea una amenaza.

​Catrina bajó la vista hacia la mano de Máximo sobre su brazo. La piel blanca del joven, ahora manchada de hematomas y cubierta de gasas, representaba un sacrificio que ella no podía ignorar.

​—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella, con una curiosidad genuina—. Podrías usar esto para que tu abuelo te saque de aquí. Podrías decir que tu vida corre peligro y volver a tus clubes y a tus sábanas de seda.

​Máximo soltó una pequeña risa amarga. —Porque me arrodillaste en el polvo, Catrina. Y porque me tiraste lodo a la cara. Mi abuelo quiere que aprenda a ser un hombre, y supongo que un hombre no deja que un tipo como Elías se salga con la suya después de mandarlo al hospital. No te estoy ayudando a ti solamente. Estoy ayudándome a mí mismo a no ser el "niño de cristal" que todos piensan que soy.

​Catrina lo observó durante un largo rato. El silencio se llenó con el sonido del viento golpeando los algarrobos fuera de la ventana. Lentamente, ella puso su mano sobre la de él. Sus dedos eran ásperos, llenos de pequeñas cicatrices de una vida de lucha, pero el calor que transmitían era sólido, real.

​—Está bien —dijo ella, con una voz que recuperaba su mando, pero con un matiz de complicidad—. Tenemos un trato. Tú serás mis ojos donde yo no pueda estar, y yo me encargaré de que esos hombres paguen por cada gota de sangre que dejaste en el surco.

​—¿Un pacto? —preguntó él, mirándola fijamente.

​—Un pacto de sangre —confirmó ella.

​Catrina se levantó, pero esta vez no se fue. Fue hacia un pequeño mueble, sacó una botella de licor artesanal y dos vasos pequeños. Sirvió un poco en cada uno y le entregó uno a Máximo.

​—A la salud de nuestros enemigos —dijo ella, alzando el vaso.

​—Y a la nuestra —añadió Máximo, chocando el cristal con el de ella.

​El líquido quemó la garganta de Máximo, recordándole que todavía estaba vivo, que el dolor tenía un propósito y que, en medio de aquel infierno de traiciones y tierras áridas, acababa de encontrar la alianza más peligrosa y emocionante de su vida. Por primera vez, no se insultaron. Por primera vez, compartieron el peso de la guerra.

​Afuera, las nubes empezaban a agruparse, anunciando una tormenta que cambiaría el valle para siempre. Pero dentro de la habitación de "El Renacer", la tormenta ya había estallado, uniendo a la jefa cruel y al heredero caído en un vínculo que ni el mismísimo Don Elías sería capaz de romper.

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valeska garay campos
se lee interesante 🤔👀
Silvia Chena
ES BUENÍSIMA LA NOVELA
Lobelia ❣️
👍👏
Silvia Chena
Algún problema va a traer, esa mina
Lobelia ❣️
muy bueno 👍👍
Lobelia ❣️
☺️👍👍🥰
Lobelia ❣️
me gusta sigues 👍👍
Celina Espinoza
gracias por compartir tu historia 🥰
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