Bajo una identidad falsa, Dante se infiltra en la mansión de su mayor enemigo como el nuevo y frío guardaespaldas de su hija, Dana Smith. Dana, una hermosa mujer de veintisiete años, no sabe nada del oscuro pasado de su padre ni del monstruo que financia sus lujos. Ella solo sabe que su nuevo protector es un hombre misterioso, imponente y peligrosamente atractivo que parece odiarla sin razón.
El plan de Dante es perfecto: ganarse su confianza, descubrir los secretos del negocio y destruir a los Smith desde adentro. Pero un Alfa no puede luchar contra el destino, y cuando el instinto salvaje le revele que la hija de su enemigo es, en realidad, su Luna destinada, Dante tendrá que elegir entre la sangrienta venganza o el lazo prohibido que amenaza con consumirlo.
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Capítulo 2
El silencio dentro del coche era denso, casi asfixiante, una atmósfera completamente opuesta a la calidez que se había respirado horas antes en el comedor de los Claims. Los neumáticos del imponente coche de lujo rodaban con un zumbido sordo sobre el pavimento mojado de la carretera residencial, iluminada apenas por las farolas de luz blanca que desfilaban a los costados.
En el asiento trasero, sujeta con el arnés de la silla de protección infantil, la pequeña Dana dormía profundamente. Su respiración era suave, ajena por completo a la mutación radical que acababa de sufrir el rostro de sus padres en cuanto cruzaron la reja de la propiedad de sus supuestos mejores amigos. Las risas se habían evaporado, las sonrisas afables se habían borrado y lo único que quedaba en el habitáculo de cuero y acabados de fibra de carbono era la más pura ambición.
Arthur Smith mantenía las manos firmes sobre el volante, con los ojos fijos en la carretera desierta. Ya no era el socio divertido y elocuente; la tensión en su mandíbula revelaba a un hombre calculador que llevaba demasiado tiempo conteniendo el aliento.
Vivienne, sentada en el asiento del copiloto, se cruzó de brazos y desvió la mirada hacia la ventanilla, contemplando cómo las mansiones del exclusivo vecindario se difuminaban en la oscuridad. Soltó un suspiro cargado de fastidio y, sin girar la cabeza, rompió el silencio con una voz que destilaba un desprecio absoluto.
—Te juro que no sé cómo los aguantas —dijo Vivienne con frialdad y un tono bajo, cuidando de no despertar a la niña, pero dejando claro que su paciencia estaba al límite—. Soportar las ínfulas de grandeza de Marcus y las miradas condescendientes de Elena... Es insoportable. Fingir que somos una gran familia feliz me revuelve el estómago.
Arthur no se inmutó. Ajustó el espejo retrovisor con un movimiento lento del dedo, asegurándose por un segundo de que su hija siguiera sumergida en su sueño infantil antes de responder con una calma que resultaba escalofriante.
—Ya te dije que es negocios y cuestión de paciencia —replicó el hombre con la misma frialdad de su esposa, regresando la vista al frente—. Marcus es brillante para el desarrollo, sí, pero es un ingenuo que cree en el honor y en las alianzas de sangre. Cree que el mercado se domina con buenas intenciones y apretones de manos. No ve el panorama completo. Ese imperio será nuestro pronto.
Vivienne se giró un poco en su asiento, entornando los ojos, buscando en la expresión de su marido la certeza que necesitaba para calmar su propia ansiedad.
—¿Pronto? Llevamos años construyendo esto a la sombra de los Claims. La patente biométrica se presenta mañana y Marcus pretende encriptarla bajo sus propias condiciones. Si dejamos que tome el control total de los inversionistas extranjeros, volveremos a quedar en segundo plano.
—No va a pasar —sentenció Arthur, y una sonrisa gélida, carente de cualquier rastro de la empatía que mostró en la cena, se dibujó en sus labios—. Todo está coordinado. Marcus no tiene la menor idea de que su fortaleza tecnológica tiene una debilidad que yo mismo creé.
Hizo una breve pausa, volviendo a mirar por el retrovisor y viendo a la niña dormir en el asiento de atrás. El brillo de los faros de un coche en sentido contrario iluminó por un instante el rostro de la pequeña Dana, resaltando su total inocencia. La expresión de Arthur se suavizó apenas un milímetro, no por remordimiento hacia las vidas que estaba a punto de destruir, sino por la devoción casi enferma que sentía hacia su estirpe.
—Todo lo hago por ella, para que el día de mañana no le falte nada —dijo Arthur, con una determinación implacable en la voz—. Los Claims han tenido la corona por demasiado tiempo. Es hora de que los Smith reclamen lo que legítimamente nos corresponde. Dana no será la sombra de nadie; ella nacerá en la cima absoluta.
Vivienne guardó silencio durante unos segundos, asimilando las palabras de su esposo. La frialdad de su mirada se transformó lentamente en una mueca de satisfacción calculadora. Sabía perfectamente de lo que Arthur era capaz cuando se trataba de asegurar el poder y el estatus de su apellido, y aunque el plan implicaba un camino teñido de traición, el resultado final valía cada maldito segundo de simulación.
Se acomodó de nuevo en su asiento, fijando la vista en la imponente fachada de su propia mansión, que ya se vislumbraba al final de la avenida privada.
—Espero que sea rápido —dijo la mujer, con un hilo de voz que sonó como una sentencia de muerte definitiva para la familia que acababan de dejar atrás.