*PRÓLOGO*
*Sonya Smith*
El “lo siento” de Noa sonó a disparo antes que el disparo.
Sonya no bajó el arma. No por él. Por Lucía, que estaba detrás, llorando como si no fuera ella quien había puesto el veneno en su café esa mañana. Amigas. Amantes. Traidores.
“Eran los mejores diez años de mi vida,” dijo Noa. Tenía el dedo en el gatillo. No le temblaba. A Sonya siempre le gustó eso de él.
“Fueron,” corrigió ella.
El estruendo reventó la habitación. Dolió menos de lo que pensó. El suelo estaba frío. El techo, blanco. Lucía se arrodilló y le sostuvo la mano mientras se iba. Qué detalle.
Sonya Smith, 30 años, la mujer que desarmó carteles y tumbó gobiernos, murió en el piso de su cocina por confiar en dos personas.
Lo último que pensó no fue en venganza. Fue en silencio.
Por fin, silencio.
Y luego, luz.
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*CAPÍTULO 12* *Sangre en el Jardín*
La medianoche en Valemot olía a rosas podridas y a lluvia que no caía.
El jardín estaba oscuro. Sin lunas. Sin antorchas. Solo el sonido de las fuentes secas y el crujido de la grava bajo botas que intentaban no hacer ruido.
Darian Montclair llegó solo.
Mintió.
Traía a Laurent.
El asesino medía dos metros, olía a cuero viejo y tenía la cicatriz en el cuello que Cassian describió. Caminaba detrás de Darian como una sombra, con la cuerda de piano enrollada en el puño. No miraba a los lados. Miraba a Elira. Como quien mira a una presa.
Elira estaba bajo el sauce llorón. El lugar exacto que Andrew puso en la carta. Vestido gris. Manos sin vendas. La mano derecha vendada con la camisa de Cassian. Sangre seca. Promesa seca.
Mira estaba en los arbustos a su izquierda. Invisible. Con el cuchillo de fruta y el frasco de _dulcesueño_. No temblaba. Respiraba. Como Sonya le enseñó.
Andrew estaba atado a un banco de piedra. Amordazado. Sudando. Su papel ya estaba hecho. La trampa necesitaba que Darian creyera que ganó.
“Elira,” dijo Darian al verla. Su voz era triunfo puro. Caminó hacia ella sin mirar el jardín. Sin mirar las sombras. Creía que la duquesa rota no tenía dientes. “Pensé que te asustarías y no vendrías.”
“No me asusto,” dijo Elira. Su voz era tranquila. La de Sonya. “Me preparo.”
Laurent se movió. Darian levantó una mano. Alto.
“Espera,” dijo Darian. Se paró a dos pasos de ella. Sonrió. La sonrisa que usaba con Sofía. La sonrisa que usaba con el cadáver de la hermana de Mira. “¿Dónde está tu emperador ahora, Elira? ¿Vino a salvarte? ¿O ya entendió que eres solo una niña con aires?”
Elira ladeó la cabeza. “¿Y tú? ¿Dónde está tu valentía sin la cuerda de tu perro?”
Darian señaló con la barbilla. Laurent salió de las sombras. La cuerda brilló un segundo a la luz de las estrellas.
“Mi valentía no necesita aires,” dijo Darian. Dio otro paso. “Necesita esto. Un tirón. Un silencio. Y mañana, el ducado es mío. Padre firmará lo que sea si le digo que te encontré colgada. Accidente. Triste. Evitable.”
“Se te olvida algo,” dijo Elira.
“¿El qué?”
“Que yo ya no soy tuya.”
Se movió.
No corrió. No gritó. Dio un paso al lado.
Laurent atacó.
La cuerda silbó en el aire. Iba por su cuello.
Mira salió de los arbustos. No por Elira. Por Laurent.
Le tiró el frasco de _dulcesueño_ a la cara. El vidrio se rompió. El líquido le entró en los ojos, en la boca. Laurent rugió. Se llevó las manos a la cara. Ciego. Ardiendo.
