Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
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CAPÍTULO 11 — INFILTRADA
Bajé ligeramente la mirada antes de hacer otra pregunta.
—Y si alguien... hipotéticamente... tuviera problemas relacionados con un demonio...
El Diácono arqueó una ceja.
—¿Hipotéticamente?
—Sí.
—¿Qué deseas saber?
Tomé aire.
—¿Existe alguna forma de librarse de él?
Por primera vez el Diácono pareció pensativo.
Guardó silencio durante varios segundos.
—No soy la persona adecuada para responder algo así.
Mi corazón se hundió un poco.
—¿Entonces quién podría hacerlo?
—Si alguien en este reino conoce las antiguas doctrinas relacionadas con demonios, espíritus y entidades malignas, ese sería el cardenal Zepharel.
Reconocí inmediatamente aquel nombre.
Era imposible no hacerlo.
El famoso cardenal al que apodaban el Mudo.
—¿El cardenal Zepharel?
El sacerdote asintió.
—Es uno de los mayores eruditos de la iglesia. Ha dedicado gran parte de su vida al estudio de antiguos textos sagrados.
Una pequeña esperanza comenzó a surgir dentro de mí.
—Entonces podría hablar con él.
El anciano soltó una breve risa.
—Lamentablemente eso será imposible.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
—Desde el accidente que le arrebató la movilidad de las piernas, el cardenal se ha vuelto extremadamente reservado. Hace años que no concede audiencias privadas.
Aquello fue como un balde de agua fría.
—¿A nadie?
—A nadie.
—¿Ni siquiera a los nobles?
—Ni siquiera a ellos.
El Diácono suspiró.
—Pasa la mayor parte de su tiempo dentro de la catedral estudiando o trabajando en asuntos de la iglesia. Muy pocas personas tienen permitido verlo.
Sentí una profunda decepción.
Había encontrado a alguien que tal vez podría ayudarme.
Y al mismo tiempo parecía completamente inalcanzable.
Agradecí al Diácono y me alejé lentamente por el pasillo.
Mientras caminaba por los pasillos de la iglesia, mi mente no dejaba de pensar en un único nombre.
Zepharel.
Por alguna razón, sentía que aquella podía ser la única persona capaz de responder las preguntas que nadie más podía contestar.
Y no pensaba irme sin verlo primero.
Me detuve junto a una columna y observé discretamente a las personas que transitaban por la catedral.
Sacerdotes.
Monjas.
Sirvientes.
Algunos transportaban documentos, otros bandejas con alimentos o velas.
Si intentaba solicitar una audiencia formal, sería rechazada de inmediato.
Necesitaba otra forma.
Fue entonces cuando vi a una joven monja salir apresuradamente de una puerta lateral cargando varias telas blancas.
La seguí con la mirada.
La muchacha desapareció en una zona destinada al personal de la iglesia.
Miré alrededor.
Nadie parecía prestarme atención.
Tomé una decisión.
Avancé por el pasillo y me interné en aquella área restringida.
Mi corazón latía con fuerza.
Si me descubrían podría meterme en serios problemas.
Por suerte, el lugar estaba prácticamente vacío.
Escuché agua correr detrás de una puerta entreabierta.
Al asomarme, encontré un pequeño cuarto donde varias túnicas de monja colgaban cuidadosamente ordenadas.
Contuve el aliento.
Aquello era exactamente lo que necesitaba.
Tomé una de las túnicas y me la puse sobre mi vestido.
Después cubrí mi cabello con el velo.
Al observar mi reflejo en una pequeña ventana apenas pude reconocerme.
No era perfecto.
Pero a simple vista parecía una novicia más.
Volví a salir al pasillo intentando aparentar tranquilidad.
Durante varios minutos vagué por la catedral observando discretamente las rutas que seguían las verdaderas monjas.
Finalmente escuché una conversación.
—Lleva estos documentos al despacho del Cardenal Zepharel.
—Sí, hermana.
Mis ojos se iluminaron.
Una joven monja recibió varios pergaminos y comenzó a caminar hacia otra sección del edificio.
La seguí a cierta distancia.
