Camila nunca imaginó que el hombre que marcó su adolescencia regresaría a su vida de la forma más inesperada. Leví, ahora un hombre poderoso y rodeado de sombras, no solo reclama su atención, sino que la arrastra a un mundo donde el peligro y la pasión caminan de la mano. Entre secretos familiares y una red de poder, Camila deberá decidir si proteger su corazón o entregarse al hombre que siempre fue su destino.
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CAPÍTULO 12 – NO TODO LO QUE HUYE QUIERE IRSE
Camila cerró la puerta detrás de él, pero su mente no logró cerrarse con la misma facilidad. El mensaje anónimo, la misteriosa mujer del parque, la confesión de Leví… todo se agolpaba dentro de su cabeza como una tormenta que apenas estaba cobrando fuerza.
Aunque una parte de ella gritaba que debía creerle, otra parte, la que ya había sido herida en el pasado, exigía distancia. Necesitaba aire para procesar que el hombre que amaba vivía rodeado de secretos y enemigos invisibles. Por protección, por claridad y, sobre todo, por un miedo que no lograba silenciar, tomó una decisión drástica.
Esa misma noche empacó una maleta pequeña con lo esencial y se refugió en la casa de su tía, en una zona tranquila de la ciudad. No dejó dirección ni explicaciones en la oficina. Solo le envió un mensaje breve y frío a Leví:
"Necesito tiempo para pensar. Por favor, no me busques".
Pero Leví no era el tipo de hombre que aceptaba la distancia sin entender sus razones. No con ella. No después de haber pasado años lamentando el vacío que ella dejó cuando se fue la primera vez.
Pasaron dos días de un silencio sepulcral. Él no respondió al mensaje, no la llamó y no apareció en la puerta de su tía preguntando por ella. Camila empezó a preguntarse si quizás él se había rendido finalmente, y esa idea, aunque era lo que había pedido, le dolía más que la propia incertidumbre.
Al tercer día, Camila salió temprano de la casa de su tía rumbo a una pequeña panadería en la esquina. La ciudad aún bostezaba bajo una capa de neblina cuando lo vio: Leví estaba allí, recostado contra su auto al otro lado de la calle. Tenía las manos en los bolsillos y el rostro sereno, pero con una firmeza que decía que no se movería de ahí hasta ser escuchado.
No dijo nada. Solo la observó cruzar la calle, con esos ojos grises que parecían leerle el alma.
—Te pedí expresamente que no me buscaras —fue lo primero que dijo ella, intentando que su voz no temblara.
—Y yo te pedí que confiaras en mí —respondió él con voz suave—. Pero entiendo que las palabras ya no te alcancen. Por eso aquí estoy, no para convencerte con promesas vacías, sino para mostrarte la verdad.
Leví le entregó un sobre de manila cerrado. Camila dudó un segundo, sintiendo el peso del papel, pero terminó tomándolo. Al abrirlo, sus ojos recorrieron hojas impresas que parecían sacadas de un archivo privado: informes financieros, cartas viejas con caligrafías familiares, recortes de periódico de hace años y documentos legales.
Eran pruebas del conflicto familiar que él le había mencionado. Fechas, nombres de personas influyentes y evidencias de cómo su propia familia lo había manipulado para alejarlo de todo lo que amaba.
—No tienes que creerme porque yo lo diga. Aquí tienes los hechos, Camila. Mi vida entera puesta sobre la mesa —añadió él, dando un paso hacia ella.
Camila sintió un nudo opresivo en la garganta. No era común que un hombre con tanto poder y orgullo se expusiera de esa manera, entregando sus vulnerabilidades y sus secretos más oscuros sin ninguna garantía de ser perdonado. Pero Leví lo había hecho. Lo había hecho por ella.
—¿Por qué estás arriesgando tanto mostrándome esto? —preguntó ella con un hilo de voz, casi inaudible.
—Porque no puedo permitirme perderte otra vez por un malentendido —confesó él, acercándose lo suficiente para que ella pudiera oler su perfume—. Porque sé que, aunque estés intentando huir, una parte de ti se muere por quedarse. Solo estás asustada, y yo voy a demostrarte que conmigo estás a salvo.
Ella bajó la mirada, sintiendo cómo sus ojos brillaban con una humedad que se negaba a dejar salir.
—Dame tiempo, Leví. Necesito digerir todo esto.
—Te daré todo el tiempo que necesites, pero no esperes que me quede de brazos cruzados mientras te alejas —sentenció él—. Si tengo que recordarte cada mañana lo que siento por ti, lo haré. Aunque tenga que hacerlo desde la otra acera.
Sin decir más, Leví subió a su auto y se marchó, dejándola sola bajo la neblina con el corazón latiéndole como un tambor desbocado.
Esa noche, encerrada en su habitación, Camila volvió a leer cada documento, esta vez con otros ojos y sin el filtro del miedo. Porque por más que intentara negarlo y por más que corriera en dirección opuesta, su alma seguía gritando el nombre de Leví en cada silencio.