Elira no esperó.
Cortó.
El cuchillo de fruta no era para cortar carne. Pero cortó. Cortó el tendón de la mano de Darian antes de que pudiera sacar su daga. Cortó limpio. Profesional. Sonya Smith no fallaba.
Darian aulló. Cayó de rodillas. La sangre brotó entre sus dedos.
“¡Hija de puta!” escupió, mirándola con odio puro. “¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar como maté a esa perra de la cocina!”
Elira se arrodilló frente a él. No le tenía miedo. No a él. No más.
“Te acuerdas de ella, ¿verdad?” dijo. Su voz era un susurro. Solo para él. “La hermana de Mira. La que empujaste por la ventana. Dile hola cuando la veas.”
Le puso el cuchillo en la garganta.
No presionó. Todavía.
“Ahora dime algo, Darian,” dijo. “¿Duelen las manos cuando ya no puedes estrangular a nadie? ¿Duele saber que tu perra Sofía ya sabia que el siguiente eras tú?
Darian intentó morderla. Escupirle. Golpearla. Con una mano no podía. Con la otra tenía la cuerda. Inútil.
Laurent se revolcaba en el suelo, gimiendo. Mira estaba sobre él, con la rodilla en su espalda y el cuchillo en su garganta. No lo mataba. No todavía.
“Elira,” jadeó Darian. El miedo le cambió la voz. “Escúchame. Podemos arreglar esto. Yo... yo te quiero. Te quiero más que a nadie. Te daré el ducado. Te daré todo. Solo... no me mates. Por favor.”
_Ahí está_, pensó Sonya. _La rata muestra los dientes cuando la acorralas. Ahora muestra la barriga._
Elira sonrió. La sonrisa de la duquesita rota.
“Tar-de,” dijo.
Apretó el cuchillo.
La sangre brotó. Caliente. Rápida.
Darian abrió la boca para gritar. No salió sonido. Solo burbujas. Solo rojo.
Cayó hacia atrás. Sus ojos seguían abiertos. Mirándola. Viendo a Elira.
Murió con la mano en el suelo. Buscando algo que ya no podía tocar.
Silencio.
Solo el sonido de la sangre en la grava. Y la respiración de Laurent, que se ahogaba con su propio miedo.
Mira se levantó de encima de él. Miró a Elira. Esperó la orden.
Elira se puso de pie. Limpió el cuchillo en el vestido de Darian. No manchó el suyo. _Detalles._
“Él es tuyo,” dijo. Miró a Mira. “Por tu hermana.”
Mira no dudó. Se arrodilló sobre Laurent. Le puso el cuchillo en la garganta.
“Por mi hermana,” susurró.
Cortó.
Dos muertes. Dos muescas.
Elira caminó hasta Andrew. Le cortó las ataduras. Él no dijo nada. No podía. Tenía los ojos clavados en el cadáver de Darian. Entendía por fin con quién se había metido.
“Levántate,” dijo Elira. “Vas a escribir una nota. Darian murió intentando matarme. Laurent lo ayudaba. Te defendiste. Yo llegué tarde. Nadie te culpará. El ducado es tuyo hasta que yo me case.”
Andrew asintió. No con lealtad. Con terror. Y el terror servía.
Elira miró al árbol.
Cassian estaba ahí. En la rama más alta. Sentado como si estuviera viendo un espectáculo. Sin moverse. Sin interferir.
Cuando sus ojos se encontraron, él asintió. Una vez.
Aprobación.
Elira se llevó la mano vendada al pecho. Sobre el corazón.
La sangre de Darian manchó su vestido gris.
La muesca cuarenta estaba hecha.
Afuera, el cuervo graznó. Seis veces.
No era una marcha.
Era un funeral.
Quién se atraviese primero y por qué... Montclair o el trono.🤨😈😏😈🙎♀️