Sin embargo, antes de llegar a su destino, la muchacha fue detenida por un sacerdote que le pidió ayuda con unas cajas.
Aproveché la oportunidad.
Cuando ella dejó los documentos sobre una mesa cercana para ayudar al sacerdote, me acerqué rápidamente.
Tomé los pergaminos.
Y seguí caminando.
Mi corazón amenazaba con salirse de mi pecho.
Estaba cometiendo una locura.
Pero ya había llegado demasiado lejos para retroceder.
Los pasillos comenzaron a volverse más silenciosos.
Más elegantes.
Las paredes estaban decoradas con antiguos tapices religiosos.
Las ventanas eran más altas.
Y la cantidad de personas disminuía notablemente.
Aquella zona debía estar reservada para los miembros más importantes de la iglesia.
Finalmente llegué frente a una enorme puerta de madera oscura.
Dos caballeros de la iglesia custodiaban la entrada.
Tragué saliva.
Uno de ellos me observó.
—¿Qué llevas ahí?
Le mostré los documentos.
—Correspondencia para Su Eminencia.
El hombre asintió.
—Adelante.
Mis piernas estuvieron a punto de fallar.
¿Así de fácil?
Empujé la pesada puerta de roble con cierta vacilación.
Las bisagras apenas emitieron un suave crujido cuando la entrada se abrió ante mí.
Y entonces entré.
La estancia era mucho más grande de lo que había imaginado.
Parecía más una biblioteca antigua que un despacho.
Altas estanterías de madera oscura cubrían las paredes desde el suelo hasta el techo abovedado. Miles de libros descansaban en ellas, algunos tan viejos que sus lomos agrietados parecían pertenecer a otra época.
Sobre varias mesas se acumulaban documentos, pergaminos y gruesos tomos encuadernados en cuero.
La luz del mediodía apenas atravesaba los inmensos vitrales góticos, proyectando sobre el suelo reflejos azules, dorados y carmesíes que otorgaban al lugar una atmósfera casi irreal.
El silencio era absoluto.
Un silencio solemne.
Como si aquel lugar estuviera separado del resto del mundo.
Y en el centro de aquella inmensa habitación se encontraba él.
El cardenal Zepharel.
Permanecía sentado tras un amplio escritorio de madera negra tallada.
La silla de ruedas que sostenía su cuerpo parecía una obra de arte más que un simple objeto. La madera estaba adornada con delicados grabados religiosos y detalles de plata que brillaban bajo la luz de los vitrales.
Su largo cabello blanco descendía sobre sus hombros como una cascada de nieve recién caída.
Ni una sola hebra parecía fuera de lugar.
Sus manos, elegantes y pálidas, sostenían un antiguo libro cuyas páginas amarillentas revelaban el paso de incontables años.
Leía con total concentración.
Como si nada más existiera.
Como si el mundo entero careciera de importancia frente a aquellas páginas.
Por un instante me sorprendió descubrir que no parecía una persona enferma ni desafortunada.
Tampoco alguien digno de lástima.
Todo lo contrario.
La presencia que emanaba de él era tan abrumadora que resultaba difícil recordar que no podía caminar.
Había algo en su figura que inspiraba respeto.
Y también temor.
Una sensación extraña e imposible de explicar.
A pesar de encontrarse sentado, daba la impresión de ser la persona más imponente de toda la iglesia.
Mis ojos recorrieron involuntariamente su rostro.
Sus facciones eran extraordinariamente hermosas.
Demasiado perfectas para parecer reales.
La línea firme de su mandíbula, la serenidad de sus expresiones y aquella fría elegancia hacían que pareciera más una estatua tallada por los dioses que un ser humano.
No pude evitar pensarlo.
Aunque da un poco de miedo... es muy guapo.
La idea apareció tan de repente que sentí deseos de golpearme a mí misma.
Había venido buscando ayuda.
No a admirar a un cardenal.
Sin embargo, durante unos segundos olvidé por completo el motivo de mi visita.
Entonces ocurrió.
Zepharel levantó lentamente la vista de su libro.
Y me observó.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